El mundo de la pornografía es como un enorme pulpo que afecta a todos: jóvenes y adultos, hombres y mujeres, ricos y pobres. La pornografía actúa como una auténtica bomba sobre la melatonina cerebral y sobre los circuitos del placer, de la que es extremadamente difícil escapar una vez se entra por la puerta giratoria del placer fácil. Al igual que sucede con el consumo compulsivo de shorts y reels en determinadas redes sociales, la pornografía activa los impulsos primarios del cerebro; pero con una diferencia decisiva: pone en marcha una de las pasiones humanas más profundas, vinculada al impulso racional de la reproducción, aunque desde luego no sea ese el objetivo de estar ahí, frente al monitor.
A diferencia de los animales, el ser humano reacciona ante la escena sexual con una carga emocional y moral que desborda lo puramente instintivo. La realidad es que ningún animal se ve estimulado por la pornografía de su propia especie. Alguna diferencia sustancial habrá entre ellos y los humanos, por mucho que ciertos discursos animalistas intenten vendernos que sencillamente somos uno más en la tierra. Las sociedades progresistas, relativistas y líquidas, donde todo se admite porque la moral -igualmente relativista y líquida-, deja de existir como referencia objetiva, no solo no se combate este fenómeno, sino que se tolera, se normaliza e incluso se incentiva desde instituciones, plataformas y ciertas ideologías.
De hecho, desde los sectores ideológicos que van de la izquierda hasta la extrema izquierda, se promueve la banalización de la sexualidad desde edades cada vez más tempranas. No podemos dejar de citar a Irene Montero y su célebre frase sobre «el derecho de los niños a tener relaciones sexuales con quien les dé la gana" y quizá por eso, desde los ministerios de Igualdad y, especialmente, el de Educación, se conduce a los menores escolares a recibir esta formación a pesar de la opinión contraria de los padres.
Desde los sectores ideológicos que van de la izquierda hasta la extrema izquierda, se promueve la banalización de la sexualidad desde edades cada vez más tempranas
Precisamente de esto trata este artículo: del acceso prematuro, masivo y descontrolado de los menores a un mercado de carne humana que se expande sin freno en el ecosistema digital. Y es que los datos son contundentes. ¡Veamos!
Diversos estudios coinciden en que los menores comienzan a consumir pornografía entre los 8 y los 12 años, y que entre los 13 y los 17 el consumo se vuelve constante. Casi un 10 % accede a este contenido antes de los 10 años y más de la mitad lo ha hecho antes de cumplir los 13. Estas cifras deberían encender todas las alarmas sociales, educativas y políticas. Sin embargo, lejos de provocar una reacción firme, parecen diluirse en un clima de indiferencia o de justificación ideológica.
Uno de los factores clave de este fenómeno es la sustitución de la educación sexual familiar por la pornografía como fuente de “aprendizaje”. Tres de cada diez menores reconocen buscar en estos contenidos información sobre sexualidad, porque no se les ofrece un marco formativo serio, humano y responsable desde el hogar. Cuando la familia abdica de su función educativa, el vacío es ocupado por el mercado, y el mercado no educa, explota.
A este problema se suma el acceso accidental, cada vez más frecuente, a través de las redes sociales. TikTok, la plataforma preferida por los menores, con una media de uso diaria cercana a los 75 minutos, se ha convertido en una puerta indirecta hacia la pornografía mediante el uso de códigos, etiquetas y hashtags diseñados para burlar los controles algorítmicos. No se trata de que TikTok albergue pornografía explícita, sino de que se utiliza como trampolín para conducir al usuario hacia grandes plataformas pornográficas.
Los menores comienzan a consumir pornografía entre los 8 y los 12 años, y que entre los 13 y los 17 el consumo se vuelve constante. Casi un 10 % accede a este contenido antes de los 10 años y más de la mitad lo ha hecho antes de cumplir los 13
Hashtags aparentemente inocuos como #youtubenaranja o #youtubeazul acumulan centenares de millones de visualizaciones y funcionan como claves de acceso a páginas pornográficas de gran tráfico. Son etiquetas pensadas para engañar al sistema, mutar con rapidez y mantenerse siempre un paso por delante de los filtros de moderación. El resultado es un entorno digital donde la curiosidad infantil, el aburrimiento adolescente y la ausencia de supervisión confluyen de manera explosiva.
Este escenario nos muestra que la tecnología avanza más rápido que los usuarios, y no digamos nada de a los que los años nos superan ya ciertas tecnologías, o peor, a los tienen la responsabilidad social de protegernos. Porque, es curioso, que mientras se multiplican los discursos sobre derechos, libertades y diversidad, se ignora deliberadamente el daño psicológico, emocional y relacional que la pornografía causa en menores en pleno proceso de maduración. No se trata solo de adicción o de consumo excesivo, sino de la deformación de la afectividad, de la cosificación del cuerpo y de la ruptura entre sexualidad, amor y compromiso. Pero se sopla y se absorbe al tiempo, porque regular con leyes como la de Sólo sí es sí, se fomenta el animalismo sexual cosificado, especialmente de la mujer.
Frente a esta realidad, hablar únicamente de “educación digital” resulta insuficiente si no va acompañada de una recuperación del papel de la familia, de una alfabetización moral y de una crítica cultural profunda. Acompañar, supervisar y poner límites no es censura; es responsabilidad. Y callar, mirar hacia otro lado o justificar lo injustificable no es tolerancia: es abandono.
La pornografía es un producto subcultural impulsado por intereses económicos gigantescos y legitimado por ideologías progresistas. Proteger a los menores de su acceso temprano es una obligación moral ineludible de cualquier sociedad que aspira a llamarse humana.
Mientras se multiplican los discursos sobre derechos, libertades y diversidad, se ignora deliberadamente el daño psicológico, emocional y relacional que la pornografía causa en menores en pleno proceso de maduración
Atrapados en el sexo (Almuzara), de Carlos Chiclana. Este libro se dirige a quienes aspiran a una sexualidad libre, equilibrada y saludable. También tiene una finalidad clínica: animar a quienes sufren conductas sexuales desordenadas y sin control a buscar ayuda profesional, porque existe y es un derecho. Su objetivo central es ofrecer conocimientos que eviten quedar atrapados por el sexo. La llamada hipersexualidad no es una broma: no se mide por cantidad, sino por calidad, amor, respeto y equilibrio vital. El síntoma decisivo aparece cuando la conducta sexual desborda, perturba y genera malestar propio o ajeno.
A fuego lento (Sekotia), de Noemí Saiz. Esta novela romántica, en principio dirigido a adolescentes, debiera pasar primero por las manos de sus padres. Porque en palabras de su autora «nuestros adolescentes corren mucho, lo tienen todo a un clic. ¿Y qué ocurre con todo esto? Que a veces meten la pata y el problema es que no se dan cuenta de que el error que han cometido, no les define». Los padres estamos a años luz de lo que sucede en la cabeza de los hijos y esta breve novela nos ilustra, y mucho, sobre ello.
Menores e internet (Aranzadi), de Salvador Pérez Álvarez. Uno de los grandes desafíos de las sociedades actuales es definir un marco social y jurídico adecuado para el uso por parte de los menores, especialmente en su acceso a las redes sociales. El impacto de la tecnología en sus conductas y procesos de socialización despierta un creciente interés académico. Este libro analiza esta realidad desde un enfoque interdisciplinar y está dirigido a educadores, profesionales jurídicos, fuerzas de seguridad y, sobre todo, a padres y responsables legales.










