Creo que el Papa León XIV convocó el Consistorio del pasado día 7 con la sana intención de cargarse el G-9, aquel grupo de cardenales que el Papa Francisco había convertido en su grupo de confianza y, de paso, para dar carpetazo al Sínodo de la Sinodalidad, tan sinodalizada... o así, que dijo un vasco.

Pero el demonio se esconde en los detalles. Y así, a pesar de la rapidez del Consistorio y de que el Papa se vio obligado a convocar otro para junio, y que León XIV no deja de citar a Francisco mientras marca distancia con Francisco... estalló la bomba. 

El cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto, lanza un documento sobre liturgia, que a casi nadie le dio tiempo a leer en Roma pero que luego, por ensalmo, se ha filtrado en medio mundo.

En él, en lugar de mantener la libertad de oficiar la eucaristía por el rito antiguo o por el nuevo, Roche pretende obligar a todo el mundo, quiera o no, a aceptar el nuevo y finiquitar directamente el antiguo. Va, por tanto, más allá que el propio Papa Francisco, quien exigía a los sacerdotes permiso para oficiar con el antiguo... pero no lo anulaba.

Y conste que lo de un rito u otro es sólo una parte del gran problema que asola a la Iglesia, que no es otro que la progresiva desacralización de la Eucaristía, a lo que no ha sido ajena la comunión en la mano y otras faltas de respeto al Sacramentado. En este sentido llama la atención el obispo de Charlotte (Estados Unidos), Michael Martin, quien ha prohibido los reclinatorios y los comulgatorios. He dicho prohibido.

La cuestión, salvado el enloquecido Pontificado de Francisco, sigue siendo la misma: cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?

Ya sé que en muchos nuevos templos españoles se prohiben los reclinatorios y en la mayoría no se colocan comulgatorios. No se puede prohibir la comunión en la boca, que era la fórmula universal, mientras la comunión en la mano no es más que una excepción concedida por Pablo VI, aunque ahora sea la forma más habitual... porque nos hemos vuelto todos así de idiotas. 

El obispo de Charlotte ha hecho difícil la opción de arrodillarse y, como decía Georges Bernanos, el hombre siempre vive arrodillado sea ante Dios, sea ante otros hombres, o sea ante su propia miseria. La opción más sana es la primera.

Todo esto es importante, como hecho y como signo. Porque ese proceso de desacralización de la Eucaristía -estamos muy lejos, de acuerdo- parece apuntar hacia el fin de los tiempos, hacia la segunda venida de Cristo, y apunta, como aseguran algunos profetas contemporáneos, hacia la abominación de la desolación, a la adoración de la bestia como sustituto de la adoración eucarística y, en suma, del sacrificio eucarístico. 

¿Significa que el cardenal Roche o el obispo de Charlotte estén promoviendo la adoración de Satán? Seguro que no, pero insisto en que el proceso de desacralización de la Eucaristía es tan paulatino como constante y peligroso y que estas muestras de falta de confianza en la presencia de Cristo en la Hostia Santa dicen muchas cosas y ninguna buena. 

Obliguen ustedes a que se comulgue de pie y que no se adore la Eucaristía y ya verán lo bien que nos va.

Superado el enloquecido Pontificado de Francisco, aunque por ahora León XIV continúa siendo, para mí, una incógnita, la cuestión continúa siendo la misma: cuando vuelva el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? Porque el peligro no es más que ese y esas palabras no corresponden a ningún profeta, son del propio Cristo.