Cual dormidas algas verdes,
débil la música que suena,
se enreda en sus dedos indolentes.
Es la música, del agua que golpea
en las rocas, en los juncos,
de la flauta del arroyo y su corriente.
Es el tiempo el que desnuda
sus recuerdos y su mente.
 
La flauta queda entre las hierbas,
abandonada del arroyo y su corriente,
y se inclina a beber su agua,
tembloroso y reverente.
Extendiendo en la tierra su pereza,
deja que ese tiempo le despoje,
de la gris corteza,
que cual traje, su alma y cuerpo envuelve.
 
La voz del agua en el venero,
que golpea las calladas piedras,
vuelve a hablarle en la noche,
al cabo de los años,
de pedirlo con deseo e insistente,
al romper con su liquido alabastro,
el silencio de las hierbas verdes.
 
Y a la vez que le habla suavemente,
desenreda de sus dedos indolentes,
los retazos de su larga vida
que creía dormidas algas verdes.
Y le muestra sobre el cielo estrellado,
esa vida ya vivida, entre versos y poesía,
entre piezas de anticuario,
agarrado a la belleza,
de un tiempo ya pasado,
que dejó en ellas impresa su grandeza.
 
Viendo que de todo ello ha disfrutado
con corazón, alma, espíritu,
desde aquellos días ya lejanos,
en que unos versos de otro espíritu,
de alma y corazón enamorado,
sus ojos leyeron, contemplaron.
Quedando desde entonces por los versos,
la poesía, la belleza, hechizado.