En Egipto un lugar desértico, ergo de lo más apropiado para hablar del global calentamiento, se ha iniciado la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2022, comúnmente conocida -demasiado conocida, quizás- como COP 27. lo que, de entrada, significa que ha habido antes otras 26. Esto es importante: implica que la murga verde-apocalíptica dura ya más de un cuarto de siglo. 

CUMBRE DEL CLIMA

Y se trata de conferencias cada vez más largas -hay mucho que alarmar aunque sea siempre lo mismo- y mucho dinero que contar -que nunca es el mismo, porque el anterior ya se lo han gastado y porque el planeta siempre necesita más-. Los confesos de la religión climática y todos los que sufren la angustia del calentamiento global o mental, necesitan su dosis de adrenalina para llegar a idéntica conclusión: este planeta se muere. Se lleva muriendo desde hace decenas de miles de años, pero ahora nos ha entrado la angustia. 

Esto es lo que repetía el anterior ministro de Investigación de Sánchez, don Pedro Duque, para quien la tierra sólo podría sobrevivir unos 2.500 millones de años -sin duda una evidencia científica-  por lo que urgía -lo dijo en muy en serio- ir buscando otro planeta habitable al que hacer la mudanza.

Para salvar el planeta, estamos provocando más de una neumonía entre los ancianitos. Claro que para eso está la sanidad pública

Total: casi 15 días de conferencias en la localidad egipcia de Sharm El Sheikh (premio al que lo repita tres veces seguidas sin trabucarse) para 35.000 señores. El hundido turismo egipcio seguramente experimentará un gran alivio.

¿Y para qué todo este montaje? Pues para fastidiarnos un poquito, hombre de Dios, que no en vano el elemento clave de la política actual es el sadismo con el pueblo. Les explico. Este fin de semana, por motivos familiares, estuve en Pamplona y, a pesar del calentamiento global, pasé más frío que un tonto. La razón: me hospedaba en una casa de vecinos habitada preferentemente por jubilados. A lo mejor el índice de fallecidos por neumonía se dispara entre los inquilinos porque la comunidad, a 6 de noviembre, y siguiendo la ininteligible normativa de doña Teresa Ribera, aún no ha encendido la calefacción central. Ojo, calefacción ya discriminada- es decir, que cada vecino paga lo suyo, pero, si abren el grifo general, algún negacionista podría encender sus propios radiadores -no sé si les he dicho que son de gas, nefando producto- para sentirse calentito, en lugar de hacer lo correcto: pasar frío como todo un campeón, coger una pulmonía y marcharse al hospital. De sanidad pública, por supuesto, que la otra no cura. 

Nunca supe cómo terminaba aquella canción estudiantil que comenzaba con el Joé qué frío, qué frío que frío; joé que frío que hace en Valladolid, pero aun más frío, más frío, mas frío... Ahora sé que termina en Pamplona. Pues a mí me ha pasado en Pamplona. 

¡Qué frío he pasado! Todo sea por el cambio climático y la madre que lo peinó. Además, me consoló mucho pensar que el culpable del calentamiento global soy yo y solamente yo. Sobre todo yo en mi triple condición de hombre, blanco y heterosexual. 

Ahora sólo espero, que entre las conclusiones de la COP 27, no figure la orden de que, además de frío, tenemos que pasar hambre para salvar al planeta

Ergo, ¿en qué consiste la COP 27? En que pases frío en Pamplona... o en cualquier otro sitio, por no encender la calefacción en solidaridad con el planeta. Es decir, en general, en que la humanidad regrese a la caverna.

Ahora sólo espero, que entre las conclusiones de la elevadísima conferencia egipcia donde concurren los mejores cerebros del planeta, al menos los cerebros más helados del mundo global... no figure que, después de pasar frío, y en solidaridad con el planeta, también debemos pasar hambre. Fíjense que no me extrañaría.