Miraba sus manos sarmentosas,
y de los sarmientos se acordaba
a los que su Señor se refería,
en ocasión memorable,
cuando muy joven su amor le prefería.
Sarmiento había sido, y se sentía
unido a la vid, que en lejano tiempo
se había cruzado en el camino de su vida.
Su mente y corazón limpios
por gracia de su Amor,
así se mantenían todavía.
Una y otra vez veía su cabeza
en el costado amado reposada,
sintiendo el dolor por el Amor,
al conocer la traición
que a la muerte le llevaba.
Muerte a la que asistió de pie,
en tarde oscura,
mirando colgado del madero,
a quien le dio la Vida,
y que solo el limpio corazón
soportar podía.
Viendo,
la promesa ya cumplida,
de que el no moriría
hasta verle regresar,
después de resucitar
y hacia el cielo volar,
en gloria y majestad,
y eternamente reinar
sobre toda humanidad,
en la Jerusalén celestial.
Dejó la pluma, enrolló el papiro
donde con mano firme estaba escrito,
todo lo que su corazón y mente
había visto, vivido y conocido.










