¿Y si nos cargamos el Consejo de Europa de una vez por todas? Este organismo, paralelo a la Unión Europea, siempre fue una monserga progre. Pero ahora ha dado un paso más, como el progresismo, que siempre progresa, y entonces es cuando acaba de instar, o sea, presionar, a sus 46 Estados miembros a reprimir y castigar las llamadas terapias de conversión -Religión en libertad lo explica con gran claridad y exactitud-.
No son terapias sino puro sentido común: es lo que siempre han hecho los padres con sus hijos preocupados por su identidad sexual: mira hijo, tú has nacido hombre, o mujer, y lo que tienes que hacer es comportarte como hombre, o como mujer.
Terapia no, sentido común. La mejor terapia de conversión ha sido la de siempre: la que no es terapia sino cariño, del padre al hijo, al que trata de indicar el camino de la ley natural: si Dios te ha creado varón, eres varón, si Dios te ha creado mujer, eres mujer y en ambos casos debes estar muy orgulloso de tu condición secular porque, además, es la que asegura el mantenimiento del ser humano sobre la faz de la tierra.
No es terapia, es afecto del que sabe que la única manera que tiene el hombre de realizarse es vivir acorde con su naturaleza, es decir, con la ley natural. Si por el contrario pone en marcha la maquinaria Frankenstein de mutilaciones y otras andanzas del cambio de sexo, del género que la naturaleza le ha dado, lo más probable es que destroce a los hombres y mujeres, no con la terapia de conversión sino con la conversión de la ideología de género, la última aberración 'descubierta' por la humanidad.
Eso sí, con la aprobación del Consejo de Europa.
El problema de fondo es la autocreación. Los hay que no caen en la cuenta de que nadie nos ha pedido permiso para aparecer en este mundo. No nacimos, nos nacieron, Dios nos creó, nos creó hombre o mujer, alto o bajo, rico o pobre, inteligente o tonto, sin pedirnos permiso. Por tanto, tenemos que aceptar nuestra condición sexual natural o caemos en el fenómeno Frankenstein.












