El hombre bestia,
cuando está seguro de su inmunidad
no conoce mejor solaz que éste:
desahogarse contra el inerme,
con mayor gusto cuando el inerme,
es inocente.
El corazón de tinieblas,
adormilado, pero no domado,
que de cada cual hay en el fondo,
surge libre, áspero y estridente:
se convierte en hocico el rostro;
en agudos colmillos los dientes;
las manos en desmesuradas garras,
y la voz ya no sale en armonías moduladas,
sino en aullido de un demente.
Y al brillar una gota de sangre
todos quieren lamerla;
no hay entonces licor
más embriagador que esa sangre,
o mosto más confortante,
ni más hermoso a la vista
tan bermejo como ella,
que el agua que lava las manos
del juez injusto que sentencia,
al inocente.










