
Eslovaquia, capital Bratislava, está regida por Robert Fico, un socialdemócrata que tiene muy claro que su país no debe sufrir. Por eso, como su país, aún miembro de la Unión Europea, necesita del gas ruso y por tanto no apoya con entusiasmo a Zelenski. Yo tampoco.
Ahora bien, no es la única discrepancia con Bruselas. Fico es abortista pero se opone al matrimonio homosexual, al gaymonio. Mal por lo primero y bien por lo segundo.
Lo bueno viene ahora: Bratislava no admite que, de rondón, por la vía judicial, que no política, se les cuele el homomonio que sus instituciones no han aprobado. Bruselas, esa hidra que está descristianizando Europa, ha utilizado el subterfugio de los tribunales para imponer sus criterios de antropología cristófoba: como la justicia europea lo acredita, resulta que Eslovaquia tiene que inscribir a los gaymonios bendecidos en otros países de la Unión.
En resumen, Eslovaquia no admite el gaymonio... bendecido en otros miembros de la Unión Europea.
Y así, el desafío eslovaco a Bruselas y, lo que es peor, a la justicia europea, pone en solfa, afortunadamente, los principios de una Unión Europea (UE) descristianizada, obra de eurócratas que parecen no tener cabeza pero que, sobre todo, carecen de corazón.
Porque esto de la unión judicial paneuropea está muy requetebién,... salvo que dejes en manos de los tribunales la soberanía nacional de cada país miembro. Eso resulta muy peligroso y un tanto liberticida. Ejemplo: yo no acepto el homomonio, pero tengo que admitir el truco de que quien se 'case' en la frontera es como si se casara dentro de mi territorio. ¿Qué pasaría si aplicásemos ese principio a todo y a todos?
Primero la unión política, luego la judicial. Lo otro es empezar la casa por el tejado.









