Se ha muerto Leopoldo María Panero Blanc (en la imagen) y dicen que ha sido como consecuencia de un fallo multiorgánico, y no es de extrañar, puesto que su vida fue tan apasionadamente orgánica como rara y multiforme. Ha sido en Canarias, en el psiquiátrico Juan Carlos I, donde estaba tan cómodo, lejos de Madrid, su ciudad natal hace 65 años, donde celebraba sus fiestas indecentes en la calle Ibiza.

Se ha ido también el hombre polemista de los platós de televisión, de aquella intervención épica en Crónicas Marcianas, cuando dirigía el programa Sardá o de esa con el escritor Sánchez Dragó en su programa Negro sobre Blanco.

También se ha ido la mente preclara que ha marcado un hito en la narrativa española contemporánea, la mente prolífica que se dedicaba a desayunar croissants, regados previamente en las acequias de París, la mente brillante que elaboró un porro con excrementos propios y puso en la boca de su madre muerta, a ver si resucitaba. Nos hemos quedado sin Leopoldo y, sin él, el malditismo se queda huérfano.

Hijo de Leopoldo Panero Torbado, uno de los poetas oficiales del Franquismo, tenía dos hermanos a los que, asombrosamente, había sobrevivido, precisamente él, que tantas veces había intentado suicidarse. Mantuvo, también, una celosa rivalidad profesional con su hermano mayor, Juan Luis -fallecido en septiembre pasado a los 71 años- porque ambos se disputaban la presencia en la prensa vegetal, hasta que Leopoldo emprendió un camino independiente. Menos relación personal tuvo con Michi -fallecido hace 10 años a los 63 años-, el hermano pequeño de los Panero, que no cultivó tanto su vena artística, al menos en el papel.

¿Pero cómo recordar ahora la vida de Leopoldo María al detalle Ahí tienen ustedes la mejor biografía que se ha escrito en español. Se trata de El contorno del abismo, un espléndido volumen firmado por el periodista J. Benito Fernández. Y si además quieren recordar las andanzas de los tres hermanos juntos, para contrastar ideas y pensamientos, no dejen de leer otra gran historia, Jardín perdido. La aventura vital de los Panero.

Además, Leopoldo -como sus hermanos y su madre- quedó inmortalizado en la película documental El desencanto, que filmó Jaime Chávarri en 1976, y que fue producido por Elías Querejeta, a partir de un guion de Michi. El filme es un devastador retrato sobre la degradación familiar, la ruptura con el modelo de familia natural y, por ende, la asimilización de lo antinatural que pasa por desautorizar a la figura del padre en todo su sentido. Años después, en 1994, el desaparecido director de cine, Ricardo Franco, rodó una secuela, Después de tantos años, ya sin la presencia de Felicidad Blanc, la madre, escritora y actriz de la saga maldita. Por último, en 2009,  Luis Miguel Alonso Guadalupe filmó otro documental, Los abanicos de la muerte, sobre los entresijos del rodaje de Chávarri.

Otro de los recuerdos vivos que tengo de Leopoldo María es una dedicatoria de uno de sus poemarios, de esas veces que tanto le gustaba venir a la capital de España, a la Feria del Libro de Madrid de la mano de su editorial, Huerga y Fierro, para evadirse de sus compañeros de ducha. Le dije que me escribiera  "A mi amigo y familiar José Luis Panero de su amigo Leopoldo". Pero lo que se aprecia en la página es un inevitable trazo ligero, alargado, de pocas líneas, casi como un encefalograma plano.

No obstante, me atrevería a traer aquí lo que figura en el epitafio de El Quijote: "yace aquí el hidalgo que tuvo al mundo en poco/fue el espantajo y el coco/ y a tanto extremo llegó/que prefirió morir cuerdo y vivir loco".

En fin, con la muerte de este lejano pariente, la familia Panero-Blanc estará reunida de nuevo disputándose, entre hermanos, las hazañas más elevadas de Luis II de Baviera (momento épico del documental de Chávarri protagonizado por Michi y Juan Luis), la madre, templando gaitas entre los tres, y el padre, de perfil, estará quieto, como escribiendo a cada instante, cuando ahora, definitivamente, la estancia está vacía.

José Luis Panero González-Barosa

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