Sr. Director:
Ya lo advirtió el entonces cardenal Ratzinger, después Papa Benedicto XVI: en la Iglesia tenemos el peligro de quedarnos en las ramas y en lo menos importante y pasar por alto lo que verdaderamente importa y necesitan los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Pero no fue intención del Concilio Vaticano II ni de los Papas Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco, y ahora León XIV suprimir el celibato sacerdotal, ni permitir que las mujeres puedan ser ordenadas para el sagrado ministerio. Es más, el Vaticano II ensalzó el celibato sacerdotal como un eximio don de Dios que lo da a quien lo cree conveniente para que ese varón se configure más perfectamente con Jesucristo, virgen, casto, pobre y obediente.
También la Madre del Señor se mantuvo virgen a lo largo de toda su vida, antes del parto, en el parto y después del parto y, tras el fallecimiento de San José, no volvió a contraer matrimonio. Así se convirtió en verdadera Madre de los creyentes.
San Pablo VI publicó la encíclica Sacerdotalis Coelibatus el 24 de junio de 1967. En ese documento leemos que el Papa creía conveniente que la ley del sagrado celibato debía estar firmemente unida al ministerio eclesiástico. Esa ley debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles como en la profana (Sac. Coel. 14)
Existen tres dimensiones que fundamentan teológicamente el celibato sacerdotal: una dimensión cristológica, una eclesiológica y la tercera escatológica.
San Juan Pablo II también habló repetidas veces del auténtico valor y significado del celibato de los ministros de la Iglesia. También lo hizo claramente el Papa Benedicto XVI, después Francisco y en la actualidad el Papa León XIV.
No es correcto decir que los casos de abuso en instituciones de la Iglesia se han dado porque a los sacerdotes se les obliga a guardar la ley del celibato.
Por lo que se refiere a la posibilidad de conferir el ministerio sacerdotal a algunas mujeres cristianas, el Papa Francisco, tras ordenar a una comisión de estudio si era verdad que en la Iglesia primitiva había mujeres que ejercían como diaconisas, la comisión llegó a la conclusión de que estas mujeres no eran en absoluto ordenadas para el ministerio, ni siquiera para ejercer como diaconisas en las comunidades cristianas. Su misión era otra, que no tenía que ver directamente con la ordenación para ejercer el ministerio.
Bien nos ilustró San Juan Pablo II acerca de la dignidad y misión de la mujer en su exhortación apostólica Mulieris Dignitatem.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el sacramento del Orden Sacerdotal, en la Iglesia de rito latino, sólo se confiere a varones, no a mujeres. Porque el varón representa a Cristo Esposo de la Iglesia, y no conviene que la mujer ejerza un ministerio que, desde los tiempos apostólicos, se confió exclusivamente a los varones. Varón y mujer tienen la misma dignidad, sin duda, pero no ejercen las mismas funciones ni los mismos servicios al interior de las comunidades cristianas.
Es propio de la mujer la gracia de la maternidad o de la virginidad consagrada. No es intención de la Iglesia ordenar para el sagrado ministerio a mujeres, ni es intención de la Iglesia abolir el sagrado celibato sacerdotal. Si estas son cuestiones menores, ¿cuál es la prioridad?
La prioridad absoluta es la evangelización a la que el Señor nos llama a todos los miembros de su Iglesia, tanto varones como mujeres. El sacramento del Bautismo recibido nos capacita para la misión cristiana tanto a mujeres como a varones. A cada uno en su puesto y siempre bajo la tutela del obispo diocesano o de los responsables de los institutos de vida religiosa o comunidades de vida consagrada (masculina o femenina)
El Sínodo sobre la Sinodalidad tampoco está cuestionando ni la ordenación de mujeres ni la abolición del celibato sacerdotal. Sinodalidad significa caminar juntos y unidos formando un solo pueblo que tiene a Cristo por cabeza, viviendo en comunión, participación y misión compartida.
En muchas ocasiones nos debatimos fuertemente por cuestiones que no son las más importantes ni las más urgentes. La urgencia para los cristianos de hoy es evangelizar nuestro mundo, llevar el Evangelio de Cristo al corazón de las personas, de los grupos, de los pueblos, extender el Reino de Dios hasta los confines de la tierra, en espera de la consumación final que se dará cuando Cristo regrese en gloria y majestad.
Mientras, hagamos como el sembrador de la parábola: sembremos la Palabra del Señor sin descanso, con nuestra oración y nuestro trabajo cotidiano. Uno siembra y el otro siega, pero quien da el crecimiento es Dios.
¿Por qué no organizamos grupos de oración y adoración ante el Santísimo Sacramento en nuestras parroquias y comunidades cristianas?
¿Acaso hemos olvidado que somos unos pobres siervos y que hemos de hacer solamente aquello que el Señor nos manda hacer? Nos falta confiar más en la Divina Providencia, nos falta fiarnos del Señor, nos falta arriesgarlo todo por Él, nos falta profundizar en nuestra fe, nos falta obediencia al Papa, nos falta dar testimonio de Cristo en la vida de todos los días.
Pensemos que el único que salva es el Señor, no nosotros. A nosotros nos toca hacer aquello que el Espíritu Santo nos inspire, en fidelidad a Cristo y a su Iglesia.










