El asalto a un centro comercial en Nairobi revela el Islam más fanático pero también el Islam convertido en piratería y esclavismo, ambas fenómenos de honda raigambre histórica en el mundo musulmán.

Terroristas llegados desde Somalia, entre los que se encontraban norteamericanos convertidos a Alá, se dedicaron a matar y, de paso, supongo, a inmolarse en uno de los países del África Negra que ha conseguido espacios de libertad.

Ante esto, cabe la respuesta occidental, es decir, cristiana, habitual. Consiste en no pararle los pies a los grupos islámicos que se hacen con el poder por medios más o menos democráticos y una vez que lo tienen implantan la sharia, es decir, destruyen la democracia.

Y si se produce un secuestro, Occidente se apresta a pagar a los secuestradores que así pueden financiar nuevos actos criminales.

De esta forma, financian nuevas barbaridades.

Occidente debe reaccionar. Si el Islam es incompatible con la libertad -y lo es- hay que prohibir el Islam, al menos cuando se quita la careta.

De la misma manera que en toda Europa prohibimos el fascismo, aunque alentamos el comunismo, hay que ir pensando en prohibir el Islam. Estados Unidos, España, Reino Unido, Australia, ya han sufrido las consecuencias de esta dejadez. Ahora hay que cambiar el rumbo.

Eulogio López

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