Sr. Director:   

Escribo estas líneas todavía sin recuperarme del horror experimentado ante el asesinato masivo de tantos inocentes, y ante la visualización del rostro diabólico del terrorismo que extiende su sombra sobre todo el mundo. No tengo palabras para calificar este acto perverso y cruel, pero tampoco las tengo para elogiar las ejemplares muestras de solidaridad dadas por innumerables personas de toda condición y profesión.

Sigo conmovida por las informaciones que nos van llegando sobre el estado de los heridos y de los familiares, de ellos y de los que han muerto, así como sobre las atenciones que el Gobierno regional les está proporcionando y está programando para el tiempo sucesivo, cuando la falta de sus seres queridos adquiera toda su cruel realidad. 

Se habla continuamente del numerosísimo número de psicólogos y psiquiatras para atender a todas estas personas, pero veo que, casi en ningún momento, se ha hablado de la presencia de sacerdotes, que me consta que han estado y seguirán estando. Parece que actualmente en la psicología esta la panacea para remediar todos nuestros males. Nuestras sociedades tan empeñadas en dejar a Dios de lado, olvidan que en el hombre existe una dimensión espiritual orientada hacia Dios, y que en momentos de tanto dolor, es en la única que se puede encontrar y dar un consuelo hondo. Creo que, además de la ayuda que puede proporcionar la psicología, compartir nuestra fe y ayudar a avivar las convicciones cristianas de nuestro prójimo, es un medio eficaz para dar una esperanza duradera a quienes en estos momentos sufren tanto. Estoy convencida de que el hacer presente la persona y la palabra de Aquel que dijo: "Yo soy la resurrección. El que cree en mi, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás", es lo único que puede hacer brillar la luz en medio del sinsentido que acciones tan brutales han sembrado en tantas vidas.

Quiero, pues, resaltar el enorme valor de la ayuda espiritual que personas cristianas de convicciones firmes y sacerdotes han dado durante estos días a los afectados por este atentado y hacer constar lo necesaria que sigue siendo su presencia al lado de ellos. Es evidente que ante hechos de la magnitud de los recientemente vividos, el hombre, o bien es remitido hacia Dios y encuentra en la cruz de Cristo un sentido a su dolor, o bien cae en el vacío y la desesperación. Sería un grave pecado de omisión que, en momentos como estos, los cristianos no brindáramos a nuestros hermanos heridos por el dolor el tesoro de nuestra fe y esperanza cristianas. 

Mercedes Soto

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