Estoy leyendo un libro donde un párroco, recién llegado a una barriada madrileña, comenta que entró en un bar a comer y se le acercó un hombre, ya entrado en años, para felicitarle por vestir de sotana. Nuestro sacerdote le preguntó si iba mucho por la iglesia, a lo que el hombre contestó: "llevo 30 años sin pisarla pero los curas, con sotana".
Lo cuenta Religión en Libertad. El centro católico de la Universidad de Nueva York, ubicado en el Manhattan del dios Mammón, se ha convertido en un hervidero de conversiones de jóvenes universitarios al catolicismo.
Natural: aunque vivimos en la sociedad del 'como si Dios no existiera', la sed de Dios-Padre, de Jesucristo, no la puede apagar ni el progresismo ateo de izquierda ni el progresismo pagano de derechas.
En la sociedad del 'como si Dios no existiera', la sed del Padre-Dios, de Jesucristo, no la puede apagar ni el progresismo ateo de izquierda ni el progresismo pagano de derechas
Lo importante es lo que cuentan los colegas de Religión en Libertad. Para mí solo queda la tarea menuda de observar que los frailes dominicos, que son los que llevan ese centro, visten su tradicional hábito -sotana- blanco. Sí, en Nueva York, al ladito mismo de Wall Street.
Y entonces voy y me pregunto: ¿Y si los curas vuelven a la sotana? Sería una verdadera revolución, se lo digo yo, porque el traje talar supone algo más que la cáscara de la persona: la define y demuestra muchas cosas, entre otras, que realmente crees en lo que dices. Al menos, que crees en lo que muestras.
El hábito no hace al monje, pero le distingue y le identifica, especialmente respecto a los demás y, sobre todo, identifica al clérigo que no se avergüenza de su fe, que recuerda a cada instante aquella advertencia de Cristo: al que me negare delante de los hombres...
¿Vestir con sotana, además de incómodo, no es exhibicionismo? Bueno, me temo que en la sociedad de la imagen, exhibirse no es pecado, es virtud. No digo yo que hace un siglo conviniera aplicar la discreción espiritual, Hoy no. Hoy los católicos tenemos que exhibirnos o nos comen vivos.
Vestir de sotana identifica al clérigo que no se avergüenza de su fe, que recuerda a cada instante aquella advertencia de Cristo: al que me negare delante de los hombres...
¡Pero si estamos en tiempos de persecución! Pues por eso mismo, campeones. Por supuesto, que el perseguido no es el culpable de la persecución, pero sí es verdad que el proceso de persecución suele empezar en una deserción gradual, cuando menos una falta de compromiso cobardón, por parte del perseguido, que ha dejado que el enemigo gane demasiado terreno.










