En el año 1580, en Inglaterra, el joven William Shakespeare es un humilde profesor de latín a quien desprecia su padre, guantero de profesión, por no dedicarse a una tarea manual. Circunstancialmente William conoce a Agnes, una joven amante de la naturaleza que disfruta al aire libre con su halcón y tiene ciertas dotes de curandera. A pesar de la primera negativa familiar, ambos se casan y forman una pareja fuera de lo común. Aunque los primeros años de matrimonio viven juntos en Stratford-upon-Avon, será precisamente el amor que Agnes siente por William el que le animará a desarrollar sus dotes artísticas que le llevarán a Londres. Agnes se quedará sola en el hogar con su hija mayor y sus mellizos, un niño y una niña, sin saber que el futuro les depara una de las mayores tragedias.

En pocas ocasiones una película supera en calidad a la novela en la que está basada. Ocurre con Hamnet porque conjuga perfectamente todas las bazas del Séptimo arte que pueden hacer un film excepcional: puesta en escena, fotografía, banda sonora y, por supuesto, buenas interpretaciones, que logran transmitir una gran emotividad a un relato que habla de amor y de pérdida, unos acontecimientos que inspiraron la creación de una de las obras maestras de William Shakespeare: Hamlet que, como se imaginarán, es el mismo nombre de la obra: Hamnet.

Se necesitaba muchísima sensibilidad para plasmar en imágenes una novela de estas características, escrita por Maggie O’Farrell, en la que a pesar de su título el protagonista no es Hamnet, el hijo de Shakespeare, sino su esposa, Agnes, una mujer de gran fortaleza. Para describir el viaje emocional que ella y su marido emprendieron contra el sentimiento de pérdida, -ella se refugió en la naturaleza- y,  en el caso del literato, lo logró escribiendo y dando rienda al poder sanador del arte y la creatividad.

Todo es redondo en este film que parece uno de los firmes candidatos a los Óscar de este año, si nos atenemos a las nominaciones y, finalmente, galardones que obtuvo en los Globos de Oro, considerados la antesala de los Óscar: a mejor película en la categoría drama y a mejor actriz, para la versátil Jessie Buckley. Pero también lo hubiera merecido en las categorías de mejor director o mejor fotografía (hay imágenes que, por su belleza, parecen verdaderos cuadros) o banda sonora, el trabajo de Max Richter en este film es maravilloso.

Si hubo un esfuerzo por recrear con autenticidad la época en que se desarrolla la historia, dado el icónico personaje histórico del que hablamos, también lo hubo para la creación de un escenario que reprodujera el Globe Theatre tal y como fue ideado en tiempos de Shakespeare para representar sus inmortales obras.

La mencionada Jessie Buckley y Paul Mecasl tuvieron que interpretar con muchos matices a la pareja protagonista, en una historia donde el amor paterno filial traspasa la pantalla.

Para: los que les gusta el cine de calidad.