Telefónica ha puesto en marcha un servicio de trascripción de mensajes de voz al lenguaje escrito. Me comentan que es bastante caro y que lo más útil es desconectarlo, pero todos acabamos aceptando el reto, especialmente cuando necesitas localizar a una persona con cierta premura.

Por eso, algunas veces he cedido -nunca más- al invento y he dejado el recado: "Soy Eulogio. Llámame, por favor". A renglón seguido, la eficiencia tecnológica me envía un mensaje corto para que quede claro que la máquina ha cumplido con su trabajo. He aquí el resultado: "Enviado al... Soy Rocío, ámame por favor".

Pues bien, desde aquí quiero comunicar al mundo entero, a través de la red global de redes, que no soy Rocío, que no he pedido que me amen, que nada tengo que ver con el orgullo gay -mis opiniones sobre la homosexualidad son de todos conocidas, especialmente por el lobby homosexual- y estoy tan anticuado que me gustan las señoras. Finalmente, certifico que la única transcripción adecuada de la maquinita inteligente es el 'por favor', porque uno es un tipo bien educado. Y lo que es más: conozco a pocas Rocíos y ninguna me ha lanzado ese tipo de reclamaciones.

Esto de los servicios de reconocimiento de voz es un fracaso tecnológico de primer orden. Cuando comenzaba Hispanidad, hace más de 15 años, IBM se empeñó en conseguir la aplicación definitiva: fracasó. Generalizarla podría resultar peligroso, incluso en trayectos cortos, esto es, en mensajes breves.

Ahora bien, forma parte de un proceso tan lamentable como, al parecer, imparable de sustitución de los seres humanos por maquinitas. Las máquinas, como todo el mundo sabe, son rigurosas e idiotas. Los seres humanos son mentirosos pero mucho más certeros y entendidos en matices. Yo volvería a confiar en el hombre. A lo mejor, porque no soy Rocío.

Eulogio López

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