Hace unos días hablando con un gran amigo, salió en la conversación la experiencia clínica que acaba de atravesar su mujer. Fue un proceso serio, vivido con la lógica preocupación de quien se enfrenta a un diagnóstico difícil aunque felizmente superado. Al comentar conmigo cómo fue atendida, apareció una realidad que muchas veces queda oscurecida por el ruido político y las  críticas habituales a la sanidad pública: también hay muchos casos en los que el sistema funciona, y funciona bien. Por eso me pareció justo recoger este testimonio como ejemplo concreto de agradecimiento a la sanidad pública madrileña y a los profesionales que la sostienen cada día. No trato de abrir o cerrar debates, simplemente de contar un caso real, cercano y reciente, en el que la atención primaria, la medicina concertada, el hospital público y el seguimiento posterior actuaron de forma coordinada hasta resolver una situación médica delicada. 

Todo comenzó en una consulta de medicina privada. Una cardióloga le detectó el colesterol alto y le recomendó acudir a su centro de salud, entre otras razones porque la medicación podía ser de larga duración. Aquella indicación fue el inicio de un proceso médico que visto con perspectiva, muestra la importancia de la atención primaria y del seguimiento continuado.

En el centro de salud conoció por primera vez a su médico de familia quien con total claridad explicó la situación, riesgos y posibles consecuencias. A partir de ese momento mantuvo una vigilancia constante sobre su evolución. En ese seguimiento detectó también una bacteria en el estómago, que fue tratada con un tratamiento exigente. Más adelante, ante un adelgazamiento persistente y un malestar difícil de definir, el médico decidió  pedir una ecografía abdominal. Le advirtió de que en su hospital de referencia podía tardar, pero le ofreció la posibilidad de acudir a un centro concertado donde podían recibirla con rapidez. La paciente aceptó. Allí, un ecógrafo joven y extranjero detectó un tumor en el riñón.

A partir de ese momento el proceso se aceleró. De nuevo en el centro de salud, el médico de familia le recomendó que si disponía de un seguro privado, se realizara un TAC para adelantar pruebas de cara a la visita con la especialista que tendría lugar en los días siguientes. No hubo rigidez ni pérdida innecesaria de tiempo, sino una combinación práctica de recursos para llegar cuanto antes al diagnóstico definitivo. La especialista confirmó el tumor renal y concluyó que la solución debía ser quirúrgica. A pesar de la existencia a veces, de listas de espera, la operación se realizó antes de un mes en un hospital público, por un cirujano de gran prestigio y su equipo de amplia experiencia en este tipo de intervenciones.

La paciente fue intervenida un viernes por la mañana y recibió el alta el martes siguiente. Pero el seguimiento no terminó con la salida del hospital. Nada más llegar a casa, recibió una llamada de la enfermera de su centro de salud para interesarse por su estado y también por su situación familiar, por si necesitaba algún tipo de ayuda añadida. Al día siguiente ya tenía cita para el seguimiento con su médico de familia, la baja laboral, la cura de los puntos y la primera revisión con el cirujano que la había operado.

Uno de los aspectos más importantes de este caso es precisamente esa continuidad. El proceso pasó por la medicina privada, la atención primaria, un centro concertado, la consulta especializada, el hospital público, la cirugía y el seguimiento posterior en el centro de salud. Cada paso enlazó con el siguiente de forma eficaz. La paciente no se sintió perdida dentro del sistema, sino acompañada. Desde el comienzo del relato hasta la resolución del problema pasó menos de un año. Al principio se actuó con prudencia, siguiendo la evolución de unos síntomas todavía imprecisos. Pero cuando se confirmó la gravedad del diagnóstico, la respuesta fue rápida: desde la confirmación hasta la operación transcurrió aproximadamente un mes.

La protagonista de esta experiencia destaca varios aspectos de la sanidad pública. En primer lugar, el funcionamiento administrativo, que en su caso fue rápido, eficaz y sencillo. En segundo lugar, los medios e infraestructuras de los hospitales públicos, puestos al servicio de cualquier paciente que los necesite. En tercer lugar, la profesionalidad de los equipos sanitarios: cirujanos, especialistas, médicos en formación, enfermeros, auxiliares y personal de limpieza. Durante un ingreso hospitalario, el paciente no depende solo del médico que realiza la intervención. También convive con quienes le atienden en planta, le ayudan a levantarse, limpian la habitación, controlan la medicación, curan las heridas, resuelven dudas y acompañan en momentos de incertidumbre. Esa suma de trabajos, algunos muy visibles y otros casi silenciosos, sostiene la calidad real de la atención sanitaria.

La paciente subraya por encima de todo, la calidad humana. Habla de profesionales que miran a los ojos, escuchan, explican, tocan, creen al enfermo y perseveran cuando los síntomas no son evidentes. En una situación de vulnerabilidad, esa forma de atender tiene un valor difícil de medir. La técnica médica es esencial, pero también lo es la manera en que se trata a quien atraviesa una enfermedad y a su familia.

El caso muestra igualmente el valor de una colaboración bien entendida entre recursos públicos, privados y concertados. La prueba realizada en un centro concertado permitió detectar el tumor con rapidez. El TAC adelantado por la vía privada contribuyó a acelerar el proceso. La operación y el seguimiento se realizaron dentro del sistema público. Lo relevante, en este caso, no fue la defensa teórica de un modelo frente a otro, sino que todos los recursos disponibles se orientaron hacia la solución del problema.

Este testimonio tiene valor porque no nace de una consigna, sino de una experiencia concreta. Una mujer acudió al sistema sanitario con problemas inicialmente dispersos; un médico de familia hizo seguimiento; una prueba llegó a tiempo; un diagnóstico grave fue confirmado; una operación se realizó en un plazo breve; y el seguimiento posterior se organizó con rapidez y cercanía. En esa cadena participaron muchas personas. Algunas tuvieron un papel decisivo en el diagnóstico y en la cirugía. Otras, desde tareas menos visibles, contribuyeron a que la paciente se sintiera atendida durante todo el proceso. Ese engranaje, cuando funciona, recuerda la importancia de cuidar y valorar los servicios públicos esenciales.

También permite mirar con algo más de equilibrio una realidad de la que a menudo se habla solo desde el conflicto. La sanidad pública no es una abstracción. Está formada por médicos de familia, especialistas, enfermeros, auxiliares, celadores, técnicos, administrativos, limpiadores y muchos otros profesionales. En este caso, todos ellos hicieron posible que una situación seria se resolviera con eficacia. Por eso, me pareció interesante contar esta historia. Porque junto a los problemas que deben corregirse, también hay experiencias de buen funcionamiento, de coordinación y de humanidad. Porque para quienes atraviesan una enfermedad, esa respuesta no es una cuestión teórica, sino algo muy concreto: ser atendidos a tiempo, recibir explicaciones claras, sentirse acompañados y poder volver a casa con seguimiento y esperanza.

Quiero así dejar constancia de una experiencia positiva y de un agradecimiento sincero. En la sanidad pública madrileña, el sistema funcionó. Y funcionó gracias a sus profesionales, a sus medios y a una cadena de atención que supo responder cuando era necesario.