Se llama Mathieu Sawadogo, desde 1999 es catequista en Burkina Faso, donde comienza nuestra crónica semanal de Cristianos Perseguidos. Su testimonio lo recoge Ayuda a la Iglesia Necesitada, que junto a su esposa fue secuestrado a manos terroristas.

Hasta cuatro meses secuestrado en 2018 en la frontera con Malí: "Pensé que me matarían, pero no tuve miedo. Perdí la esperanza de vivir, pero nunca renegué de mi fe. Elegí morir mártir". Cogieron piedras que usaban como Rosario, este les permitió rezar hasta 700 avemarías cada noche, como relata en este vídeo.

"Muchos murieron mártires para traernos el Evangelio. Si prometimos seguir a Jesús en las buenas y en las malas, no podemos negarle en las pruebas", resume. Puedes ayudar a los catequistas en África a través de Ayuda a la Iglesia Necesitada y su campaña de esta Navidad donde ponen de relieve a los catequistas: apóstoles en los lugares más olvidados.

"En regiones donde la pobreza, la violencia o la falta de caminos impiden la presencia regular de sacerdotes, la fe se mantiene gracias a los catequistas. Ellos celebran la Palabra, preparan a los niños para recibir los sacramentos, visitan a los enfermos y acompañan a las familias en sus momentos más difíciles. Son el rostro de la Iglesia en las comunidades más remotas, donde la fe avanza a base de sacrificio, valentía y un amor inmenso por Cristo".

"Cuando tú apoyas a estos hombres y mujeres de fe, tu ayuda llega allí donde tus pies no pueden ir", a Burkina Faso, pero también a Sudán del Sur, uno de los países más pobres del mundo. Tras años de guerra civil, violencia intercomunitaria y desplazamientos masivos, la pobreza extrema y el hambre siguen marcando la vida diaria de millones de personas. En medio de esta realidad desgarradora, la Iglesia acompaña a comunidades que sobreviven como pueden: caminos intransitables, aldeas aisladas y capillas a las que los sacerdotes apenas pueden llegar. 

Lo cuenta Peter Jurwel, catequista y perteneciente a la tribu Dinka. "En mi país, los sacerdotes apenas pueden visitar nuestras capillas porque los caminos son peligrosos o están destrozados. Por eso confían en nosotros, los catequistas, para acompañar a las comunidades. Yo me hice catequista porque quería que mi gente conociera la Palabra de Dios, que dejara atrás el miedo, las supersticiones y la brujería, que tanto daño nos hacen. Mi misión nace del profundo deseo de que Cristo sea la luz que sostenga a mi pueblo, incluso en medio de la oscuridad de la violencia y del hambre". “Me hice catequista para que nuestro pueblo conociera la Palabra de Dios y abandonara las supersticiones como la brujería”.

"En los campamentos de ganado donde muchas familias viven, la vida es muy dura: dormimos al aire libre, la lluvia cae sin que tengamos refugio y los jóvenes velan de noche para evitar robos. En la estación seca, cuando la comida escasea, todo se vuelve aún más difícil. Si no cultivo la tierra y solo enseño catequesis, mi familia no podría sobrevivir. Aun así, sigo entregando todo lo que tengo al servicio de la Iglesia. Hay días en los que me cuesta continuar… pero confío en Dios y en la ayuda de personas como tú".

También es la historia de Babu Imran Patras, apóstol incansable entre los marginados: “Ser cristiano en Pakistán no es fácil, pero no pierdo la esperanza”. En Pakistán, ser cristiano es un acto de valentía. Apenas el 1,5 % de la población profesa esta fe, y muchos viven entre la pobreza extrema, la discriminación y la violencia. “Estoy orgulloso de ser catequista. Mi bisabuelo fue catequista, y también lo fueron mis padres. Iba a Misa con mi padre y preparaba el material para la liturgia con mis propias manos. Entonces decidí dedicar mi vida al pueblo de Dios”, expresa Babu. “Nuestra misión es compartir las alegrías y los sufrimientos de las familias”, añade. 

En el corazón de la Amazonía brasileña, donde no existen carreteras y solo los ríos conectan a las comunidades aisladas, los catequistas son la presencia constante de la Iglesia, y Dirce y Leni lo cuentan en primera persona: “Queremos que las personas vuelvan a seguir el camino de Dios”.

En estas zonas, marcadas por la pobreza, el abandono y el avance de la violencia —especialmente entre los jóvenes—, muchos viven sin acceso a la formación cristiana ni acompañamiento espiritual. 

Dios vio que veníamos de una vida equivocada, una vida fea… pero aún así nos llamó”. Así vivimos nuestra historia. En nuestra comunidad, el consumo de drogas y alcohol destruye familias, provoca peleas y deja a los niños solos durante la noche. Las personas han perdido el rumbo y ya no saben dónde está Dios. Nosotros también pasamos por ese dolor. “Antes no conocía a Dios —dice Leni—. Bebía, vendía alcohol y dejaba solos a mis hijos. Uno de ellos se quitó la vida… y fue una tristeza profunda”.

"En medio de esa oscuridad, el amor de Dios nos encontró. Comencé a ir a la Iglesia, hice la primera comunión, la confirmación y luego nuestro matrimonio. Allí entendí que el Señor quería transformar nuestra vida".

“Antes no conocía a Dios. Bebía, vendía alcohol y dejaba solos a mis hijos”. "Hoy servimos como catequistas, mi esposo y yo, llevando la Palabra de Dios a quienes se sienten abandonados. Caminamos, navegamos y visitamos casas para acompañar a las familias rotas por las adicciones y la violencia". “Queremos que las personas vuelvan a seguir el camino de Dios, que sepan que Él no las dejó”. Pero nuestra misión tiene desafíos. “Nos falta una canoa con motor y gasolina para llegar a las comunidades. Y soñamos con tener un pequeño centro para enseñar a los niños, porque ahora damos catequesis en nuestra casa”. A pesar de todo, no perdemos la esperanza: “Sabemos que Dios no nos abandona. Nos dio una nueva vida y queremos que otros la encuentren también”.

"Cuando sostienes a un catequista, sostienes a toda una Iglesia que resiste", nos recuerda Ayuda a la Iglesia Necesitada.