Como en todo Occidente, las tradiciones laicas... también tienen un origen religioso. Quizás porque, aunque los progres no lo sepan, cultura y cultual (y cultivo) tienen la misma raíz y, también, porque la razón no se opone a la fe sino que acaban por ser una misma cosa: la razón es una cuestión de fe, dada la poquedad del hombre, que necesita confiar en Dios y confiar en el otro, dado que por sí solo apenas puede abarcar un trocito de la realidad. Y la fe es racional porque, si no lo fuera, nuestro padre Abraham habría sido el primer creyente, y el último. Puede que no todos seamos muy listos pero todos tenemos sentido de las proporciones y sentido del ridículo, y una fe y una Iglesia en la que han creído millones de personas durante miles de años, que ha sobrevivido a la caída de los mayores imperios, civilizaciones y culturas... a lo mejor es porque es la única fe verdadera. 

Las tradiciones siempre son ciertas mientras las modas siempre son falsas. Una fe y una Iglesia en la que han creído millones de personas durante miles de años, que ha sobrevivido a la caída de los mayores imperios, civilizaciones y culturas... a lo mejor es porque es la única fe verdadera

Vamos con Santa Claus, ahora convertido en Papa Noel. Origen real, naturalmente, porque las tradiciones siempre son ciertas mientras las modas siempre son falsas. Santa Claus no es otro que Nicolás de Bari (festividad, el 6 de diciembre). Este vídeo breve, tan sencillo como riguroso explica muy bien el camino desde el monje turco de Mira, pasando por el obispo de Bari, hasta el actual Santa Claus.  

¡Qué pena que lo de la bofetada a Arrio no sea cierto!, porque la herejía arriana es la más actual de todas: ya saben, lo de aquella actriz, famosísima, pero de cuyo nombre no quiero acordarme, que pronunció estas palabras repleta de sabiduría y hasta de salami: "Cristo fue un gran hombre, sin duda, pero tanto como Dios...". Eso es arrianismo, una de las grandes herejías de la historia de la Iglesia... que ahora regresa. Pero no: al parecer Santa Claus no le arreó una bofetada a Arrio en el Concilio de Nicea (año 325), a pesar de lo mucho que a mí me habría gustado, ¡oh sí!

Ahora bien, Papa Noel, San Nicolás, no sólo fue el defensor de Cristo en el Concilio de Nicea, defensor de Jesucristo como Dios y hombre verdadero. No olvidemos, además, que estamos en el milésimo septingentésimo quincuagésimo aniversario del Concilio, festejado en la propia Nicea (Turquía) por el Papa León XIV

Pero ojo, en su tiempo, Nicolás fue también un obispo doctor perseguido por esa lealtad a Cristo. No lo olvidemos cuando Coca-Cola nos enseñe a Papá Noel, porque somos tan tontos que tendemos a creer que era la Iglesia quien perseguía a los herejes cuando muchas veces fueron los herejes, generalmente apoyados por el poder político, quienes perseguían y persiguen a la Iglesia.

Vamos con otra repartidora de regalos, Santa Lucía, mártir de Diocleciano. Es curioso, si visitan ustedes la famosa ciudad turística de Split (Croacia) y se dan una vuelta por el casco antiguo descubrirán que ese Casco Viejo no es otra cosa que el antiguo palacio del emperador Diocleciano, el fautor de la décima y más dura persecución contra los cristianos. 

¿Y por qué fue el rector romano más duro con los seguidores del Nazareno? Porque era el más listo, mucho más que el idiota de Nerón. Diocleciano se dio cuenta de que si algo podía tumbar el Imperio eran aquellos creyentes que estaban dispuestos a morir antes que a matar. Contra ellos nada podían sus legiones. Sabía que el cristianismo lleva en su interior el semen destructor de toda tiranía, porque nunca rinde pleitesía a un poder, por ejemplo a Pedro Sánchez, sino sólo a Cristo. El cristiano tampoco lanza una moción de censura contra el emperador, pero sabe cuáles son los límites del emperador: al César lo que es del César.

Lucía de Siracusa fue otra mártir... del imparable Diocleciano. En la noche de su fiesta, 13 de diciembre -Lucía, mengua la noche y crece el día-, la patrona de la vista y su burrito dejan regalos en las ventanas a los niños italianos. 

La economía de la salvación, la de los Reyes Magos, no deja de ser una negación de la ciencia económica: se basa en la gratuidad, no en el intercambio

Y Giovanni Guareschi contó la más bella historia navideña sobre un niño del siglo XX que no recibe los regalos de Santa Lucía sino de José Stalin... pero era todo propaganda.

Uno de los objetivos más queridos del demonio es impedir que los niños se acerquen a Cristo. Por eso, San Nicolás de Bari se ha convertido en el laico Papa Noel o Santa Lucía y los Magos de Oriente se han convertido en la Befana, o en el País Vasco, en el borracho del Olentzero.

En todo caso, los Reyes Magos aventajarán siempre a Nicolás de Bari o a Santa Lucía por la sencilla razón de que su documentación histórica es la más relevante de todas: los Magos de Oriente figuran en el Evangelio, el libro más documentado de la historia y la tradición oral más seria y consistente.

Ojo, no se nos dice en los Evangelios que fueran Reyes, sino Magos, como antes se llamaba a los científicos de la época, que mezclaban astronomía, astrología y filosofía, todo en uno. No se nos dice que fueran tres ni que se llamaran Melchor, Gaspar y Baltasar (aunque el mío es Melchor, de toda la vida). Esos son añadidos culturales de su origen cultual. Pero sí que estuvieron en el momento del nacimiento del Redentor, en Belén de Judá. 

Más: tanto Santa Claus como Santa Lucía, como los Magos de Oriente, son referentes de la curiosa economía de la salvación, que no deja de ser una negación de la ciencia económica, al menos tal y como la conocemos hoy. Porque los regalos para niños y mayores que nos traen Sus Majestades de Oriente o Nicolás-Papá Noel oponen la gratuidad al intercambio. En Dios todo es gratuidad en el hombre todo es intercambio. La gratuidad es producto del amor -Dios es amor-, mientras que el intercambio, en el mejor de los casos, puede provocar emociones y/o alcanzar la mera justicia distributiva, no más.

Vamos, que lo que celebramos en la Epifanía, o manifestación de Dios a todos los pueblos, más allá del pueblo judío, el elegido, es la negación de la ciencia económica. Pero esa es otra historia en la que no puedo extenderme: tengo que disfrutar de los regalos que me han traído los Magos de Oriente.