El 8 de diciembre de 1962, en el Concilio Vaticano II, el papa San Juan XXIII, decide que San José, el esposo de la Virgen María y padre adoptivo del Redentor, fuera mencionado en el canon de la Eucaristía. Y así ha sido desde entonces. Para que luego digan que el 'Papa bueno', y santo, no hizo cosas buenas,... y santas.
Pero hoy, festividad de San José, día de precepto pero laboral en casi toda España, lo que demuestra lo bajo que hemos caído, quiere reparar en algo más prosaico.
Recuerdo, en la Zaragoza del pasado siglo, el caso de un ligón oficial de la urbe, todo un pisaverde y como tal reconocido en aquella capital medio-grande, que mantenía su pulso con Valencia por ser la tercera urbe de España y el tercer polígono industrial del país.
Hay que renunciar a la anticoncepción porque todos los anticonceptivos que se reparten cada día por millares en las farmacias son potencialmente abortivos. También las píldoras del día después, que están destrozando a nuestra juventud
Al parecer, aquel reconocido profesional, tenía mucho éxito con las señoras y no tenía ningún interés en que aquella condición pasara inadvertida. En confidencia, me comentó cierto día que él jamás se acostaba con una mujer en su primera cita, lo cual, al parecer, predisponía a la susodicha a una segunda cita más libidinosa.
Carezco de experiencia en ligoteos pero recuerdo esta confidencia cuartelera cuando analizo los muchos ataques que ha sufrido y sufre uno de los cuatro dogmas marianos: el de la Virginidad de María, una mujer desposada con José, de la casa de David.
Y es que San José puede ser maestro de muchas virtudes para el hombre del siglo XXI pero me temo que, como hemos caído muy, muy bajo, una de esa lecciones para el hombre de hoy debe enunciarse de esta guisa: se puede vivir sin copular. Sí, se puede, a pesar de un ambiente dominante que niega tal hipótesis. Y aún otra: la virilidad no es una cuestión de genitales. Lo otro es equiparar al hombre con la bestia.
Como soy de barrio bajo (Ventanielles, ilustre barriada de la muy noble, invicta heroica y benemérita ciudad de Oviedo) conozco todos los chistes fáciles que pueden surgir de la anterior afirmación. Y lo malo no es que sean chistes, sino que son fáciles. Así que insisto: José de Belén respetó la virginidad de María, porque obedecía a una causa superior, el encarnación de Dios, y fue, sin embargo, el esposo y padre más perfecto de toda la historia.
El hombre del siglo XXI se enfrenta a una dilema vital: apertura a la vida, a los hijos, o abstinencia total. No caben términos medios. Y San José demuestra que no se trata de una tarea imposible
Ahora bien, dada la precitada atmósfera imperante, la de la impureza aceptada, la presunta incapacidad para poder tener una vida plena sin fornicio, cópula o ayuntamiento, ha llegado la gran matanza: la matanza del ser humano más inocente y más indefenso de todos: el concebido y no nacido. Hemos cegado las fuentes de la vida y ya ni tan siquiera nos damos cuenta de ello.
El Día de San José es buena ocasión para recordarlo, pues lo relevante no es la castidad -que no es mal camino para la pureza, como apuntaba Teresa de Ávila, pero no es la pureza- sino el porqué se vive la castidad perfecta.
Pues bien, en este día del siglo XXI afirmo que uno de los grandes retos, como diría un político, es decir, uno de los más graves problemas del mundo presente es que necesitamos volver a abrirnos a la vida, necesitamos convencernos de que el sexo es una expresión de entrega, sí, de mutuo auxilio, pero que debe esta abierto a la participación procreativa del hombre con Dios... nada menos. Sexo, sólo para procrear. Como, por otra parte, siempre ha sido hasta la llegada de la era de la gran matanza: la nuestra.
Debemos recuperar la vitalidad de nuestros abuelos y bisabuelos y renunciar a la anticoncepción... también porque todos los anticonceptivos que se reparten cada día por millares en las farmacias, son potencialmente abortivos. También las píldoras del día después, que están destrozando a nuestra juventud.
Es la gran verdad oculta; no hay anticonceptivos: todos son abortivos. Todos ellos están fabricados para actuar antes, pero también para actuar después, de la concepción.
Así, el hombre del siglo XXI se enfrenta a una dilema vital: apertura a los hijos o abstinencia total. No caben términos medios. Y San José demuestra que no se trata de una tarea imposible y que se puede ser muy viril y muy feliz sin fornicar... si existe una razón superior para vivir la castidad perfecta. San José es maestro de pureza, de castidad... y también de virilidad y de vitalidad.
Esto lo comprendemos hasta los de Ventanielles.










