Lleva un año en la Casa Blanca, en este su segundo mandato. En esos doce meses ha revolucionado el mundo y el resto de líderes mundiales han quedado oscurecidos por él. Me temo que es esto lo que contribuye a que, en este Occidente decadente en el que vivimos, resulte el personaje más odiado de todos.
Y eso que es de los nuestros. Contra él bramamos por colonizador mientras los otros, sobre todo la comunista China, está colonizándonos, a Europa y a Hispanoamérica, en silencio.
En definitiva, Donald Trump, en un año, se ha convertido en el defensor del Occidente asediado, en el paladín de la civilización cristiana, y, al mismo tiempo, ha dado rienda suelta a su condición de insufrible bocazas.
Un ejemplo actual: Groenlandia. Le hubiera bastado con convencer a sus aliados europeos de la importancia estratégica de la isla para la OTAN y también tiene razón cuando asegura que Dinamarca y Europa no han hecho nada durante décadas por proteger Groenlandia, frontera con Rusia. Mucho bramar contra el pérfido Putin para luego permitir que Putin se imponga militarmente. Con lo que al ruso le gusta eso... Ahora bien Trump no debía haber planteado el asunto a su estilo matón de Chicago: por las buena o por las malas.
Otro ejemplo: los aranceles. Estados Unidos practicaba el librecambismo, rodeado de otra potencia, sobre todo China, pero también Europa, que le pagaba con un proteccionismo comercial y una política de subvenciones que volvía injusto todo el mercado mundial.
Ahora bien, Trump, ha devuelto los principios cristianos al frontis de la vida pública: en una Europa donde defender al no nacido es delito, sí delito. Trump -aunque no se entere de la abortista FIV- ha vuelto a defender al ser humano más inocente y más indefenso: el concebido y no nacido.
Al mismo tiempo, Trump no ha caído en la Trampa LGTBI, que sigue considerando, como hace la Iglesia, un grave desorden natural que atenta directamente contra la antropología cristiana.
Hasta la jerarquía eclesiástica española habla menos en esa línea que Trump. El presidente ha vuelto a destacar a la familia compuesta por hombre y mujer, sin importarle sus divorcios, como célula de resistencia a la opresión. Defiende la familia natural, caso único entre los líderes occidentales de hoy.
Trump cree en la propiedad privada. Me gustaría que creyera más en la propiedad privada pequeña, que fuera más liberal que capitalista, pero...
Más: Trump es el único que busca la paz en un mundo tonti-buenista, estilo Pedro Sánchez.
Pero su vanidad provoca recelos. Por ejemplo, su tonta aspiración al Nobel de la Paz. Es cierto que lo merece mucho más que Barack Obama, quien lo obtuvo sin pedirlo mientras no hizo otra cosa que provocar conflictos armados y Estados fallidos, como Libia. Pero su petición no mejora su imagen pública.
En resumen, casi siempre lleva la razón de fondo pero le pierden las formas, justo lo contrario de los líderes europeos.
Un año de Trump en la Casa Blanca fuerza la siguiente pregunta: ¿Preferimos guiarnos por el fondo o por la forma?
Y recuerden: si el Trumpismo cae (digo el trumpismo, que caiga Donald Trump me trae sin cuidado), caemos todos... o al menos tardaremos otro medio siglo en recuperarnos.
¿Es un bocazas? Sí pero un bocazas necesario, más necesario que nunca.












