Hay símbolos que a la izquierda española le producen urticaria.

La cruz, por ejemplo.

No importa demasiado que lleve décadas incorporada al paisaje de una ciudad; que haya perdido las inscripciones políticas que tuvo; que generaciones enteras hayan nacido, crecido y envejecido viéndola; que sea punto de encuentro; que pueda conservarse como monumento histórico; que el paso del tiempo haya modificado su significado.

Es una cruz.

Y eso parece bastar.

La polémica de la Cruz de los Caídos de Cáceres, en la plaza de América, vuelve a mostrar una obsesión española que convendría llamar por su nombre: cristofobia.

La Junta de Extremadura ha iniciado el expediente para declararla Bien de Interés Cultural (BIC). El Ayuntamiento cacereño recuerda que fue diseñada en 1937 por el arquitecto municipal Ángel Pérez y sostiene que desde 1984 quedó convertida en memoria de todos los caídos y plenamente incorporada al paisaje urbano de Cáceres.

Las asociaciones denominadas memorialistas quieren, por el contrario, retirarla.

Y aquí empieza lo verdaderamente interesante.

Porque puede discutirse sobre Franco, sobre la Guerra Civil, sobre la utilización política de los monumentos, sobre las inscripciones originales y sobre el significado histórico de una construcción levantada en 1937. Todo eso es legítimo.

Pero la cruz no es franquista.

La cruz tiene unos dos mil años.

Franco no la inventó.

Ni José Antonio.

Ni la Falange.

Ni el Movimiento Nacional.

Cuando nació Francisco Franco, la cruz llevaba diecinueve siglos presidiendo iglesias, cementerios, caminos, hospitales, monasterios y plazas de Europa.

Identificar una cruz con Franco resulta históricamente tan disparatado como identificar el acueducto de Segovia con Mussolini porque ambos tuvieron algo que ver con Italia.

La memoria que recuerda unas cosas y padece amnesia con otras

Hay algo todavía más llamativo en esta cruzada contra las cruces: quienes se presentan permanentemente como guardianes de la memoria padecen una curiosísima memoria hemipléjica.

Recuerdan unos muertos.

Olvidan otros.

Recuerdan unas fosas.

Silencian otras víctimas.

Recuerdan unas represiones.

Y cuando se menciona la persecución religiosa sufrida por los católicos españoles durante los años treinta aparecen inmediatamente los peros, los contextos, las explicaciones, las notas a pie de página y las piruetas dialécticas.

Pues no.

Antes y durante la Guerra Civil española hubo una persecución religiosa feroz.

Y decirlo no equivale a justificar la represión franquista.

Dos crímenes no se anulan mutuamente.

Dos verdades pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Se incendiaron iglesias y conventos. Se profanaron templos. Se destruyeron imágenes y patrimonio religioso. Se asesinó a sacerdotes, frailes, monjas y seglares.

Y no fueron cuatro.

El estudio clásico de Antonio Montero Moreno contabilizó 6.832 miembros del clero y de órdenes religiosas asesinados durante la persecución: más de cuatro mil sacerdotes y seminaristas, más de dos mil religiosos y centenares de religiosas. Investigaciones posteriores han estudiado y revisado esas cifras, pero la magnitud de la matanza está fuera de discusión historiográfica seria.

Y a ellos hay que sumar los seglares cuya muerte estuvo relacionada con su condición de católicos practicantes o con su pertenencia a organizaciones católicas, para los cuales resulta mucho más difícil establecer una cifra definitiva.

¿También debemos borrar esa memoria?

¿O la memoria sólo merece el nombre de memoria cuando los muertos tienen el carné político adecuado?

Antes de 1936 tampoco reinaba precisamente la fraternidad

Conviene recordar otra cosa.

La persecución religiosa no cayó del cielo el 18 de julio de 1936.

Durante la Segunda República la cuestión religiosa se convirtió en uno de los grandes campos de batalla políticos y sociales. Hubo quema de conventos e iglesias desde 1931, episodios de violencia anticlerical y, en la revolución de Asturias de 1934, asesinatos de religiosos. Precisamente por ello los estudios históricos sobre la persecución religiosa abarcan el período 1931-1939 y no exclusivamente los tres años de guerra.

Nada de esto convierte a todos los republicanos en asesinos.

Sería una estupidez afirmarlo.

Como sería otra estupidez sostener que todos los izquierdistas participaron en la persecución o la aprobaron.

Pero tampoco cabe borrar que organizaciones revolucionarias, milicias y grupos pertenecientes al espacio político de la izquierda protagonizaron una violencia anticatólica de dimensiones estremecedoras.

La historia no deja de existir porque resulte incómoda.

De quemar iglesias a retirar cruces

Naturalmente, la España de 2026 no es la España de 1936.

Nadie sensato puede equiparar la recogida de firmas para retirar un monumento con el asesinato de sacerdotes.

Pero existe una continuidad cultural que merece ser examinada: la consideración del cristianismo como algo sospechoso que debe ser expulsado progresivamente de la vida pública.

Ayer podía ser el convento.

Hoy es la cruz.

Mañana será el belén.

Después, una procesión.

Luego, una capilla.

Siempre existe una magnífica explicación administrativa para hacerlo.

La cruz molesta porque está en una plaza.

El crucifijo, porque está en una pared.

El belén, porque está en un edificio público.

La procesión, porque atraviesa una calle.

Las campanas, porque suenan.

La Semana Santa, supongo, acabará siendo sospechosa porque ocupa demasiado espacio.

El procedimiento cambia.

La aversión permanece.

El progresismo y sus curiosísimas amistades

Y aquí aparece una de las mayores contradicciones de determinada izquierda occidental.

Desprecia la tradición cristiana de la sociedad en la que vive mientras contempla con extraordinaria indulgencia movimientos político-religiosos que niegan buena parte de los principios que esa misma izquierda dice defender.

No hablamos de los musulmanes.

Un musulmán no es un terrorista por ser musulmán, exactamente igual que un cristiano no es un inquisidor por ser cristiano.

Hablamos del islamismo político y, sobre todo, del islamismo violento.

De quienes persiguen al apóstata.

De quienes castigan la conversión.

De quienes someten a la mujer.

De quienes persiguen al homosexual.

De quienes destruyen iglesias.

De quienes asesinan cristianos.

De quienes pretenden sustituir el orden civil por una interpretación totalitaria de la religión.

Y eso no pertenece al terreno de las fantasías.

En 2026, la Lista Mundial de la Persecución de Open Doors calcula que más de 388 millones de cristianos padecen altos niveles de persecución o discriminación por su fe. En su período de estudio contabiliza 4.849 cristianos asesinados y 3.632 iglesias o propiedades cristianas atacadas. Entre los países donde señala niveles extremos o muy altos de persecución aparecen Somalia, Yemen, Sudán, Nigeria, Pakistán, Libia, Irán, Afganistán y Arabia Saudí, entre otros.

La Comisión de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional documenta asimismo la actuación en Nigeria de Boko Haram, Estado Islámico en África Occidental y otros grupos que pretenden imponer por la violencia su interpretación del islam; y conviene añadir algo que también debe decirse: esos fanáticos asesinan igualmente a musulmanes que no aceptan su doctrina.

Eso es islamismo totalitario.

Y sus primeras víctimas son muchas veces los propios musulmanes.

Una civilización avergonzada de sí misma

Europa padece un problema mucho más profundo que una disputa sobre un monumento cacereño.

Parece avergonzarse de su propia genealogía.

Occidente no nació de una sola fuente. Es resultado de siglos de sedimentación: Grecia, Roma, Jerusalén, cristianismo, derecho romano, filosofía griega, humanismo, Ilustración, liberalismo político, ciencia moderna.

Nuestra civilización tiene raíces grecorromanas, judeocristianas y europeas.

No hace falta creer en Dios para reconocerlo.

Un ateo puede defender una catedral porque sabe que Notre Dame pertenece a la historia de Francia.

Un agnóstico puede emocionarse ante la Capilla Sixtina.

Un republicano puede conservar un palacio real.

Un demócrata puede proteger una muralla levantada por un rey absoluto.

Conservar un monumento no significa adherirse a las ideas políticas de quienes lo construyeron.

Si aplicáramos semejante majadería retrospectiva con coherencia, tendríamos que demoler media Europa.

La cruz debe quedarse

La Cruz de Cáceres puede explicarse.

Puede contextualizarse.

Puede añadirse junto a ella información histórica sobre su origen, sus inscripciones primitivas, la Guerra Civil, la dictadura, la retirada posterior de la simbología política y la evolución de su significado.

Eso se llama historia.

Arrancarla porque nació durante el franquismo se parece bastante más a otra cosa: pretender modificar el pasado eliminando sus huellas.

Una democracia adulta no necesita destruir piedras para demostrar que es democrática.

Y mucho menos necesita tener miedo a una cruz.

Porque quizá ésa sea la pregunta que deberían responder quienes quieren verla desaparecer:

¿qué peligro representa hoy una cruz de piedra en una plaza de Cáceres?

No dispara.

No encarcela.

No censura.

No persigue.

No obliga a rezar.

No pregunta a quien pasa si es católico, protestante, judío, musulmán, ateo o agnóstico.

Está ahí.

Quieta.

De piedra.

Los muertos que incomodan

Tal vez el verdadero problema sea precisamente lo que representa.

La cruz recuerda que Europa fue cristiana.

Que España fue y sigue siendo culturalmente incomprensible sin el cristianismo.

Que nuestras ciudades, fiestas, calendarios, nombres, cementerios, iglesias, monasterios, universidades, hospitales, obras de arte, literatura y hasta buena parte de nuestro vocabulario moral proceden de una historia que no puede borrarse mediante una resolución administrativa.

Y recuerda además algo especialmente incómodo para cierta memoria selectiva:

también hubo cristianos perseguidos.

También hubo sacerdotes asesinados.

También hubo monjas asesinadas.

También hubo seglares asesinados.

También ardieron iglesias.

También fueron destruidas imágenes.

También hubo personas cuya fe bastó para convertirlas en sospechosas o condenarlas a muerte.

Aquellos muertos también son nuestros muertos.

Sin apellidos ideológicos.

Sin certificados de buena conducta expedidos ochenta años después.

Sin necesidad de preguntar primero a quién votaban.

La paradoja final

Y llegamos así a la grotesca contradicción de nuestro tiempo.

Una parte de la izquierda occidental considera insoportable una cruz de piedra, mientras muestra una exquisita prudencia verbal cuando quienes persiguen cruces utilizan fusiles, bombas o machetes.

Contra el cristianismo doméstico: valentía.

Contra el fanático peligroso: matices.

Contra una cruz inmóvil en Cáceres: movilización.

Contra quienes destruyen iglesias y asesinan creyentes en otras partes del mundo: cuidadísimo vocabulario para no incomodar a nadie.

No toda la izquierda participa de esa contradicción.

No todo progresista es anticristiano.

No todo musulmán es islamista.

Y precisamente porque esas generalizaciones serían falsas, puede formularse la acusación con mucha mayor precisión:

existe una izquierda que ha convertido el anticristianismo en una señal de respetabilidad mientras se muestra extraordinariamente comprensiva con ideologías religiosas infinitamente más incompatibles con los valores que dice defender.

Ésa es la contradicción.

Y la Cruz de Cáceres la deja al descubierto.

Quizá por eso molesta tanto.

Porque una cruz de piedra no habla.

Pero recuerda.

Y hay quienes pueden perdonar casi cualquier cosa menos que la historia se niegue a olvidar.

Por qué una cruz de piedra molesta más que quienes matan cristianos

 

PRECISIÓN NO ES BLANQUEAMIENTO

Conviene dejarlo meridianamente claro: distinguir no significa disculpar; precisar no significa blanquear; contar los hechos completos no significa repartir absoluciones.

No todos los republicanos persiguieron a cristianos. No todos los hombres de izquierdas quemaron iglesias. No todos los musulmanes son islamistas y, naturalmente, no todos los islamistas son terroristas.

¿Y qué?

Eso no modifica un ápice los hechos que aquí se denuncian.

Durante la Segunda República y, con una ferocidad incomparablemente mayor, durante la Guerra Civil, en la zona republicana se produjo una persecución religiosa de proporciones aterradoras. Miles de sacerdotes, religiosos y religiosas fueron asesinados; numerosos seglares murieron por su condición de católicos, por pertenecer a organizaciones religiosas, por esconder a un sacerdote, por llevar un crucifijo, por ser conocidos como practicantes o, sencillamente, por encontrarse en el lugar equivocado ante quienes habían decidido convertir la fe cristiana en prueba de culpabilidad.

Se quemaron iglesias.

Se saquearon conventos.

Se profanaron cementerios y sepulturas.

Se destruyeron imágenes.

Se asesinó a sacerdotes.

Se asesinó a religiosos y religiosas.

Se asesinó a seglares.

Eso ocurrió.

Y ocurrió principalmente a manos de milicianos y grupos revolucionarios pertenecientes al campo político que entonces se identificaba con la izquierda, el anarquismo y distintas corrientes revolucionarias.

No hace falta adornarlo.

Tampoco hace falta pedir permiso para recordarlo.

Y mucho menos compensar cada frase con el consabido «pero también…», como si los asesinados necesitaran presentar previamente un certificado de equidistancia para merecer que se recuerde su muerte.

Los crímenes cometidos por el otro bando existieron y deben estudiarse y condenarse. Pero no convierten en menos muertos a estos muertos, ni en menos persecución aquella persecución.

Y con el islamismo, exactamente igual

Decir que no todos los musulmanes son islamistas no constituye una concesión retórica. Es simplemente verdad.

Y precisamente por ser verdad permite señalar sin rodeos lo que también es verdad: existe un islamismo político totalitario que pretende someter la sociedad civil a su interpretación religiosa, y existe un islamismo armado que persigue, secuestra y asesina a cristianos, judíos, apóstatas, ateos, homosexuales y también a musulmanes que no aceptan su fanatismo.

No hay nada que blanquear.

A quienes queman una iglesia porque es cristiana se los llama perseguidores.

A quienes asesinan a una persona porque es cristiana se los llama asesinos.

A quienes pretenden imponer una religión mediante el terror se los llama fanáticos y totalitarios.

Y a quienes desean destruir nuestra civilización mediante la violencia se los llama enemigos de nuestra civilización.

Sin eufemismos.

Sin jerga de despacho.

Sin convertir al verdugo en víctima mediante juegos de palabras.

La pregunta verdaderamente incómoda

Por eso resulta legítimo preguntar a determinada izquierda española y europea:

¿Por qué tanta beligerancia contra el cristianismo que ya no impone nada y tanta cautela ante quienes sí pretenden imponerlo todo?

¿Por qué una cruz de piedra en Cáceres provoca campañas, firmas, resoluciones, movilizaciones y toneladas de indignación mientras la persecución contemporánea de cristianos apenas consigue unas líneas?

¿Por qué resulta tan fácil mofarse de un sacerdote, una monja, una procesión, una cruz o un belén y tan difícil hablar con idéntica desenvoltura del fanatismo religioso cuando el fanático puede responder de manera bastante menos civilizada?

Quizá exista una explicación mucho menos elevada que todas las teorías políticas:

es facilísimo ser valiente contra quien sabes que no va a cortarte la cabeza.

El cristianismo europeo lleva décadas soportando sátiras, insultos, profanaciones y desprecios sin organizar escuadrones para asesinar dibujantes, escritores o profesores.

Y precisamente esa mansedumbre parece haberlo convertido, para algunos, en el adversario perfecto.

Se golpea al que no devuelve el golpe.

Se provoca al que tolera la provocación.

Se ridiculiza al que acepta la libertad de expresión incluso cuando se utiliza contra él.

Y después se llama a semejante ejercicio «progreso».

Pues no

Una democracia digna de ese nombre debe permitir criticar al cristianismo, al islam, al judaísmo, al ateísmo, al comunismo, al liberalismo y a cualquier doctrina humana.

A todas.

Sin religiones privilegiadas.

Pero también sin religiones convertidas en blancos permitidos mientras otras quedan rodeadas por un cordón de miedo, cálculo o cobardía.

La libertad religiosa incluye la libertad de creer.

La libertad de expresión incluye la libertad de criticar una religión.

Y la igualdad exige que ninguna confesión disponga de un derecho especial a no sentirse ofendida.

Por eso la Cruz de Cáceres es mucho más que una piedra.

Se ha convertido involuntariamente en una pregunta.

Una pregunta enorme, blanca, inmóvil, clavada en medio de una plaza:

¿por qué os molesta tanto esta cruz?

Y detrás viene otra todavía peor:

¿por qué algunos de los que quieren arrancarla encuentran después infinitas explicaciones para comprender a quienes arrancan cruces con cristianos todavía colgados de ellas?

Ahí termina la discusión.

Sin disculpas.

Sin blanqueamiento.

Y sin borrar a ningún muerto para que otro pueda ocupar toda la memoria.

Cristofobia