Pueden fiarse de él. Es uno de esos periodistas especializados en situaciones conflictivas, de los que aún les gusta pisar el terreno antes de darle a la tecla. Se llama Jesús María Zuloaga experto en asuntos terroristas, y el pasado domingo 24 publicaba en La Razón un reportaje sobre Melilla, que terminaba con estas palabras: Que Melilla se está marroquinizando es algo que salta a la vista de quien la ha visitado en los años ochenta y acuda ahora a la ciudad. Las mujeres con velo son muy numerosas. De dos mezquitas se ha pasado a doce, más que iglesias y, lamentablemente, mucho más concurridas. En algunas de ellas se predica el islamismo más radial. El problema que sufre el reino alhauí con la extensión del wahabismo (una de las interpretaciones más extremistas de la religión musulmana) repercute también aquí. Curiosamente, los imanes son funcionarios de la Administración marroquí.
Al parecer, todo el mundo, salvo José Luis Rodríguez Zapatero, a la sazón presidente del Gobierno de España, se ha dado cuenta de que el mejor amigo de España, el rey Mohamed VI, no ha renunciado a Ceuta y Melilla (primera etapa antes de pasar a la reivindicación de Canarias). Todos saben que en las dos plazas africanas de Ceuta y Melilla cada vez que un español cierra un comercio éste es adquirido por un marroquí. Todo el mundo sabe que no sólo los imanes, sino también las mezquitas en estas dos ciudades, son costeados por el Estado marroquí, que tiene a sus súbditos sometidos y muertos de hambre pero no repara en gastos cuando se trata de lo que se trata.
Todos menos Rodríguez Zapatero saben que las familias españolas no están seguras en Ceuta y Melilla, entre otras cosas porque no lo están sus mujeres e hijas, a quienes los marroquíes tratan como si fueran prostitutas, salvo cuando sienten miedo al castigo.
Todos menos Zapatero saben que los campamentos de refugiados pegados a la valla española están consentidos por una policía marroquí corrupta, como toda la Administración de su Majestad Mohamed VI, feliz con que España soporte esa presión continúa a la que se unen los 25.000 marroquíes que cruzan diariamente la frontera.
Todos menos Mr. Bean saben perfectamente que el asalto a Ceuta y Melilla por parte de Maruecos no será un ataque militar, sino que se utilizará a los inmigrantes como fuerza de choque. Una vez que se haya creado una situación imposible, y eso puede ocurrir en cualquier momento, es más que probable que el Gobierno marroquí, nuestro gran amigo, nos ayude a controlar la situación con una especie de soberanía compartida, esto es, la misma figura que los británicos se han negado siempre a aceptar en el asunto Gibraltar.
Pero como cada vez que hablo de inmigración provoco un alud de correos que me recuerdan esa locura de las fronteras abiertas que propongo, y la pregunta contradicción entre esa apertura de fronteras y las denuncias de los imanes islámicos, también en España, conviene aclarar de una vez por todas cuál creo que debe ser una postura lógica ante el fenómeno migratorio. No es mal momento, dado que los falangistas se manifestaron por Madrid el pasado sábado 23 bajo el lema No a la inmigración, mientras movimientos de ultraizquierda se enfrentaron a la policía precisamente cuando acudían a sacudir a los falangistas. Así que vamos a intentar aclarar lo que podríamos llamar el vademécum de la inmigración:
1. ¿La inmigración es buena o es mal? Es mala, dado que su eclosión significa que la gente no se resigna a vivir en su país de origen y arriesga vida y hacienda para salir del infierno y llegar al primer mundo. Si antes esa inmigración no era tan masiva era porque no existían televisión ni Internet. Ahora los impecunes saben cómo vivimos aquí. Incluso es algo egoísta, dado que los que emigran suelen ser los mejores elementos de un país.
2. ¿No sería mejor ayudar a la gente en su propio país de origen y evitar que emigraran? Muy cierto, pero Occidente es egoísta y liberal (no, no es una redundancia, pero acostumbra a manifestarse como tal), por lo que ha dejado a las libres fuerzas del mercado la corrección de los desequilibrios del Sistema (desequilibrio significa que mientras unos derrochan, los otros se mueren de hambre).
3. Ahora bien, resulta que hay inmigración, y entonces viene la tercera pregunta: ¿Quién tiene autoridad moral para cerrarle las puertas a quien sólo ansía una vida digna que no puede conseguir en su tierra de origen? Tengamos clara una cosa: el estado habitual de la humanidad, por ejemplo durante el milenio al que tanto despreciamos bajo el nombre de Edad Media, pero también durante casi todo el siglo XX, excluidas las situaciones bélicas, ha sido la de libre apertura de fronteras. Eran las dictaduras (en especial las comunistas) las que cerraban las puertas, pero a sus propios ciudadanos. Estados Unidos ha sido tierra de emigrantes, y no parece que esos emigrantes hayan forjado un país endeble.
4. ¿Por qué en Europa se vive el problema migratorio de forma aún más acusada que en Estados Unidos? Porque en la postguerra, en Europa inventamos el Estado del Bienestar, especialmente en sanidad, pensiones y educación, y es lógico que eso atraiga a los menesterosos, que por lo menos encuentran un colchón para sus necesidades básicas. Ahora bien, el Estado del Bienestar se construyó bajo el signo de la solidaridad: todos aportaban pero se beneficiaban más los menos pudientes. ¿Por qué negarles a los recién llegados la participación en ese sistema de reparto? Las ventajas del Estado del Bienestar no están pensadas para la vida muelle, sino para una supervivencia medianamente digna.
5. ¿La política de puertas abiertas significa no controlar a los entrantes? Ni por pienso. No están los tiempos como para no controlar a fanáticos, mafiosos e indeseables de todo tipo. Control todo el posible y alguno más. Pero control no significa cerrar la puerta, sino auscultar al invitado. La generosidad no es debilidad.
6. ¿La política de fronteras abiertas significa que todos somos iguales? Se trata de la misma igualdad entre hombre y mujer, dos seres que tienen los mismos derechos no pudiendo ser más distintos. Los inmigrantes tienen los mismos derechos, pero no a imponer sus costumbres al país que les acoge. Lo mínimo que puede esperarse del inmigrante es un mínimo de gratitud al país que le acoge. Por ejemplo, quitar los crucifijos de las escuelas porque a un musulmán le ofende su presencia no es lógico, dado que la mayoría de los españoles, país que le ha acogido, se confiesa cristiano (para ser exactos, según el último sondeo del CIS, un 75%).
En cualquier caso, aquí vuelve a ocurrir lo de siempre: a una idea no se la combate con medias policiales, sino con otra idea. El problema de Occidente ante el Islam es que ellos sí creen en algo, por muy ridícula que resulte su creencia, mientras nosotros no creemos en nada. El día en que permitimos que unos mahometanos desgraciados se orinaran en el altar de la Catedral de Barcelona, y luego les dejamos en libertad, y no les deportamos por vía de urgencia, algo empezó a romperse.
7. En este sentido, ¿se puede discriminar según el país de origen? Sí, se puede y se debe. Lo lógico sería que España ayudara a abrir las puertas a quienes poseen su misma cultura (quiero decir su misma fe cristiana, pero debemos ser políticamente correctos) como argentinos, peruanos, mexicanos o ecuatorianos, simplemente porque la integración es mucho más rápida. Hay que insistir en una especialización de la migración. Lo lógico es que los magrebíes vayan a Francia, los indios a Reino Unido y los hispanos a España.
8. ¿Les quitan el trabajo los inmigrantes a los españoles? Esta pregunta está ya tan respondida que no merecía la pena insistir, pero habrá que hacerlo : No, cogen los trabajos que los españoles no desean. Por ejemplo, los hispanos se están especializando en cuidar de nuestros ancianos, cada vez más numerosos. Además, el mercado de trabajo no es un epígrafe fijo, es una variable que depende del número de emprendedores con los que cuente un país.
9. ¿Puede haber globalización sin inmigración? No, es imposible. No se pueden abrir las fronteras a los movimientos de capital y de mercancías y cerrárselas al ser humano, al factor trabajo.
10. ¿La identidad española puede debilitarse por el aluvión de inmigrantes? No. La identidad española se debilita por dos razones: por falta de vitalidad (hablo en sentido literal: los españoles se niegan a tener hijos) y por desprecio de nuestros propios valores, los que constituyen nuestra identidad, es decir, la fe cristiana. Pero de eso no tienen culpa los inmigrantes, ¿verdad?
Ahora bien, lo de las fronteras abiertas no tiene nada que ver con el chalaneo interesado de Melilla. Eso no son fronteras abiertas. Es una tomadura de pelo de su Majestad Mohamed VI.
Eulogio López