Tras conocerse, y todavía nos queda mucho por leer, el sumario de Leire Díez, mucho más grave de todo lo conocido hasta hoy, ahora sabemos, no sólo presagiamos, que el corrupto no es ni Rodríguez Zapatero, ni la fontanera Leire Díez, ni la esposa del presidente, Begoña Gómez, ni su hermano David Azagra: el corrupto, el que dirigía y se supone dirige, los hilos es Pedro Sánchez.

Suponíamos que era así porque no puede ser que una "periodista de investigación" como Leire fuera algo más que una cínica aviesa y limitada, mitad por mitad. 

Nadie tiene tanta capacidad para maniobrar, y en las más altas esferas, si no actúa por encargo de Moncloa y en representación de Moncloa. La corrupta no es Leire, el corrupto es Pedro.  

Y luego está el cómo: siempre me ha repugnado el lema, la idea motriz, del Sanchismo que se resume en el viejo adagio del "dime de qué presumes y te diré de que adoleces". Adagio concretado, en el caso del Sanchismo, en un "dime de qué acusas y te diré de qué vas a ser tu imputado".

Pero, con todo, el presidente del Gobierno se niega a dimitir y, sobre todo, se niega a cambiar. Este personaje carece de límites y de escrúpulos. Caerá, claro, pero no por la labor de la oposición, con ese aire de impotencia que rodea a Núñez Feijóo, sino porque la miseria moral es una carcoma que no destruye al enemigo, destruye a uno mismo: Sánchez va a caer porque su propia guarida se está corroyendo. 

Lo malo es que el país que va a dejar será un país envilecido, una España mezquina y roñosa, profanadora de los principios que le hicieron grande, que no son otra cosa que los principios cristianos y el hecho de ser la Tierra de María. Una España encerrada sobre sí misma, incapaz de mirar afuera, incapaz de convertir a nadie porque está, y estará, demasiado ocupada en lamerse las heridas.

Por de pronto, la tarea de restauración empezará por la difícil travesía colectiva consistente en que las palabras y los conceptos recuperen su sentido real. Seguirá con la necesidad imperiosa de que vuelva a  reinar una pizca de concordia entre los españoles, que viven en un enfrentamiento civil permanente, donde nadie es capaz de aceptar ni un adarme de rectitud de intención en el adversario. Y luego, lo más importante, precisará un rearme moral que exigirá mucho coraje moral... y la primera muestra de coraje es el arrepentimiento. ¿Han visto ustedes a don Pedro arrepentirse de algo en sus ocho años en Moncloa?

Matar a un hombre es un crimen y un pecado, pero no resulta menos grave destrozar su honor, es decir, no matar su cuerpo sino matar su alma. A eso se dedicaba Leire Díez por encargo de Pedro Sánchez.