Toda la civilización moderna está pensada para ocultar la realidad inevitable de la muerte. El culto al cuerpo, la obsesión por la salud y la forma física, el coste personal en estrés y demencias para mantenerse en forma, el esfuerzo denodado por conservar la belleza, el disparado gasto sanitario, absolutamente incontrolable, el horrible miedo a envejecer. Todo está pensado para la imposible tarea de ocultar la muerte.
En el sector sanitario ocurre algo similar: médicos que mienten, enfermeras que mienten, familiares que mienten y pacientes que se mienten a sí mismos intentado abrigar, más que una esperanza, una desolación. Y como contrapunto, pero un contrapunto tremendamente complementario a todo lo anterior, la desesperación de quien quiere que le maten porque tiene aún más miedo a la vida que a la muerte.
Naturalmente, hablar de la muerte, especialmente entre ancianos o en ambientes intelectuales, está mal visto. Políticos, economistas y gente del mundo universitario y académico consideran que hablar de la muerte es de mal gusto, una verdadera vulgaridad. Y no es casualidad que esa vulgaridad se alargue hasta los sistemas de enterramiento, que, aunque puedan tener otras muchas razones, también económicas, la incineración gana terreno al enterramiento, con el consiguiente culto a los antepasados, piedra inicial de toda civilización. De hecho, la asistencia a los cementerios el Día de Difuntos, al menos en España, decrece. Parece que quisiéramos hacer realidad el viejo chiste del hombre al que se le muere la suegra y llama la funeraria, donde le explican los tres sistemas que puede seguir:
-Darle tierra, quemarla o el panteón.
-No corra riesgos responde-, los tres.
La verdad sea dicha: lo lógico es que quien piensa que con el óbito se acaba todo, no hay esperanza posible. Pero no la hay ni para la muerte ni para la vida. El hinduismo cree en la reencarnación perpetua pero muchos occidentales no caen en la cuenta de que para ellos la reencarnación no es una liberación sino la más horrible de las esclavitudes, el más asfixiante de los infiernos.
Para los que no creen en nada más allá de la muerte, una pregunta primera es, precisamente, una pregunta erradicada de institutos de bachillerato y universidades, pero que antaño fuera clave, al menos en la asignatura de filosofía: ¿Cómo se puede matar a un espíritu? Nuestras células cambian, pero nosotros seguimos siendo los mismos, con nuestra identidad, nuestra memoria, nuestros recuerdos. Hay algo inmutable, algo que no envejece, llamémosle alma, espíritu, psique, sensibilidad, personalidad o lo que deseemos.
Conste que es sólo el comienzo del camino, pero puede resultar interesante. A fin de cuentas, si la muerte es el final, los tristes tienen razón: la vida es un absurdo. Y en cualquier caso, mejor eso que la tontuna yanqui del Halloween.
Eulogio López