Del fenómeno de las canciones del verano ya no se acuerda ni Blas, aunque siguen sonando todavía en las radios por aquello de pillar audiencia, pero no se engañen: ahora todo el mundo tiene un artilugio -que de eso van estas líneas- para absorberse a sí mismo sin necesidad de nada más, para aislarse como si fuera una marmota. Para escuchar la última canción del verano propiamente dicha hay que viajar a 2006, año de 'Opá, yo viazé un corrá' (traducido: "papá, yo voy a hacer un corral'), del ínclito El Koala y su rock rústico. Para ver lo otro, sin embargo, a un hombre prendido de un 'chisme' tecnológicamente perfecto, basta echar un vistazo alrededor, salir a la calle o entrar en una casa. Es una deriva más -con o sin crisis- del consumismo, no del consumo.

Todo rema en contra de la austeridad -un valor universal, sí, y muy español también, me decía el otro día un paisano-, que suele poner las cosas en la escala de importancia que les corresponde -en condiciones normales- y obliga a relegar lo caprichoso y optar por lo imprescindible en momentos económicamente críticos. Lo ideal sería que no tuvieran que llegar esos momentos críticos para disfrutar de esa virtud y tener o utilizar las cosas, como me decía el otro día también el paisano, en una medida proporcionada

Cada cual toma un 'cacharrito' tecnológicamente perfecto para una patología técnicamente insuperable
Es indudable que hoy buscamos sobre todo el bienestar, lo cual abre ciertas incógnitas. No me refiero al Estado del Bienestar del que se habla tanto y de las dificultades de mantenerlo. Me refiero al otro bienestar, que en 'roman paladino' equivale muchas veces a una comodidad paralizante y a alejarse lo más posible de cualquier prisma que nos 'complique', en plan bien, la vida.

Es ahí donde entran esos artilugios o 'chismes' tecnológicamente perfectos a los que me refería. Nuestra brillante civilización ha conseguido un 'cacharrito' para cada uno, que nos absorbe de tal manera que hasta nos olvidamos de la 'libertad' de la que tanto se presume y que tan poco fundamento tiene en los términos en que se predica. Una falacia como otra cualquiera y más en el caso que nos ocupa. La sociedad actual presume de tolerancia y en realidad no tolera nada, ni el ruido de la tubería del vecino. Con esos 'aparatitos', 'cacharritos', 'chismes' o artilugios tecnológicamente perfectos nos vamos haciendo esclavos -es la esclavitud  del siglo XXI- en proporciones inhumanas y nos ensimismamos hasta darnos de bruces con una farola -o con uno de esos castaños o plataneros que adornan los parques- como en una película de risa.

Lo recurrente es quejarse de las 'play station', es cierto, y de cómo secuestran la imaginación infantil las últimas versiones de juegos como el 'Resistance, fall of man', el 'Motor storm' o el 'Crazy taxi' (no digamos nada si el chaval ha entrado ya en la marabunta 'online'). Pero no es cosa de niños solamente. Ahí están también la televisión -con tanta telebasura, además, que retroalimenta hasta lo insoportable la estúpida vida de personas dudosas o personajes nauseabundos-; los ordenadores, un instrumento de trabajo, sí, y una fuente inagotable de pérdida de tiempo también; las últimas locuras en versiones de portátiles, táblets, teléfonos móviles, iPods, iPads, iPuds, discos extraíbles, radios supersónicas, electrodomésticos inteligentes y un largo, pero larguísimo, etcétera.

La sociedad actual presume de tolerancia y en realidad no tolera nada, ni el ruido de la tubería del vecino
Nada invita al feliz reposo -contemplativo, creativo, inspirador-, que poco tiene que ver con ese bienestar, que es en realidad comodidad paralizante. Del mismo modo que una cosa merecida es el ocio y el descanso, y otra, muy distinta, la pérdida de tiempo. El paisano del otro día, seguro, me hubiera hablado, con tiempo, de la diferencia entre ser y tener o del abismo entre usar y abusar. De la virtud de la austeridad, en suma, tan denigrada por exceso o por defecto en las actuales circunstancias. Y si me despisto -mi paisano tenía ganas-, me hubiera hablado también de cómo los griegos buscaban la sabiduría, los judíos el milagro -hace muchos siglos de eso-, mientras los cristianos viven, en la verdad, luchando por algo que nada tiene que ver con los anteriores y encima les escandalizó: el sentido del sufrimiento -la cruz-, y de la mesura, por razones sobrenaturales.

Cuidado, además, con esos 'cacharritos' tecnológicamente perfectos que nuestra brillante civilización ha conseguido para cada uno de nosotros, porque pueden fomentar patologías técnicamente insuperables.

Bien mirado, eran mejores las canciones del verano que cuentan de hace la torta de años. Por lo menos se compartían entre el personal porque no había todavía ni 'walkmans', y fue bueno que llegaran (la técnica en sí, sin ser un tótem, no es ni mala ni buena, al mismo tiempo que la podemos convertir en algo obsesivo o simplemente gratificante). Algunas emisoras, en verano, todavía las recuerdan, aunque hay que remontarse a los años 70 y 80 del siglo pasado para encontrarlas. Eran canciones simplonas, fáciles de recordar y con un estribillo pegadizo. Ahí estaban Fórmula V o Los Diablos y algunos de sus 'emblemas' como 'Oh, July', 'Vacaciones de verano', 'La fiesta de Blas', 'Cuéntame', 'Eva María'

Mariano Tomás

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