Sr. Director:

En la catequesis que el Papa León dedicó el pasado día 26 a la constitución conciliar sobre la Liturgia del Vaticano II, subrayó que la reforma era necesaria, pero dentro de la Tradición viva de la Iglesia, aunque también afirmó que en algunos ámbitos postconciliares y todavía hoy, algunos cuestionan la validez de la reforma y otros pretendían hacer tabla rasa de las celebraciones litúrgicas de la Iglesia anteriores al mismo Concilio, como si a partir de entonces naciera una nueva Iglesia.

El Papa reivindicó la legitimidad de la reforma promovida por el Vaticano II como fruto de un proceso iniciado ya anteriormente por Pío XI, Pío XII y Juan XXIII, quien en 1960 quiso que los obispos definieran claramente los principios fundamentales de la reforma litúrgica. Esto fue tarea de los Padres conciliares presididos por el Papa Pablo VI, quien rubricó Sacrosanctum Concilium el 4 de diciembre de 1963. Precisamente los principios generales para la reforma y fomento de la Sagrada Liturgia se exponen en los números 5 al 13 de S.C.

El Santo Padre recoge una idea ya aportada anteriormente por Pío XII al distinguir entre los elementos inmutables de la Liturgia y los no inmutables. Estos pueden sufrir diversas modificaciones que han de ser aprobadas por la Jerarquía Eclesiástica asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas.

El Papa León nos exhorta a pastores y fieles de la Iglesia a la responsabilidad también en lo que se refiere a la Liturgia: “Es responsabilidad de los pastores, de los obispos y de cada sacerdote en particular custodiar y promover el respeto a las normas litúrgicas, para que la celebración del Misterio de Cristo resplandezca por su noble sencillez y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica”. Los fieles no deben permanecer de forma pasiva en las celebraciones, sino participar de forma activa, tratando de comprender los santos misterios a través de los ritos, las oraciones, los gestos, el lenguaje, etc.; de este modo su participación será también consciente y activa en las acciones sagradas.

A través de las acciones rituales de la Iglesia, la gracia de Cristo se derrama no solo sobre los presentes físicamente en la celebración, sino sobre todo el Cuerpo de la Iglesia y sobre la entera humanidad. Porque la Liturgia de la Iglesia es propiedad de la misma Iglesia, y nunca de nadie en particular, ni de ningún grupo específico.

En la Sagrada Liturgia se unen lo humano y lo divino, porque hacemos uso del lenguaje, y la misma liturgia es vehículo de enseñanza divina y voz de coloquio con Dios. Los gestos, las palabras, los símbolos, los ritos, el silencio y los demás elementos usados en la liturgia son decisivos para poder tener experiencia de vivir una auténtica relación con el Señor; por esa razón la participación de los fieles no puede ser meramente pasiva.

Gracias a una correcta celebración de la Liturgia de la Iglesia, tanto los pastores como los fieles son evangelizados y se disponen a ser evangelizadores de otras personas. La Liturgia es el instrumento de la gracia divina a través del cual debemos aprender a ofrecernos nosotros mismos a Dios como oblación agradable a Él por medio de Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres; y así somos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros.

Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el santo sacrificio de la Misa, en la persona del ministro (sacerdote) y bajo las especies eucarísticas.

Está presente también en los demás Sacramentos.

Está presente en su Palabra.

Está presente cuando la Iglesia suplica y canta salmos, ya que Él mismo prometió: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20).

En esta obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Jesucristo ha querido asociar siempre consigo a su amadísima Esposa, la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre eterno, en el Espíritu Santo.

Por eso la Liturgia es, sin duda, el ejercicio del Sacerdocio de Jesucristo.

Toda la Iglesia es un pueblo sacerdotal, pero no ejercen el mismo tipo de sacerdocio los ministros ordenados que los no ordenados.

Los Pastores de almas han de fomentar con paciencia y diligencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad, condición, género de vida y grado de cultura religiosa, cumpliendo así una de las principales funciones del fiel dispensador de los misterios de Dios. Los obispos, presbíteros y diáconos han de ser los primeros en ayudar a la formación litúrgica de los demás fieles, no sólo de palabra, sino también con el ejemplo.

Todo ha de hacerse tal y como el Magisterio de la Iglesia ha dispuesto, discreta y decorosamente, bajo la guía del Obispo diocesano en cada diócesis y, en último término, tal y como indique la Santa Sede. Los textos y ritos reformados se han de ordenar de manera que expresen mejor las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria.

Esta participación no ha de ser meramente externa o exterior, sino sobre todo espiritual, interior, que toque nuestras almas para que así Dios sea perfectamente glorificado y nosotros santificados gracias a la acción del Espíritu Santo en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, columna y fundamento de la verdad.

Todos los católicos debemos obedecer al Papa, Sucesor del apóstol San Pedro, si es que queremos ser en verdad miembros fieles de la Santa Iglesia de Dios.

Recemos para que sea así.