Sr. Director: 

Difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía, pero también la investigación tanto teológica como cultural como la historia de los Magos en general y la Estrella en particular. “La estrella”, símbolo mesiánico tradicional poderoso y poético. El evangelista San Mateo no es ni astrónomo ni astrólogo, ni pretende documentar un hecho astronómico. Aunque hubiese existido un fenómeno astral en la época del nacimiento de Jesús, está muy claro que Mateo no pretendía ser incluso su cronista, se reconoce su coherencia con la mentalidad de la época y su literatura.

Pero sobre esta “estrella” se han vertido toda clase de fantasías presuntamente científicas. Incluso los Padres de la Iglesia no son unánimes en su interpretación. Así San Juan Crisóstomo, el orador más brillante de la Iglesia Oriental y arzobispo de Constantinopla, llega a afirmar: Que esta no fuera una estrella común, para mí incluso que no fuera incluso ni una estrella, sino un poder invisible que habría tomado esa apariencia. La trayectoria de la misma no era la común de las estrellas que se mueven de Norte a mediodía. Judea se halla al Sur de Persia de donde los Magos habrán venido.

Santo Tomás de Aquino apoya la autoridad de San Agustín, quien en su obra contra el maniqueo Fausto, que adoraba a las estrellas, afirma: “No era una de las estrellas que desde el principio de la Creación guardan el orden de sus caminos, baja la ley del Creador, sino para indicar el nuevo parto de la Virgen una nueva estrella apareció”.

El Papa Ratzinger, tan gran teólogo como intérprete de los textos bíblicos, escribe en su interesante libro La Infancia de Jesús: el relato de la Estrella de los Magos está en esta línea, no es la estrella que determina el destino del Niño, sino el Niño es quien guía a la estrella. Puede hablarse si se quiere de una especie de punto de inflexión antropológico: el hombre asumido por Dios -como se manifiesta en su Hijo unigénito- es más grande que todos los poderes del mundo material y vale más que el universo entero.

La idea decisiva, según Ratzinger es: “los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende; inaugurando una procesión que recorre toda la historia. Representa el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y la razón humana al encuentro de Cristo. Esto es lo que el gran Rubén Darío sintetizó en verso memorable en su inmortal poema “Yo soy aquel”: LA VIRTUD ESTÁ EN SER TRANQUILO Y FUERTE; CON EL FUEGO INTERIOR TODO SE ABRASA; SE TRIUNFA DEL RENCOR Y DE LA MUERTE; Y HACIA BELÉN (...) ¡LA CARAVANA PASA!