La Iglesia chilena, que no ha levantado mucho más la voz ante las barbaridades del ultra-progre, Gabriel Boric, el héroe de Irene Montero, no les digo más, ha emitido, tras la victoria de José Antonio Kast, un comunicado que no me ha gustado mucho. Uno lee cómo los obispos le aconsejan al nuevo presidente, Juan Antonio Kast, que se preocupe de los vulnerables y los emigrantes.

Y esto está muy bien porque, en efecto, hay que preocuparse de los más débiles: lo digo en serio y hasta en sirio.

Ahora bien, me preocupa que cada vez que le acercan la alcachofa a un votante chileno -laico él, laico ella- asegura que ha votado a Kast, no por los vulnerables, sino por la inseguridad y el miedo en la calle que ha creado el muy progresista Boric.

Los obispos chilenos deberían reparar en que para un progre, todo católico es un ultra

Quiero esto decir que el personal chileno ha votado al Kast porque le importa un pimiento que sea un ultra, lo que le importa es que alguien ponga orden en las calles y le quite el miedo. Pero no como Marlaska, que ha creado una España insegura pero dice que eso es un bulo y se queda tan fresco. No, de verdad, que el Estado defienda al ciudadano de los violentos. 

Por eso ha ganado Kast en Chile. Por lo demás, los obispos deberían reparar en que a todos los católicos, y Kast lo es, la progresía dominante les califica como ultras, reaccionarios o simplemente fascistas. Y sin embargo, resulta que los chilenos han decidido votar por 'el ultra’. 

Y me temo que Chile es un espejo del mundo actual.