
Una reciente encuesta entre adolescentes, esa edad que empieza a los 12 años y en el siglo XXI termina a los 30, concluía que lo que más teme el 72% de los jovencitos es que una chica les denuncie por acoso sexual, ante los tribunales o ante los compañeros.
Y yo me pregunto: ¿por qué será?
No deben ustedes fiarse demasiado de los razonamientos de un adolescente pero sí de sus sentimientos, sobre todo de sus miedos: resultan inequívocos.
Violencia de género: es lo que ocurre cuando el amor se ha vuelto aversión y cada miembro de la pareja utiliza sus mejores armas para hacer daño al otro. El hombre, la fuerza bruta... ¡y me parece que acabo de incurrir en negacionismo!
En este caso, ese generalizado sentimiento de los jovencitos revela que las falsas acusaciones al hombre no sólo son ciertas sino que son omnipresentes: se han convertido en algo peor que una mentira: en un axioma, que no necesita pruebas.
Al fondo de toda esta cuestión, late el enigma, un tanto primitivo y mayormente simplón, de la violencia de género: es lo que ocurre cuando el amor se ha vuelto aversión y cada miembro de la pareja utiliza sus mejores armas para hacer daño al otro. El hombre, la fuerza bruta, la mujer otro tipo de violencias, por ejemplo las verbales.
No es machismo, es lo que ocurre cuando el compromiso con el otro se convierte en repugnancia hacia el otro o la otra.
Y ahora que lo pienso, ¡a ver si he incurrido en negacionismo! No tengo muy claro lo que es, pero al parecer es muy grave.










