Sr. Director:

La cuestión sobre la fe católica de Jovellanos es un tema polémico no porque lo fuera realmente sino por los prejuicios con los que se aborda; para algunos conocidos laicistas, Jovellanos sería el tipo representante de un liberalismo laicista-no laico. Indiferente religioso que tendría como objetivo como político e intelectual fomentar el laicismo: una acusación que ya le hicieron algunos de sus enemigos más acérrimos como fue el conocido como Príncipe de la Paz, Godoy. En lado opuesto están aquellos, que vieron a Jovellanos, como una especie de cristiano viejo, ortodoxo, casi intolerante. Esta falsa opinión se fundamenta, en su famosa paráfrasis del salmo Judica me Deus, escrita en los momentos duros de su reclusión en Mallorca. Precisamente esa fue una grave vivencia que revela la profunda fe católica del gran Ilustrado.

La realidad es que en toda su vida Jovellanos fue un católico ilustrado, no en el sentido político sino intelectual de su tiempo; en su vida exterior se comportó como tal, nunca negó ningún dogma católico y cumplió regularmente con las prácticas del culto católico. Jovellanos fue muy crítico como antes lo fue Feijóo con cierta religiosidad unida a veces a la superstición y al costumbrismo frívolo y mundano de las apariencias. Jovellanos concibió la religiosidad cristiana verdadera como doctrina de las buenas obras de misericordia de las Bienaventuranzas: era partidario de que el fiel católico estuviera dispuesto a saber dar razones de su fe (apología). Partidario de un culto católico austero pero brillante, aunque alejado de extravagancias barrocas; partidario de una jerarquía sacerdotal alejada de clericalismo y el anticlericalismo, defendía la armonía entre el poder civil y el eclesiástico, opuesta a las mutuas peleas entre ambos poderes; todo lo contrario, defendía el sentido práctico y orgánico para el progreso social.

Un ejemplo claro de la postura positiva y constructiva de la religiosidad de Jovellanos se encuentra en el Elogio al gran arquitecto Ventura Rodríguez, elegido para construir un templo digno después del incendio del tradicional de Covadonga. Concluye así el Elogio, esta extraordinaria prosa retórica que es el Elogio, afirmando: “Oh qué contraste maravilloso nos ofrecerá a la vista tan bello y magnífico objeto en medio de una escena tórrida y extraña. Día vendrá en que estos prodigios del arte y de la naturaleza atraigan de nuevo allí la admiración de los pueblos y en que disfrazada en devoción la curiosidad, resucite el muerto gusto de las antiguas peregrinaciones y engendre una especial devoción, menos contrario a la de la ilustración de nuestros venideros.