Hay pasajes en la documentación de la persecución religiosa de la Guerra Civil que me han paralizado el alma. A veces esa paralización se ha debido a la crueldad y a la saña con que los verdugos martirizaron a sus víctimas. Y en alguna ocasión hasta he decidido no contarles con detalle en estos artículos lo que había leído, porque el relato traspasaba con creces los límites de lo que se puede soportar.

Pero han sido muchas más las veces en que ha sido la emoción, provocada por el comportamiento heroico de los mártires, la que ha detenido mi lectura de los documentos. El ejemplo de tantos sacerdotes, religiosos y laicos que se jugaron la vida y que muchos la perdieron…, ese ejemplo llama todavía más la atención por el contraste que produce el lamentable espectáculo de la cobardía y el aburguesamiento de este catolicismo moderadito actual, que se ha vuelto estéril porque le falta la vida en Cristo y por eso no atrae a nadie.

Decía en un artículo anterior que el martirio de las personas hay que estudiarlo a la vez que el martirio de las cosas sagradas, porque así es como se hace visible el carácter radical y total de la persecución religiosa que los socialistas, los comunistas y los anarquistas al descubierto y los masones a escondidas llevaron a cabo, para arrancar la fe de España de raíz y para siempre. Esa era su intención, y la hubieran llevado a cabo si hubieran ganado la Guerra Civil.

La historia de España quedó signada por el heróico comportamiento de los martires de la Guerra Civil, en defensa de lo sagrado

La documentación da cuenta de cómo los católicos defendieron heroicamente imágenes, ornamentos y vasos sagrados. Y cuando no pudieron preservarlos del odio satánico de sus perseguidores, los archivos custodian el dolor que eso les supuso, como fue el caso de las carmelitas descalzas de Cuerva, según describe el libro de López Teulón, La profanación de la clausura femenina. Esto es lo que pasó y así lo cuentan las monjas en dicho libro: “Más, a pesar de nuestra actividad laboriosa, no respetaron nada que pudiera servirnos de alguna mortificación y un día, todos los santos que había en nuestro convento, fueron trasladados al hospital y hechos astillas, llegando su crueldad a tal punto, que nos fueron entregados a nosotras mismas para que hiciéramos fuego, para que con este combustible ahorrásemos carbón”.

Todo lo sagrado lo defendieron como pudieron nuestros antepasados y hasta hubo católicos de algunos pueblos que enterraron las imágenes de los santos de la iglesia, para que no los quemaran. Pero de todo lo que he leído, nada me ha sorprendido y emocionado más que el cuidado, la defensa y la veneración de la Sagrada Eucaristía. Y también aquí el contraste es llamativo por el maltrato que Jesús Sacramentado está recibiendo desde hace unos años y muy notoriamente desde que estalló la epidemia del coronavirus.

Y todo esta indiferencia y maltrato de las sagradas especies eucarísticas, a mí me choca tanto, ya que de niño recibí una buenísima formación. Porque así como se decía de mi barrio de Vallecas “pobres, pero honrados”, también es cierto que éramos “proletarios, pero piadosos”.

Desde muy niño formé parte de la escolanía de la parroquia de San Diego, que organizó fray Damián. No cantábamos, pero todos revestidos con nuestras sotanitas rojas y nuestros roquetes blancos, contribuíamos a la solemnidad de la misa mayor. También hacíamos muchas actividades con fray Damián y hasta nos llevó un verano a todos a Menorca. Fuimos hechos unos pinceles, todos chulos y rechulos, con pajarita en el cuello como “niños de papá”. La prueba gráfica de lo que les cuento la tienen en una foto que nos hicieron, yo soy el del centro de los siete de la primera fila, que nos agachamos rodilla en tierra.

Niño Javier Paredes

Pues bien, de fray Damián recibí unas enseñanzas que no se me han olvidado nunca y que sigo viviendo siempre que puedo o me dejan. Por ejemplo, en el momento de la comunión había que poner un mantel en el comulgatorio, y los dos monaguillos que ayudaban a misa, mientras el sacerdote daba la comunión, uno le acompañaba con una palmatoria encendida y el otro con una bandeja seguía la trayectoria de la sagrada forma desde que salía del copón hasta que llegaba a la boca de quien comulgaba, por supuesto arrodillado, para así recoger las partículas que siempre se caían o en ocasiones la sagrada forma, para evitar que se fuera al suelo. Comulgatorio para arrodillarse, mantel, bandeja y palmatoria… Todo nos hacía caer en la cuenta de la grandeza admirable de la Sagrada Comunión.

Cuando ya todos habían comulgado, los monaguillos le dábamos la bandeja al sacerdote para que la purificara sobre el cáliz. Y de todas las veces que he ayudado a misa, y han sido unas cuantas de niño y de mayor, no recuerdo ni una sola en la que no hubiera partículas en la bandeja, en las que por muy pequeñas que fueran, seguía estando presente Jesucristo con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Eso fue lo que me enseñó fray Damián, doctrina de la buena porque era verdad entonces y lo sigue siendo ahora.

Y por aquellas enseñanzas que yo he recibí de pequeño, que tuve y sigo teniendo por verdaderas, siempre he comulgado en la boca, incluso durante los tiempos del Covid, y si hay comulgatorio lo hago arrodillado, porque operadas como están mis dos rodillas yo no puedo hincarme en el suelo a capella. Además, haciéndolo así, cumplo con lo establecido porque que yo sepa, de momento, la norma es comulgar en la boca y lo permitido es hacerlo en la mano.

Hay pasajes en la documentación de la persecución religiosa de la Guerra Civil que me han paralizado el alma. A veces esa paralización se ha debido a la crueldad y a la saña con que los verdugos martirizaron a sus víctimas

Pues bien, por comulgar en la boca últimamente, menos contagiarme de Covid, me ha pasado de todo: los católicos moderaditos me han criticado y me han llamado “raro y engreído” y hasta me han dicho: “te creerás mejor que todos”; en más de una ocasión cuando me tocaba el turno de comulgar el sacerdote me ha indicado que me apartara y que me esperara de pie, delante de toda la iglesia hasta que todos los de la mano hubieran comulgado, una mamera de ponerme en evidencia ante todo el mundo; varias veces me han negado la comunión como si fuera un pecador público; hace unos meses, un sacerdote quiso darme de comulgar en la mano después empapar la sagrada forma en cáliz, a lo que me negué rotundamente. Y ha habido una ocasión en la que además de negarme la comunión, el religioso que ayudaba al celebrante a repartirla me abordó a la salida de la iglesia y con malas formas me dijo de todo, a lo que respondí cuando acabó con un “buenos días” y nada más, para no decirle todo lo que se me estaba ocurriendo…

Por eso, cuando leo lo que ocurrió en la Guerra Civil y lo comparo con lo que sucede ahora…, que por muy ministros de la eucaristía que se llamen algunos, para mí que no llegan ni a la categoría de subsecretarios... Y sin entrar en su interior y mucho menos juzgarlos, pero me duele haber visto cómo algunos se lamen las manos después de comulgar, señal de que había partículas entre sus dedos, y a juzgar por lo que se ve por fuera, no son pocos los que por no querer recibir al Señor en la boca, comulgan a la remanguillé.

Nada que ver las prácticas de hoy con el ejemplo que nos han dado nuestros mártires de la Guerra Civil, a la hora de tratar la Eucaristía. Porque si por lo que se ve por fuera, pudiera parecer que algunos no creen en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Forma, por el contrario de lo que no cabe duda es que nuestros mártires trataron el Pan Eucarístico de aquella manera, porque creían en la presencia real de Jesucristo en las especies sacramentales, hasta el punto que muchos dieron la vida por impedir las profanaciones.

Y como muestra bien vale un botón, les voy a contar lo que sucedió en Villanueva de la Jara (Cuenca). Hace mucho tiempo en esta localidad había una ermita bajo la advocación de Santa Ana, en torno a la cual se congregaron un grupo de mujeres con la intención de formar una comunidad religiosa. El cura de la ermita y el Concejo de la villa propusieron a la mismísima Santa Teresa de Jesús que orientara a estas mujeres y las acogiera bajo la regla de su nueva orden. Y así lo hizo la santa de Ávila. Villanueva de la Jara es la decimotercera fundación de Santa Teresa, que comenzó a ser convento de Carmelitas Descalzas el 21 de febrero de 1580.

Y, para que atendiera a las monjas, sus superiores destinaron a Villanueva de la Jara, pocos años antes de que estallara la Guerra Civil a un carmelita descalzo, el padre Andrés Corsino de la Virgen del Pilar (1896-1936). El padre Andrés tenía una cabeza privilegiada y cuentan sus biógrafos que “la mayor parte de su vida la pasó desempeñando cátedras, de Teología alguna vez, pero de Ciencias casi siempre. Se había especializado en las Ciencias Físicas, en las cuales se hallaba como pez en el agua”.

Al estallar la Guerra Civil, las carmelitas descalzas fueron expulsadas de su convento, las obligaron a despojarse de los hábitos y las metieron presas en una casa de Villanueva de la Jara. Al padre Andrés, antes de asesinarlo, también le detuvieron en otra casa, de donde se escapó jugándose la vida para llevar la comunión a las religiosas. Y lo que pasó lo cuentan mejor que yo las propias carmelitas descalzas. Les copio su relato:

“El arriba mencionado padre Andrés se llevó a Jesús Sacramentado a su residencia y en la mañana del mismo día sobre las ocho, vino a casa a donde nos hallábamos las religiosas y nos comulgó (sic), sin tener ni un roquete ni estola para tan santo ministerio lo que al padre le produjo una amargura tan intensísima y profunda viéndose a la vez de seglar y a todas las religiosas disfrazadas con aquellos trajes, que sus lágrimas corrían a torrentes por sus mejillas y apenas podía articular palabra. Se fue el padre llevándose a su casa a nuestro dulce Jesús Sacramentado y aunque sumidas en la mayor amargura nos dejó consoladas y resignadas con la amorosa y deseada visita de Jesús a nuestra alma, que nos comunicó nueva confianza en él y fortaleza para los duros sufrimientos que nos aguardaban”.

Queridos lectores, estarán de acuerdo conmigo en que después de leer ejemplos como el del capellán de las monjas de Villanueva de la Jara, ya no se puede comulgar a la remanguillé. O al menos a mí me resulta imposible.

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.