Todavía sobrevolamos la nube del éxito de ser campeones del mundo en fútbol. Lo que nos lleva a una reflexión casi utópica: ¿Seremos capaces de mirar más allá del resultado de una competición de corte mundial y ver el potencial que tenemos como país? La selección española levantó la Copa del Mundo y durante unos minutos desaparecieron las diferencias políticas, las discusiones territoriales, nos abrazamos sin preguntar al otro qué votaba, ni de dónde venía o en qué lengua hablaba. En esos momentos, solo había un valor en los corazones: España.
Y es que el fútbol tiene la extraña capacidad de recordarnos quiénes somos cuando dejamos de insistir en aquello que nos separa. Hay equipos repletos de estrellas que fracasan frente a otros, quizá menos brillantes, pero más unidos. La victoria exige disciplina, sacrificio, confianza mutua y un objetivo común por encima de los intereses individuales. Es el entrenador quien consigue que once personas con potenciales diferentes piensen como un solo hombre.
Las grandes naciones funcionan, y han funcionado, de manera parecida. España ha demostrado a lo largo de la historia una extraordinaria capacidad para construir proyectos en común. Durante siglos ha sido capaz de conectar continentes, abrir rutas oceánicas, impulsar una lengua compartida que hoy hablan 600 millones de personas; ha dejado un legado jurídico, científico, artístico y cultural cuya influencia continúa presente en buena parte del mundo. Y, sin embargo, ninguna de esas proezas habría sido posible desde el enfrentamiento interno. Esa era visión de la confianza en un horizonte compartido y un líder que no miraba para sí mismo, cuyo objetivo era el bien común.
Reconozco que España no fue perfecta cuando fue el Imperio en el que todos los demás se querían ver. Tampoco me voy a flagelar, porque ninguna nación lo ha sido jamás. Los pueblos no nos construimos negando los errores —como sí hacen los anglosajones—, sino aprendiendo de ellos y haciendo valer los aciertos. Y quizá, sea esto uno de los grandes retos de Occidente en general y de España en particular.
Los políticos deben hacer autocrítica y entonar el mea culpa, sí, ellos, porque solo ellos son capaces de enfocar y reenfocar a la sociedad. Olvídense de aquello de “tenemos los políticos que nos merecemos”, porque no es más que una falacia para mediocres. Yo al menos creo que no me merezco el gobierno que tenemos, rodeado de corrupción, que solo mira por el poder, no por la gobernabilidad.
La realidad, es que vivimos inmersos en una política que parece alimentarse del conflicto. Las diferencias, inevitables en democracia, dejan de ser un instrumento para mejorar la convivencia y pasan a convertirse en el propio objetivo del debate público, porque los políticos actúan a río revuelto, ganancia de pescadores. Lo saben y trabajan para ello a partir de que solo el poder de las ideologías importa y no las ideas que propician la mejora de los ciudadanos. Cada desacuerdo se presenta como irreconciliable y cada adversario como un enemigo.
El catetismo nacionalista, vuelve a brillar con fuerza con las declaraciones del lendakari Imanol Pradales, cuando Xabier Fortes le preguntó si iba con España en el Mundial y este le respondió que «soy de la selección vasca, punto» y quiere que gane «quien juegue mejor»
Un gobierno, cualquiera que sea su signo político, debería parecerse más a un buen seleccionador que al jefe de una facción. Su primera obligación consiste en descubrir lo mejor de cada territorio, de cada sensibilidad y de cada ciudadano para ponerlo al servicio del conjunto. Gobernar no significa dividir para conservar el poder, sino unir para multiplicar las capacidades de una nación.
España posee recursos humanos, industriales y territoriales extraordinarios. Universidades, investigadores, empresarios, agricultores, sanitarios, fuerzas de seguridad, docentes, trabajadores y millones de familias que sostienen desde el esfuerzo silencioso, día a día, el país. Tenemos un enorme capital de talento, creatividad y solidaridad, que con demasiada frecuencia queda oscurecido por el ruido político.
Cuando ese potencial encuentra un objetivo común, España demuestra una capacidad sorprendente para competir con cualquiera. Lo ha hecho en el deporte, en la ciencia, en la empresa, en la cooperación internacional, en numerosos ámbitos de la cultura y a lo largo de la historia. No podemos quedarnos solo con el consuelo del fútbol.
Volviendo a la analogía del inicio, ninguna selección del mundo ganaría un campeonato si cada jugador decidiera disputar su propio partido. En palabras de Luis de la Fuente «ningún jugador es más que el equipo». La imagen de la Copa del Mundo emociona, porque no celebramos únicamente un trofeo; sobre todo es por la demostración de que once personas distintas, procedentes de diferentes equipos, bajo las directrices de una persona cuyo objetivo es el bien común, triunfan. La victoria del común es una muestra de que la diversidad no resta a los resultados, todo lo contrario, los organiza.
Frente al poder de la unión, el catetismo nacionalista, vuelve a brillar con fuerza con las declaraciones del lendakari Imanol Pradales, cuando Xabier Fortes le preguntó si iba con España en el Mundial y este le respondió que «soy de la selección vasca, punto» y quiere que gane «quien juegue mejor». Y resulta que es la selección española, ¡vaya zasca, Imanol! Y es posible que, por esto, haya determinado no recibir a los jugadores campeones vascos participantes en la selección española: Oyarzabal, Zubimendi, Simón, Merino, Nico Williams y Laporte, limitándose a un lacónico mensaje de mensajería rápida.
Tal vez el verdadero desafío nacional no consista en preguntarnos quién tiene razón, sino en decidir qué país queremos construir entre todos. Porque las naciones, igual que los grandes equipos, no alcanzan la excelencia cuando desaparecen las diferencias, sino cuando existe algo mucho más fuerte que ellas: un objetivo común. España ya ha demostrado de lo que es capaz cuando cree en sí misma.
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