Sr. Director:
Hay expresiones que de repente surgen y se tornan imprescindibles y de obligado uso en periodistas, políticos y hasta en las conversaciones ciudadanas. Como está sucediendo ahora con los términos polarización y polarizar; que con ligeros matices vendrían a sustituir a aquella crispación de otrora, y a la tensión preelectoral promovida por el progresismo y reconocida por Zapatero a Iñaki Gabilondo: «Nos conviene que haya tensión». Curiosamente, al acudir al DRAE comprobamos que las diferentes acepciones de polarizar no parecen muy aplicables al uso actual, e incluso la más cercana («Orientar en dos direcciones contrapuestas») no encaja del todo con el sentido de generar enfrentamiento y división, con que hoy tan profusamente se utiliza.
Pero menos aún encaja con aquellos a los que peyorativamente se les endosa hoy lo de polarizar; pues suele aplicarse a quienes simplemente se defienden de las continuas acometidas que reciben, y que suelen proceder (¡oh, sorpresa!: «nos conviene que haya tensión») de los denominados partidos y fuerzas progresistas. Estos, acostumbrados a que sus atacados tuviesen comida la moral y se limitasen a justificarse medrosamente entre balbuceos, no soportan que haya quienes se oponen a doblegarse; así que, cuando algunos les contestan en igualdad de condiciones, se rasgan las vestiduras acusándoles de polarizar. Como es habitual, nuestros queridos progresistas resultan muy generosos al aplicarse sus dos leyes preferidas: la del embudo y la doble vara de medir.









