Los resultados del informe PISA 2025, presentados ayer por la OCDE, vuelven a situar la educación española ante una realidad que no admite respuestas partidistas ni explicaciones simplistas. España obtiene 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias, resultados inferiores a la media de la OCDE y especialmente preocupantes en comprensión lectora, donde se observa una creciente dificultad para comprender textos de aproximadamente 400 palabras.
Muchos docentes, investigadores y profesionales de la educación están ofreciendo estos días análisis valiosos sobre las causas y consecuencias de este retroceso. Mi reflexión no pretende sustituirlos, sino añadir una mirada personal, construida desde la experiencia docente desde 1996, el contacto con más de 4.000 alumnos nacionales e internacionales y el desempeño de responsabilidades de gestión académica. Sobre todo, nace de haber vivido durante más de diez años en otros países —Reino Unido, México, Perú y, especialmente, Colombia—, no solo de haberlos visitado profesionalmente. Esa experiencia permite observar que los problemas educativos son globales, pero que cada sistema los afronta con prioridades, exigencias y niveles de corresponsabilidad diferentes.
Las redes sociales han consolidado una cultura de mensajes breves, estímulos constantes y textos descontextualizados. Este entorno favorece la rapidez, pero dificulta la concentración
Uno de los primeros elementos que debemos analizar es el debilitamiento de la relación entre esfuerzo y resultado. La posibilidad de promocionar con asignaturas suspensas y la progresiva pérdida de relevancia de las calificaciones numéricas pueden perseguir objetivos de inclusión corre el riesgo de transmitir al alumno que aprobar y aprender son realidades equivalentes. No lo son. La evaluación no debe convertirse en un mecanismo de castigo, pero sí debe informar con claridad sobre lo que se sabe, lo que no se sabe y el esfuerzo necesario para mejorar. Cuando el sistema permite avanzar sin haber consolidado aprendizajes esenciales, termina diluyendo la responsabilidad individual y banalizando el mérito.
A ello se suma una digitalización que, en demasiadas ocasiones, se ha confundido con innovación. Las tablets pueden ser instrumentos útiles, pero no sustituyen al profesor, al libro ni a la lectura reposada. La evidencia internacional apunta a una relación entre el aumento del tiempo de pantalla, la reducción de la lectura por placer y el deterioro de determinadas competencias lectoras. El problema no es la tecnología en sí misma, sino su utilización sin objetivos pedagógicos precisos y sin límites que protejan la atención.
Las redes sociales han consolidado, además, una cultura de mensajes breves, estímulos constantes y textos descontextualizados. Este entorno favorece la rapidez, pero dificulta la concentración prolongada, la interpretación de argumentos y la comprensión de matices. Si nuestros alumnos encuentran dificultades ante un texto de una página, no estamos únicamente ante un problema académico: estamos ante una transformación de los hábitos cognitivos que puede afectar a su capacidad futura para leer contratos, analizar informes, interpretar datos o tomar decisiones complejas.
Tener menos hijos no ha significado un aumento de la implicación de los progenitores y la separación de los padres han debilitado el seguimiento cotidiano del estudio de los hijos
La diversidad del alumnado constituye otro desafío. La llegada de estudiantes inmigrantes puede enriquecer enormemente la vida escolar, pero requiere políticas de incorporación, diagnóstico y nivelación. Cuando un alumno llega al aula sin dominar la lengua de enseñanza o con una trayectoria académica muy diferente, no basta con escolarizarlo formalmente. Sin apoyos específicos, el docente debe trabajar con niveles muy heterogéneos y puede acabar sin atender adecuadamente ni a quienes necesitan recuperar aprendizajes básicos ni a quienes podrían avanzar hacia mayores niveles de exigencia. La inclusión solo es eficaz cuando está acompañada de recursos, planificación y expectativas altas para todos.
También debemos hablar de la familia. La reducción del número de hijos por hogar no ha venido acompañada siempre de una mayor implicación educativa. En algunos casos, la separación de los progenitores, las dificultades de conciliación y los cambios sociales han debilitado el seguimiento cotidiano del estudio. No se trata de culpabilizar a las familias, muchas de las cuales realizan esfuerzos extraordinarios, sino de recordar que la educación no puede delegarse por completo en la escuela. El hábito de trabajo, la lectura, la puntualidad y la perseverancia se construyen en una alianza entre familia y centro educativo.
Desde la perspectiva económica, el deterioro de las competencias básicas tiene consecuencias mucho más amplias que una posición concreta en una clasificación internacional. PISA no mide directamente el talento de una generación ni permite calcular por sí solo el PIB futuro de un país, pero sí ofrece una señal relevante sobre el capital humano que entrará en el mercado laboral. Una población joven con menor capacidad lectora, matemática y científica tendrá más dificultades para adaptarse, reciclarse y trabajar con tecnologías avanzadas. La OCDE ha advertido que España mantiene problemas estructurales de productividad frente a los países más avanzados.
El coste puede aparecer en forma de menor productividad por trabajador, más abandono temprano, mayores necesidades de formación compensatoria, menor innovación y menor capacidad para atraer inversiones intensivas en conocimiento. También puede traducirse en una mayor polarización laboral: una minoría altamente cualificada capaz de aprovechar la inteligencia artificial y una mayoría limitada a tareas más rutinarias y vulnerables a la automatización. La robótica y la IA no harán innecesarias las competencias básicas; las harán todavía más importantes. Para formular buenas preguntas a una herramienta de IA, verificar sus respuestas, interpretar una gráfica o tomar decisiones éticas y empresariales se necesitan precisamente lectura crítica, razonamiento matemático y pensamiento científico.
Por eso, la respuesta no puede consistir en sustituir una tecnología por otra ni en aprobar una nueva reforma educativa cada pocos años. España necesita un acuerdo estable sobre los aprendizajes esenciales y sobre la exigencia que debe acompañar a la inclusión. Es necesario recuperar una evaluación clara, rigurosa y comprensible, con apoyos tempranos para quien tenga dificultades y reconocimiento para quien progrese. También debemos garantizar un tiempo diario de lectura profunda, recuperar el uso sistemático de libros y textos extensos y reservar las pantallas para aquellas actividades en las que aporten un valor pedagógico demostrable.
Inmigrantes en las aulas. La inclusión solo es eficaz cuando está acompañada de recursos, planificación y expectativas altas para todos. Si el profesor tiene que atender a dos niveles, mal vamos
La nivelación de los alumnos inmigrantes debe comenzar desde el primer día, con refuerzo lingüístico, apoyos especializados y ratios adecuadas en los centros con mayor complejidad. El profesorado necesita formación, autoridad, tiempo de coordinación y recursos, no únicamente nuevos documentos normativos. Las familias, por su parte, deben recibir orientación práctica para acompañar el estudio en casa, y las administraciones tienen que facilitar esa corresponsabilidad mediante tutorías, escuelas de familias y programas de apoyo fuera del horario lectivo.
Finalmente, la educación debe conectarse mejor con la economía real. Hay que reforzar las matemáticas, las ciencias, la formación profesional, la competencia digital y el emprendimiento, pero sin sacrificar la lectura, la escritura, la historia, la ética y la capacidad de comunicarse. La economía del futuro no demandará únicamente programadores: necesitará personas capaces de comprender problemas, trabajar con otros, aprender durante toda la vida y ejercer un juicio responsable.
PISA 2025 debe ser una llamada a la reflexión y no una excusa para buscar culpables. El sistema educativo español conserva excelentes profesionales y numerosos centros que obtienen buenos resultados, pero necesita recuperar una cultura de esfuerzo, lectura, responsabilidad y expectativas altas. En la era de la inteligencia artificial, educar peor no será simplemente un problema escolar: significará producir menos, innovar menos y ofrecer menos oportunidades.