Sr. Director:
Fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres no aisladamente y sin conexión alguna entre ellos, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel, pero esto sucedió como figura y preparación de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Jesucristo. Ese pacto es el Nuevo Testamento, sellado con la Sangre del mismo Jesucristo y establecido con quienes forman parte de su Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios.
Quienes creen en Cristo renacen no de un germen corruptible, sino incorruptible, mediante la Palabra del Dios vivo y verdadero, no de la carne ni la sangre, sino del agua y del Espíritu Santo, por medio de la fe y del bautismo. De este modo pasan a ser linaje escogido, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios.
Este pueblo tiene por cabeza a Cristo, que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó. Y tiene como fin extender el reino de Dios hasta que al final de los tiempos sea consumado con la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Este pueblo es la Iglesia, que aunque con frecuencia aparece como una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo se sirve de su Iglesia como instrumento de redención universal y la envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra.
Esta Iglesia, caminando en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios que le ha sido prometida para que no desfallezca, sino que persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce el ocaso.
Para apacentar al Pueblo de Dios, el Señor Jesús instituyó en su Iglesia diversos ministerios, ordenados al bien de todo el cuerpo.
Los obispos son los sucesores de los Apóstoles, y para que el Episcopado fuese uno solo e indiviso, el Señor puso al frente de los demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó, en la persona del mismo, el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de fe y de comunión.
El Obispo de Roma y los obispos que están en comunión con él forman un solo Colegio Apostólico.
El Cuerpo de los Obispos no tiene autoridad a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de san Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles.
El Romano Pontífice tiene, en virtud de su cargo, potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre libremente. En cambio, el Cuerpo Episcopal, que es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre la Iglesia universal, no puede ejercer dicha potestad sin el consentimiento del Romano Pontífice.
El Papa es el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad tanto de los obispos como de la multitud de los fieles.
Cada Obispo representa a su Iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, el amor y la unidad. Todos los obispos, a una con el Papa, deben promover y defender la unidad de la fe y la disciplina común de toda la Iglesia, instruir a los fieles en el amor al conjunto de la Iglesia, especialmente el amor a los más pobres, los que sufren y los que son perseguidos, y promover toda actividad que redunde en bien de la misma Iglesia y de toda la humanidad.
Son fieles católicos aquellos que han sido bautizados en la Iglesia Católica y aceptan la doctrina y las enseñanzas de la Iglesia. Estos fieles son considerados miembros del Pueblo de Dios, unidos en la fe y el amor, y son llamados a llevar a cabo la misión confiada por Dios al conjunto de la Iglesia.
Gracias al sacramento del Orden recibido, los obispos y presbíteros actúan, en el ejercicio de su ministerio, en nombre y en la persona de Cristo cabeza. Los diáconos sirven al Pueblo de Dios en la diakonía de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad.
Ahora bien, los ministros de la Iglesia están al servicio de los demás miembros de la Iglesia, y todos juntos al servicio de la humanidad, al servicio de cada persona en particular y de todos los pueblos, a fin de que el Reino de Dios se haga cada vez más patente en nuestro mundo y alcance a todos los hombres.
Sin comunión real y efectiva con la cabeza visible de la Iglesia, que es el Papa, no se está en comunión con la Iglesia de Cristo.
Por razones obvias. Todos los miembros de la Iglesia debemos amar al Papa, rezar por él y por sus intenciones, y hacer todo lo posible para que nadie tenga la arrogancia de colocarse por encima del Sucesor de Pedro.
(Cfr. Lumen Gentium, 21 noviembre de 1964)









