Sobre el cuerpo inclinado, humillado,
atado y sujeto a baja columna,
suena el golpear de los flagelos,
restalla la vara del fresno,
y deja un rastro de sangre redentora,
sobre la carne sin mancilla,
que padece por mi carne pecadora.
Y a cada golpe del sayón con los flagelos,
que arranca minúsculas partículas
de esa carne, que sufre tan cruel tormento,
son almas de las ofensas redimidas,
que en vida con sus actos produjeron,
a aquel que por amor bajó del cielo,
para sufrir tan cruel tormento.
Y redimirnos de las mismas ofensas,
que nuestro desamor le siguen produciendo.










