
Hubo un tiempo en que las naciones no tenían reparo en arrodillarse. No era un gesto de debilidad política ni renuncia a su soberanía, sino precisamente el reconocimiento de que por encima de gobernantes, constituciones y fronteras existía una ley superior. A finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, numerosos países, especialmente los de la comunidad hispánica, se consagraron solemnemente al Sagrado Corazón de Jesús. Ecuador abrió tempranamente aquel camino en 1874; después vendrían El Salvador, Guatemala, Colombia, España, Nicaragua, México, Bolivia, Argentina, Chile o Perú. Detrás de aquellas ceremonias había una idea que hoy puede resultar extraña a una sociedad secularizada: que también los pueblos, y no solamente los individuos, podían proclamar públicamente su confianza en Cristo.
En esa larga historia, Chile ocupa un lugar singular, y dentro de Chile aparece inevitablemente la figura luminosa de un jesuita que comprendió como pocos que la devoción al Corazón de Jesús no podía quedar encerrada entre los muros de una iglesia: San Alberto Hurtado Cruchaga. No fue él quien inició las consagraciones nacionales ni quien las llevó personalmente de un país a otro. Cuando comenzó su apostolado, Ecuador llevaba décadas consagrado y Alfonso XIII ya había pronunciado en 1919 aquella extraordinaria fórmula del Cerro de los Ángeles por la que España se ponía solemnemente bajo el Corazón de Cristo. Pero Hurtado aportó algo diferente y acaso igualmente importante: dio a aquella devoción una fuerza social capaz de convertir la consagración en conducta.
La relación de Alberto Hurtado con el Sagrado Corazón no fue circunstancial. Se encuentra en el origen mismo de su vocación. En 1923, cuando deseaba ingresar en la Compañía de Jesús y las dificultades económicas familiares parecían impedírselo, pasó el mes de junio rezando largamente ante el Santísimo en la iglesia de los Padres de los Sagrados Corazones de Santiago. Precisamente el día de la fiesta del Sagrado Corazón recibió la noticia de que el obstáculo que retenía su vocación acababa de desaparecer, al resolverse favorablemente un antiguo pleito económico. Los propios jesuitas chilenos han conservado este episodio como uno de los momentos decisivos de su vida.
Para él, era la devoción al amor mismo de Cristo, divino y humano, simbolizado en su Corazón. Y de esa afirmación nacía inmediatamente una exigencia: quien se entrega a Cristo debe mirar el mundo con sus ojos y actuar en él conforme a ese amor
Diecisiete años después, en 1940, Hurtado predicaba en la Catedral de Santiago durante una Consagración de hombres al Sagrado Corazón. El texto que se conserva resulta revelador. Para él, la devoción no consistía simplemente en honrar una imagen; era la devoción al amor mismo de Cristo, divino y humano, simbolizado en su Corazón. Y de esa afirmación nacía inmediatamente una exigencia: quien se entrega a Cristo debe mirar el mundo con sus ojos y actuar en él conforme a ese amor. Ahí reside probablemente la aportación más original del jesuita chileno. La consagración deja de ser únicamente una fórmula pronunciada solemnemente ante un altar y comienza a exigir consecuencias. El Corazón de Jesús tiene que entrar en la familia y en la universidad; en la conciencia individual y en el mundo obrero; en la oración, la pobreza, las relaciones sociales y en la responsabilidad pública. Hurtado no separaba ambas cosas. Consagrarse significaba pertenecer y pertenecer obligaba a servir.
Chile estaba preparado para comprender aquel lenguaje. En los años cuarenta existía una vigorosa Acción Católica y se celebraban actos multitudinarios en los que la devoción al Sagrado Corazón poseía una dimensión colectiva difícil de imaginar hoy. En noviembre de 1944, mientras Hurtado era asesor de los jóvenes de Acción Católica, la prensa de Santiago anunciaba una renovación simultánea de la consagración al Sagrado Corazón en los hogares de toda la archidiócesis. A una determinada hora, las familias debían reunirse en sus casas para renovar juntas aquella entrega. El propio Hurtado participaba en las grandes concentraciones de hombres y jóvenes de aquellos días. No estamos, por tanto, ante una devoción periférica en su apostolado. En 1945 dirigió también en la Universidad Católica un retiro preparatorio para la fiesta del Sagrado Corazón, ante el rector y la comunidad universitaria. Era profesor, predicador, director espiritual, movilizador de jóvenes y una de las voces católicas más influyentes del país. Su cristianismo tenía además algo que resultaría decisivo: era incapaz de contemplar a Cristo sin descubrirlo inmediatamente en el hombre abandonado.
Era profesor, predicador, director espiritual, movilizador de jóvenes y una de las voces católicas más influyentes del país. Su cristianismo tenía además algo que resultaría decisivo: era incapaz de contemplar a Cristo sin descubrirlo inmediatamente en el hombre abandonado
De esa certeza había nacido el Hogar de Cristo. Después vendría su preocupación por el mundo del trabajo. Y resulta difícil considerar una simple coincidencia espiritual que el 13 de junio de 1947, fiesta del Sagrado Corazón, Hurtado impulsara la Asociación Sindical y Económica Chilena, la ASICH, destinada a formar dirigentes y llevar los principios sociales cristianos al mundo laboral. El Corazón de Jesús descendía así del altar a la fábrica, al sindicato, a la hospedería y a la calle. Esa fue su verdadera revolución. En medio de aquel clima, Alberto Hurtado colaboró decisivamente en la Consagración Nacional de 1946. El 22 de diciembre, durante el primer Concilio Plenario chileno, el Episcopado consagró solemnemente Chile a los Sagrados Corazones de Jesús y María en la Catedral de Santiago, en una celebración presidida por el cardenal José María Caro. Hurtado estaba allí, formando generaciones, predicando, movilizando a la Acción Católica, dando retiros, hablando a universitarios y enseñando que el amor de Cristo debía transformar la sociedad. La consagración nacional se produjo durante la etapa más fecunda de su apostolado. No necesitaba firmar el decreto para pertenecer al alma de aquel movimiento.
Es aquí donde Chile adquiere una importancia especial dentro de la historia hispánica del Sagrado Corazón. Ecuador había ofrecido en 1874 la formidable imagen de un Estado consagrándose públicamente bajo la presidencia de Gabriel García Moreno. España había dado en 1919 otra imagen difícilmente superable: un rey, Alfonso XIII, arrodillando simbólicamente a la nación ante Cristo en el centro geográfico de la Península. Chile añadió algo distinto: mostró cómo podía vivirse socialmente una consagración. Ese es el gran mensaje de Alberto Hurtado.
Hurtado impulsó la Asociación Sindical y Económica Chilena, la ASICH, destinada a formar dirigentes y llevar los principios sociales cristianos al mundo laboral. El Corazón de Jesús descendía así del altar a la fábrica, al sindicato, a la hospedería y a la calle. Esa fue su verdadera revolución
Porque ¿de qué serviría proclamar el reinado del Corazón de Jesús sobre una nación si ese reinado no alcanzase al mendigo que duerme a la intemperie, al obrero que reclama justicia, al joven que busca una razón para vivir o al empresario obligado a reconocer la dignidad de quien trabaja para él? Hurtado llevó la pregunta hasta sus últimas consecuencias. El Sagrado Corazón no podía convertirse en una insignia cómoda para sociedades que después vivieran de espaldas a las exigencias cristianas. En esto fue extraordinariamente moderno sin dejar de ser profundamente tradicional. No destruyó la devoción; la ensanchó. No sustituyó la adoración por la acción social; hizo nacer una de la otra. No cambió el Corazón de Cristo por una ideología. Hizo exactamente lo contrario: exigió que la realidad social fuese examinada desde aquel Corazón.
Quizá ahí se encuentre la fuerza que Chile puede ofrecer al resto de las naciones hispanas. No tanto haber iniciado una sucesión cronológica de consagraciones —porque históricamente no fue así— cuanto haber dado, a través de uno de sus grandes santos, una interpretación extraordinariamente fecunda de lo que significa consagrar una nación: querer, si tomamos en serio a Alberto Hurtado, que sus leyes reconozcan la dignidad humana, que sus gobernantes entiendan el poder como servicio, que sus familias permanezcan abiertas al amor, que la riqueza no ignore al necesitado y que la fe no se refugie cobardemente en la sacristía.
Ochenta años después, en 2026, la propia Conferencia Episcopal chilena recuerda aquel acontecimiento como una expresión de la fe de un pueblo y del deseo de orientar la vida pública según el Evangelio. Quizá sea precisamente Chile quien pueda recordarlo al mundo hispano. Y hacerlo de la mano de aquel sacerdote menudo, infatigable, que recorría Santiago buscando pobres mientras enseñaba a los poderosos que Cristo también esperaba ser reconocido en ellos. Alberto Hurtado no conquistó naciones para el Sagrado Corazón. Hizo algo acaso más difícil: enseñó cómo debía comportarse una nación después de haberse consagrado a Él.









