Como católicos, vivimos de las rentas de la Iglesia del silencio. Por Iglesia del silencio se entiende el modo de practicar la religión por los cristianos después de la Segunda Guerra Mundial, católicos y ortodoxos sobre todo, en los países comunistas donde se intentó implantar una sociedad atea, ya que los comunistas de antes y los de ahora se siguen creyendo lo de que la religión es el opio del pueblo.

Durante décadas los católicos sometidos a la tiranía comunista tuvieron que vivir una auténtica Iglesia de catacumba. Recibieron los Sacramentos a escondidas de la policía y con el temor de que cualquiera les denunciase, porque entre los vecinos y hasta entre los parientes podía haber chivatos. Y a pesar de todas las dificultades se mantuvieron fieles a su fe, aún a costa de jugarse la vida, siendo un ejemplo para todos los católicos del llamado mundo libre.

En muchas localidades cuando las tropas de Franco ocupaban las zonas sometidas por los marxistas, las gentes salían a recibir a los soldados cantando, no el Cara al Sol, sino el Christus vincit, Christus regnat

La Iglesia del silencio de los años cuarenta tuvo su precedente unos años antes en la España de la Guerra Civil, donde en la zona republicana los socialistas, los comunistas y los anarquistas asesinaron a tantos mártires, que tienen la deshonra en su historia de haber llevado a cabo la mayor persecución contra la Iglesia Católica de todos los tiempos.

Por esa razón, en muchas localidades cuando las tropas de Franco ocupaban las zonas sometidas por los marxistas, las gentes salían a recibir a los soldados del ejército nacional cantando, no el Cara al Sol, sino el himno Christus vincit, Christus regnat. Un himno recitado en la iglesia ya en el siglo VIII, y que adaptado por el compositor checo Jan Kunc en 1933 se convirtió en la señal de Radio Vaticano. Y de hecho hay documentación de los muchos españoles asesinados durante la Guerra Civil, que al morir en defensa de su patria y de su fe, antes de entregar su alma a Dios gritaron: ¡Viva España y viva Cristo Rey!

Pero desde siempre entre nosotros ha habido otra Iglesia del silencio, que hace tan poco ruido como los latidos del corazón, pero a la vez son la señal más clara de la existencia de vida. Y precisamente hoy se celebra la jornada pro orantibus, para recordarnos a los católicos la existencia de miles de almas contemplativas encerradas en el silencio de sus clausuras.

Sí ya sé que no está de moda y que escribir de este tema no me da puntos en la yincana para ganar el premio de católico moderadito y dialogante, pero para gustos los colores y yo me quedo mucho antes con la iglesia del silencio contemplativo, que con esa feria de fuego artificiales que consiste en “dar testimonio”, en lo que hay auténticos artistas y hasta super vedetes de esta nueva modalidad religiosa, que si bien en algún caso puede hacer provecho a alguien, no pocas veces lo de "dar testimonio"desemboca en un infecundo sentimentalismo religioso, que solo sirve para fomentar la vanidad del declarante.

Camino de Perfección: “No os pido cosa nueva, hijas mías, sino que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho

La Iglesia del silencio contemplativo que a mí me gusta es la que definió la gran experta en la materia por haber fundado diecisiete conventos de carmelitas, y ser además la primera mujer declarada doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús. Esto es lo que proponía en Camino de Perfección: “No os pido cosa nueva, hijas mías, sino que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento y a lo que estamos obligadas, aunque de guardar a guardar va mucho.

Dice en la primera Regla nuestra que oremos sin cesar. Con que se haga esto con todo el cuidado que pudiéramos, que es lo más importante, no se dejaran de cumplir los ayunos y disciplinas y silencio que manda la Orden; porque ya sabéis que para ser oración verdadera se ha de ayudar con esto, que regalo y oración no se compadece”.

¡Qué bien escrito y cuánto sentido común! Y por eso se la entiende todo a la gran santa del Carmelo, lo mismo que cuando se refería a la “determinada determinación”, ahora nos dice que de “guardar a guardar va mucho”, porque no quiere dejar ningún cabo suelto para que lo de la vida contemplativa no se quede en un suspiro sentimental infecundo y efímero.

Y para no gastar esfuerzos en la búsqueda de novedades que no conducen a nada, Santa Teresa nos ofrece una fórmula sencilla, eficaz y muy probada: “No penséis, amigas y hermanas mías, que serán muchas las cosas que os encargaré, porque plega al Señor hagamos las que nuestros Santos Padres ordenaron y guardaron, que por este camino merecieron este nombre. Yerro sería buscar otro ni aprenderle de nadie. Solas tres me extenderé en declarar, que son de la misma Constitución, porque importa mucho entendamos lo muy mucho que nos va en guardarlas para tener la paz que tanto nos encomendó el Señor, interior y exteriormente: la una es amor unas a otras; otra, desasimiento de todo lo criado; la otra, verdadera humildad, que aunque la digo a la postre, es la principal y las abraza a todas”.

Santa Teresa: ayunos y disciplinas y silencio que manda la Orden; porque ya sabéis que para ser oración verdadera se ha de ayudar con esto, que regalo y oración no se compadece

Y para que lo del amor entre quienes conviven no se quede en palabras que se las lleva el viento, Santa Teresa le hablaba así de claro a los suyas: “Que en esta casa, aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar”.

Y en cuanto al desasimiento de todo lo criado, Santa Teresa lo enlaza con la humildad, ya que esta virtud es condición sine que non del verdadero desprendimiento, porque rotas todas las ligaduras que nos atan a lo exterior y nos impiden subir al Creador, queda la atadura más importante, de la que nos pone en guardia la Santa de Ávila: “Desasiéndonos del mundo y deudos y encerradas aquí con las condiciones que están dichas, ya parece lo tenemos todo hecho y que no hay que pelear con nada. ¡Oh hermanas mías!, no os aseguréis y os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo de los ladrones y se los deja en casa; y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas, que si no se anda con gran cuidado, y cada una —como en negocio más importante de todos— no se mira mucho en andar contradiciendo su voluntad, hay muchas cosas para quitar esta santa libertad de espíritu que pueda volar a su Hacedor sin ir cargada de tierra y plomo”.

Y después de la definición de la vida contemplativa, escrita por Santa Teresa, mejor no añadir nada más, porque seguro que lo estropeo. Hasta el próximo domingo, si Dios quiere.

Javier Paredes

Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.