
Contra el sentir popular, a mí no me gusta Adolfo Suárez. Un señor que abandona su vocación sobrenatural (al Opus Dei) porque así se lo exige el rey Juan Carlos I para ser presidente del Gobierno y no le manda a freír espárragos al Jefe del Estado no merece mi aplauso.
Ahora bien, lo sucedido días atrás no es admisible.
De repente, José Pablo López, presidente de RTVE, uno de nuestros peores ciudadanos, se saca de la manga una violación -sí, del verbo violar- de Adolfo Suárez contra una chica de 17 años, en 1985. Sí, hace 40 años. Es decir, que ella tenía 17 años y se había acercado a él para aprender política. Dado que Suárez nació en el 1932, se suponía que en 1985, cuando ya no era presidente de Gobierno, el susodicho contaba con 52 años.
El testimonio de la presunta víctima resulta asimismo curioso:
-Que si ha tardado 40 años en denunciar ha sido porque las mujeres agredidas no denuncian cuando quieren sino cuando pueden. Curioso.
¿Y fue consentido? Naturalmente no, porque "a los 17 años no sabes que es una violación". ¿Seguro?
Tercero: la presunta víctima exige que la familia de Adolfo Suárez, muerto hace ahora 11 años, le pida perdón, supongo que para certificar que lo que denuncia es cierto, sin más pruebas.
También pide que se le quiten todos sus honores al presunto violador.
Lo de acusar a los muertos topa con el escrúpulo de que el muerto no se puede defender. Solicitar arrepentimiento y perdón a la familia choca con el problema de que la familia no tiene nada de lo que arrepentirse. Y quitarle los galones al galardonado 11 años después de muerto, aparte de un sinfín de nuevos problemas (¿cómo llamamos ahora al Aeropuerto de Barajas?), suena a venganza antes que a justicia.









