La entrevista concedida por el presidente del PP Mariano Rajoy, en el diario El Mundo (en dos fascículos, domingo y lunes), deja claro que su objetivo es derogar la ley del aborto de Zapatero (2010) pero no la de Felipe González (1985).

En otras palabras, que un católico no puede votar al Partido Popular sin contradecir gravemente el primer y más importante principio de los Valores no negociables de Benedicto XVI, que es el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

Lo de Mariano da un poco de grima: ¿por qué asegura que derogará la ley de Bibiana Aído y no la de Fernando Ledesma? Pues porque él, como miembro de todos los gobiernos de Aznar, cuatro años con mayoría absoluta, no derogó la norma e incluso colaboró en la extensión de la cultura de la muerte, con la iniciación de la utilización de embriones humanos como cobayas de laboratorio y con la introducción de la píldora del día después (PDD), ambas iniciativas perpetradas por José María Aznar, luego ampliadas por Zapatero.

Sí es cierto que existe una diferencia entre ambas leyes: la de 1985 es despenalizadora, la de 2010 eleva el infanticidio a la condición de derecho de la mujer a asesinar a su hijo. Pero lo cierto es que la norma felipista es aún más permisiva que la de Aído. Ya se sabe que, en la práctica, ambas normas constituyen un fraude de ley -en plata: aquí aborta quien le da la gana y en cualquier momento de la gestación- pero, por eso mismo, si apoyas la vida más indefensa y más inocente resulta de una hipocresía lacerante distinguir entre la ley de 1985 y la de 2010, sólo para encubrir que en 1996 fuiste lo suficientemente cobarde como para no rectificar.  

No, un cristiano, en conciencia, no puede votar al PP. A título personal, no pienso hacerlo y, además, estoy del centro-reformismo hasta allí donde ustedes pueden pensar.

Eulogio López

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