20 de enero: Fructuoso, Augurio y Eulogio (el de Tarragona del siglo IX no el de Córdoba del siglo noveno que vimos el pasado día 9). Apenas se les conoce, a pesar de que son tres de los mártires de los que contamos con más y mejor documentación. No son mártires de la guerra civil española sino de los romanos, es decir, mártires del paganismo, en Tarragona, donde fueron quemados vivos.

Es el mismo paganismo hacia el que ahora volvemos en Occidente y en Oriente, donde se viven dos fenómenos. Por un lado, el endiosamiento de los gobiernos del oeste (no, malpensados, no sólo estoy pensando en el gobierno en el que ustedes están pensando), y en Occidente por la vía democrática, sí, la vía del irreprochable Estado de Derecho, que dictamina un pensamiento único progresista y pobre de aquel que se atreva a contradecirlo, será marginado o condenado a prisión por delito de odio. Por ejemplo, los cristianos. En Oriente se vuelve al paganismo bajo la fórmula de la autocracia, general neocomunista.

Hablo de las persecuciones, roja de sangre en Oriente o blanca de ninguneo en Occidente. En la primera, el cristiano es laminado (China y media Asia y Africa, por ejemplo). En la segunda, en Occidente, el cristiano debe permanecer en silencio y escondido. En cuanto se muestre como creyente en Cristo será calificado de ultra y marginado, mismamente por delito de odio. 

Deseo vivamente que el actual obispo de Tarragona, Joan Planellas, siga los pasos de su predecesor, Fructuoso. Conozco bien su diócesis y parece un poco rota. Eso sí; sus declaraciones políticas indepes son formidables

Pues bien, Fructuoso obispo de Tarragona, y los diáconos Augurio y Eulogio (no confundir con Eulogio de Córdoba, por favor) fueron martirizados en el Circo de Tarragona junto al Mediterráneo, en concreto quemados vivos, en el 259. 

Los romanos tampoco pedían tanto. Tan sólo que quemaran unos granos de incienso ante la efigie del emperador. En definitiva, que un hombre, o una doctrina, o un signo, se convirtiera en dios. Sólo por un momento claro, dado que nadie se creía que el emperador fuera dios. ¡Qué cabezotas, estos cristianos!

Convertir al emperador en dios era una forma de pervertir esa espiritualidad que precisa cualquier ser humano y, al mismo tiempo y sobre todo, someter a los rebeldes que ya no desafiaban al poder sino a la divinidad.

Es decir, si adoras a tu gobierno -legítimo, por supuesto- no tienes nada que temer. Y a veces, esta sublime cobardía se disfraza de correctísima separación entre religión y política... 

Deseo vivamente que el actual obispo de Tarragona, Joan Planellas, siga los pasos de su predecesor, Fructuoso. Conozco bien su diócesis y parece un poco rota. Eso sí: sus actitudes indepes son inequívocas.

Al final, todo radica en las últimas palabras de Fructuoso: “Lo que estáis viendo es sólo el sufrimiento de un momento”. Porque la vida continúa después de la muerte.