• A comienzos del siglo XXI había en el mundo 2.000 millones de cristianos.
  • En 1975, cuando comienza la crisis eclesial, el número de presbíteros en el planeta superaba los 448.000.
  • El pontificado de Juan Pablo II se caracterizó por una expansión universal del Evangelio.
  • La última década del siglo va a ser, también, el de la explosión del nuevo orden internacional.
  • Muchos católicos, y católicos convencidos, acusaron al Papa de haber roto el apoyo de la Iglesia al derecho internacional.
  • La segunda línea maestra de Juan Pablo II en política supondría otra anticipación del polaco al tiempo futuro.
  • Lolek comenzaba a ser molesto para el mundo.
"Prepararás al mundo para mi última venida"  Diario de Faustina Kowalska, punto 965. "Las almas mueren a pesar de mi amarga pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre. Secretaria de mi Misericordia escribe, habla a las almas de esta gran misericordia porque está cercano el día terrible, el día de mi justicia". Día que se supone advendrá cuando haya sido predicado el evangelio al mundo entero. A comienzos del siglo XXI había en el mundo 2.000 millones de cristianos, un considerable avance, especialmente en África y Asia, durante el último cuarto de siglo, bajo el Papado de Juan Pablo II. Ahora bien, no es para tirar cohetes, porque en el conjunto de la vigésima centuria, el porcentaje de cristianos había pasado de 34,4 al 33,2%. En plata: la evangelización el siglo XX y el empujón del Papa polaco durante el último cuarto del partido, especialmente en tierras de misión -bloque comunista y Tercer Mundo- se contrarrestaba con una caída fuerte de la fe en Cristo en Occidente cristiano. Vamos, que el enemigo estaba dentro. Buena prueba de ello es que más preocupante resulta otro epígrafe igualmente representativo: el número de vocaciones sacerdotales. En 1975, cuando comienza la crisis eclesial, el número de presbíteros en el planeta superaba los 448.000, mientras cuando finaliza el siglo se había reducido a 404.000. Es decir, una caída del 10%. Juan Pablo II dedicó un Sínodo universal de obispos a la tarea. Su acción culminaría con la publicación de la exhortación apostólica "Pastores dabo vobis", editada el 25 de marzo de 1992. La idea del Papa era clara: nadie da la vida por una filantrópica mejora de las condiciones sociales en el mundo. Eso es, precisamente, lo que deseaba el príncipe del mundo y lo que repetía el discurso cultural imperante, empeñado en convertir a la Iglesia en una ONG. Por lo que la gente está dispuesta a entregar su vida es por un causa exigente, esto es, por la evangelización de las gentes o, si lo prefieren, por darle a esa gente un sentido para su existencia, el sentido real, claro está. En definitiva, el pontificado de Juan Pablo II se caracterizó por una expansión universal del Evangelio. Cada uno de sus viaje pastorales, sentaba la semilla que luego aprovechaban los católicos nativos. Cuántos agnósticos y cristianos tibios cambiaron de vida escuchando a un Papa que, bajo mil formas y sobre una variada temática, predicaba siempre lo mismo: Confiar en Dios y os realizaréis como hombres. Nadie como él realizó la tarea de "predicad el evangelio a todas las gentes, bautizándoles -o rebautizándoles- en el nombre del padre, del Hijo y del Espíritu Santo", consciente de que las crisis internas se solucionan con apostolado externo y la depresión sólo se cura cuando el deprimido se olvida de sí mismo para vivir pendientes de los demás, que constituye la clave de la Iglesia, pero también de la psicología del hombre moderno. Los problemas personales sólo se arreglan solucionando los problemas del otro. La última década del siglo va a ser, también, el de la explosión del nuevo orden internacional, alrededor de la antigua Babilonia. ¿Acaso podía ser de otro modo? En 1990, el Irak de Sadam Husein invade Kuwait. Quien acusa a Karol Wojtyla de haberse entendido mejor con el presidente Reagan que con la familia Bush, padre e hijo, anda cargado de razón. El polaco condenó la invasión de Kuwait pero también insistió -y no tenía nada de pacifista- en que antes de bombardear Irak había que intentar la solución pacífica. Y ojo, porque la invasión de Irak por George Bush padre contaba con los parabienes de la ONU. Muchos católicos, y católicos convencidos, acusaron al Papa de haber roto el apoyo de la Iglesia al derecho internacional, nacido tras las II Guerra Mundial. Creo que no es cierto. En efecto, Juan Pablo II fue el gran defensor de la Declaración de los Derechos del Hombre pero no estaba dispuesto a simplificar las cosas bajo la teoría del mal menor aplicado la política. Es decir, para la izquierda y la derecha occidental -en 2011 más que nunca- el derecho internacional es lo que apruebe Naciones Unidas, cuando todo el mundo sabe que la ONU está regida por el Consejo de Seguridad, es decir, por cinco potencias atómicas. Para el polaco, la guerra justa no sólo es la que aprueba el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas sino aquella que cumple las condiciones de la legítima defensa y que sólo recurre a la violencia una vez agotadas todas las vías del diálogo y cuando, ojo, la invasión no va a provocar males mayores que la no invasión. La guerra justa no es un juego de mayorías sino de principios morales. Y si se niegan esos principios entonces el consenso, por muy democrático que sea -que no lo es en la ONU- no justifica el uso de la fuerza. Especialmente, cuando ese uso supone bombardear desde el aire y la invasión terrestre apoyada en la supremacía tecnológica. Entre otras cosas, porque la supremacía tecnológica conlleva la muerte de civiles inocentes… como hemos comprobado desde 1990. En resumen, el derecho internacional no es lo que hace la ONU por la misma razón de que no toda norma legal, aunque haya sido aprobada en un parlamento democrático, es justa por el hecho de haber sido publicada en un boletín oficial. Wojtyla había hecho caer el comunismo con la fuerza de la palabra y se adelantaba así a la sociedad de la información, donde los bombardeos deben hacerse, ante todo, por Internet. ¿Hubiera justificado el polaco el bombardeo de Libia? Por supuesto que no. Y cuidado, pues quien hablaba no era un teórico, sino el practiquísimo personaje, con su palabra y su actitud de resistencia a la opresión, había vencido la batalla al Ejército rojo, el más poderoso del mundo, sin disparar un solo tiro. La historia reciente de Irak, a la que la invasión de Bush padre siguió la más sangrienta de Bush hijo en 2003, demuestra que la razón estaba con el Papa, no con Washington (Casa blanca) ni con Nueva York (Naciones Unidas). Mientras, se gestaba en la democracia polaca de los 90, uno de los procesos más dolorosos de Juan Pablo II. La Polonia democrática reduciría el aborto libre del periodo comunista -normativa de Gomulka, en 1950- pero no anularía el infanticidio en el seno materno. La clerecía polaca no estuvo aquí a la altura. A partir de ese disgusto, una de las líneas de Juan Pablo II consistiría en el siguiente mandamiento: sin derecho a la vida, el primero, el resto de derechos del hombre deja de tener sentido. Si lo prefieren: una democracia que promueve el aborto no es democracia. La segunda línea maestra de Juan Pablo II en política supondría otra anticipación del polaco al tiempo futuro: sin libertad religiosa -mejor, sin libertad de culto- el resto de libertades dejan de tener sentido. Si miran a lo que está ocurriendo ahora mismo en el mundo musulmán, no necesitarán más argumentos. Todo ello en aras de la única ideología compatible con el cristianismo: la persona es antes que a la comunidad y el hombre antes que la humanidad por la sencilla razón de la excelsa dignidad del ser humano, redimido al precio de la sangre de Cristo. Para el Papa polaco, hay muchas formas de hacer política, pero todas ellas deben respetar este único mandato constitucional: la persona es sagrada. Estos valores juanpaulinos van a provocar la reacción visceral del mundo contra su persona. Los años noventa van a vivir una campaña de denigración continua del pontífice, desde dentro y desde fuera de la Iglesia. Lolek comenzaba a ser molesto para el mundo. Habían tardado en darse cuenta del peligro que suponía un personaje que podía haber utilizado como lema 'Cristo y libertad'. Se le atacaba desde todos lados, incluidos los más beneficiados por su venida. Tras derrotar al comunismo Juan Pablo II comenzó su cruzada contra el capitalismo, y el sistema vencedor no podía tolerar que alguien cuestionara el pensamiento único, o más bien el egoísmo sin límites que pregonaba. A lo mejor, al igual que había tumbado el marxismo, terminaba también con el capitalismo pagano. Ejemplo: Juan Pablo II fue desde su infancia, un gran defensor de los judíos. Pues bien, uno de los episodios más tristes de su Pontificado ocurrió cuando un grupo de judíos, capitaneados por el rabino de Nueva York, Avraham Weiss, asalta el convento de las carmelitas en las inmediaciones del capo de exterminio nazi de Auschwitz. Atención a las palabras de los insurrectos: "Con el orgullo de ser judíos deseamos que se deje de rezar por los judíos asesinados en el Shoah". Es la escenificación de aquella frase del antiguo testamento, en las que los malvados aseguran sobre el justo: "Sólo verlo da grima". Olvidaba el rabino que los nazis comenzaron a llenar Auschwitz, no con judíos, sino con prisioneros polacos y que allí fue asesinada la judía Santa Edith Stein, o San Maximiliano Kolbe. Es decir, te prohíbo que reces por mí. Es el salto mortal sin red de la postmodernidad: del anticlericalismo del siglo XX a la cristofobia del siglo XXI, el mismo que provocará el paso de la era de la misericordia al día de la justicia divina. Eulogio López eulogio@hispanidad.com