Sr. Director:

Ha conquistado el título desplegando un fútbol que reconcilia al aficionado con este deporte: inteligente, rápido, valiente y generoso. Una selección que ha buscado la portería rival desde el primer minuto hasta el último, creando una ocasión tras otra, sin renunciar jamás a su estilo.

Enfrente encontró un rival de enorme prestigio, pero que, incapaz de imponer su juego, recurrió demasiadas veces a otro fútbol: interrupciones constantes, faltas tácticas, empujones, protestas, pérdidas deliberadas de tiempo y ese «juego subterráneo» que rara vez aparece en los resúmenes televisivos, pero que tanto influye en el desarrollo de un partido.

Durante algunos minutos España cayó en esa trampa. Cambió el balón por el encontronazo, la combinación por la protesta y la paciencia por la precipitación. Era precisamente lo que buscaba el rival.

Pero sólo durante unos minutos. Al final terminó imponiéndose el fútbol. El de verdad. El que procura construir en lugar de destruir. El que intenta crear ocasiones de gol en vez de impedir que el contrario juegue.

Y el marcador acabó reflejando lo que cualquiera que hubiera visto el encuentro podía comprobar sin necesidad de estadísticas. España había sido claramente superior. Llegó entonces el estallido de alegría. Millones de personas salieron espontáneamente a las calles. Ni había consignas repartidas. Ni autobuses organizados. Ni bocadillos gratuitos. Ni subvenciones. Ni campañas institucionales. Sólo una inmensa alegría compartida. Las plazas se llenaron de camisetas rojas. Los balcones volvieron a vestirse con la bandera nacional. Se abrazaban desconocidos.

Sonaban los cláxones. Y, de norte a sur, se repetía el mismo grito: «¡Soy español, español, españooooool!» Un instante después llegaba el otro. «¡Campeones! ¡Campeones!… ¡Oé, oé, oeeeeeeé!» Durante unas horas desaparecieron las diferencias. Nadie preguntó al vecino a quién votaba. Ni cuál era su lengua materna. Ni qué religión profesaba. Ni cuánto ganaba. Ni de qué comunidad autónoma procedía. Todos formaban parte del mismo equipo.

Y entonces resultaba inevitable recordar aquella viñeta de Puebla. «¿Os dais cuenta de hasta dónde puede llegar España jugando en equipo?… Y no sólo hablo de fútbol.» Ésa es, quizá, la gran lección de la noche. Porque once futbolistas, unidos por un objetivo común, demostraron de lo que es capaz España cuando el mérito pesa más que el sectarismo, la disciplina más que el egoísmo y el bien del equipo más que el lucimiento personal. La pregunta surge sola. Si somos capaces de hacer esto sobre un terreno de juego… ¿por qué parece tan difícil hacerlo en el resto de la vida nacional?

Porque el despertador suena. Las banderas vuelven al cajón. Las bufandas regresan al armario. Las fuentes dejan de estar abarrotadas. Y, como cantaba Julio Iglesias: «La vida sigue igual…».

Entonces regresan los problemas que no desaparecen con un gol en el minuto noventa. ¿Seguimos sin Presupuestos Generales del Estado aprobados por las Cortes tras más de tres años? Sí. ¿Continúan creciendo la deuda pública y el gasto mientras los ciudadanos reclaman una mayor rendición de cuentas? También. ¿Persisten las listas de espera sanitarias? ¿Continúan preocupando el fracaso escolar, la baja natalidad, el acceso a la vivienda y el desempleo de muchos españoles? Sí.

Y vuelven otras preguntas que rara vez ocupan las celebraciones. ¿Qué política de defensa necesita España en un mundo cada vez más inestable? ¿Tiene sentido mantener tropas desplegadas en numerosas misiones internacionales mientras muchos ciudadanos consideran insuficiente la protección de nuestras fronteras? ¿Qué estrategia nacional existe respecto a Gibraltar? ¿Qué posición mantiene España sobre el Sáhara Occidental? ¿Qué coste económico y social tendría una eventual regularización masiva de inmigrantes en situación irregular? ¿Se ha explicado con detalle a los ciudadanos? ¿Se ha debatido abiertamente en las Cortes?

Y cuando el verano avanza… los montes vuelven a arder. Cuando llegan las lluvias… los ríos vuelven a desbordarse. Cuando pasa la emergencia… vuelve el olvido. Hasta la siguiente tragedia.

Como si padeciéramos una enfermedad nacional: la memoria de veinticuatro horas. Pero… ¡no seas aguafiestas! ¡Somos campeones! ¡Campeones del mundo! ¡Campeones, campeones…! ¡Oé, oé, oeeeeeeé! Y quizá ahí resida una de nuestras mayores contradicciones.

Sabemos unirnos como pocos para celebrar una victoria deportiva. Ojalá algún día seamos capaces de mantener esa misma unidad, esa misma exigencia y ese mismo espíritu de equipo para afrontar los desafíos que decidirán el futuro de España mucho después de que la copa del mundo ocupe una vitrina. Porque los campeonatos se celebran una noche. Las naciones se construyen todos los días.