El eco de las bravuconadas de Donald Trump ya no solo genera titulares sino que está forzando una reconversión mental del orden global. Ante un Washington que abraza el aislacionismo, hace saltar alianzas legendarias y usa la política exterior como garrote arancelario, los aliados tradicionales se encuentran en la encrucijada de esperar pasivamente el siguiente movimiento de la Casa Blanca, o mover pieza con una audacia que ayer parecería ciencia ficción.
La siguiente bronca que seguro veremos este año 2026 y abra otra caja de Pandora tiene que ver con los lechos marinos, cuando la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA) establezca las reglas de su explotación por parte de las potencias, ricos no solo en polimetales sino críticos para el tráfico mundial de las cables submarinos de datos e internet.
Si el “America First” deriva en excentricidades diplomáticas y la caducidad de viejas alianzas, la respuesta no puede ser el inmovilismo. Tal vez se esté abriendo la puerta a los distintos dirigentes en Occidente y, en especial, en Europa, a la era de una nueva geopolítica disruptiva, donde el irredentismo creativo y las coaliciones transoceánicas alternativas empiecen a cobrar un sentido estratégico.
La España de Juan de Austria consiguió aunar siglos atrás las mayores potencias de Occidente ante el mayor desafío del momento para emprender una alianza internacional cristiana contra la expansión islámica del Imperio Otomano hasta derrotarlo en la Batalla de Lepanto, como siglos antes hizo Pelayo en Covadonga
Así lo demuestra la historia. La España de Juan de Austria consiguió aunar siglos atrás las mayores potencias de Occidente (España, Venecia y los Estados pontificios) ante el mayor desafío del momento para emprender una alianza internacional cristiana contra la expansión islámica del Imperio Otomano hasta derrotarlo en la Batalla de Lepanto (1571), como siglos antes hizo Pelayo en Covadonga (718). No fue una hazaña fácil pero sí disruptiva y valiente en su día de la que se ha beneficiado todo Occidente hasta el día de hoy.
Precisamente hoy en día, si Trump piensa anexionarse Groenlandia y hasta el vecino del norte Canadá, no debe sorprendernos que estos busquen ‘consuelo’ en otras novias en Asia como China para la compra de armas o alta tecnología distinta a EEUU.
¿Por qué ante tanta indignación con Trump por su actuación en los distintos focos internacionales abiertos (Venezuela, Groenlandia, Canadá, etc.) Europa no se planta, saca el “bazoca” e impone sanciones a EEUU? Mientras se lía en el Atlántico, nadie se acuerda por desgracia ahora de lo que acontece frente a las costas del Mar Negro entre Rusia y Ucrania.
Además cabe preguntarse como respuesta al trumpismo por qué no se actúa más proactivamente sopesando por ejemplo que Canadá ingrese en una UE atlantista y no solo europea. Ottawa -de forma similar al Mercosur- podría encontrar en el espacio común europeo y en sus valores un puerto más seguro que su vecino volátil gracias a la proximidad política y cultural, nuevo estándar de soberanía.
Por la misma razón revisionista que arguye Trump, las fuerzas políticas en Puerto Rico podrían estar legitimadas igualmente a retornar a la Corona de España como provincia española y por ende, a la UE.
Inspirados por el movimiento puertorriqueño, existen círculos aunque sean minoritarios en Filipinas que abogan por una vuelta a los lazos estrechos con España o el ingreso en la Comunidad Iberoamericana. Al fin y al cabo, Trump debería entender también que Filipinas fue parte de la Corona Española por 300 años (más tiempo que California o Texas). Además, es un argumento para contrarrestar la hegemonía china en el Pacífico, distanciándose de la tutela histórica de EEUU que también es imprevisible con su doctrina del “America First”.
Por la misma razón revisionista que arguye Trump, las fuerzas políticas en Puerto Rico podrían estar legitimadas igualmente a retornar a la Corona de España y por ende, a la UE. Y existen círculos en Filipinas que abogan por una vuelta a los lazos estrechos con España o el ingreso en la Comunidad Iberoamericana
Sin apelar al espíritu del Tratado de Tordesillas (1494) donde las coronas de España y Portugal se repartieron la mitad del mundo, ambos países deberían profundizar en la Unión Ibérica para recuperar protagonismo atlantista, mayor voz en Bruselas, unificando la Península Ibérica y de paso, simplificando la estructura territorial. Está visto que separados somos un cero a la izquierda en el escenario internacional como nos demuestra la etapa de Pedro Sánchez.
Poco se cuenta pero los países ibéricos (con los archipiélagos de Canarias, Azores y Madeira) cuentan con una superficie de fondos marinos superior a toda Europa continental y cuyo control es la yugular del sistema global de las comunicaciones subacuáticas en las profundidades. El eje ibérico debe erigirse sin más demora en el centinela de la red atlántica submarina porque la economía digital global (entre ellas también de EEUU) depende de la seguridad de esos cables en el lecho marino.
“Groenlandia no se vende” -dicen en la isla del Ártico polar. Ante la amenaza norteamericana por un lado y rusa por otro, así como la inestabilidad de la OTAN, corre la idea de que Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia den un paso estratégico y se fusionen en un solo Estado. Hay quienes estiman que la Federación Nórdica o Escandinava se posicionaría como la 12ª economía del mundo. Además, contaría con un solo ejército, una sola voz en la ONU y el control absoluto del Ártico. Sería el bloque más estable y rico del planeta, dicen algunos analistas, funcionando como una “fortaleza de bienestar” protegida de las bravuconadas externas.
Y pese a la mega-burocracia y las incoherencias de la Unión Europea, caben dos opciones: o Bruselas se renueva desde dentro de forma urgente (política, administrativa, militar y económicamente) o Europa está condenada a la extenuación del mayor parque temático del mundo. Más de una vez se ha repetido haber llegado el momento de pasar de la “Europa de los 27” a Europa como un solo Estado.
Si Pekín crea islas artificiales en medio del Mar de China, por qué Europa no emula dragar esos nuevos territorios en el Atlántico para multiplicar bases civiles y logísticas de observación terrestre, aérea y submarina.
Dentro de estos nuevos marcos empíricos de convivencia que nos aboca la nueva administración norteamericana de Trump, Israel sin renunciar a la protección de Washington tal vez se avenga a formar parte de la nueva UE/OTAN. Israel ya participa de hecho en Eurovisión, en la UEFA y en programas científicos europeos (Horizonte Europa). Los valores políticos y su estructura económica son puramente occidentales aunque geográficamente se sitúa en Oriente Medio.
Ante un EEUU imprevisible, como venimos siendo testigos con Trump, que podría reducir su apoyo militar a Tel-Aviv para desviarlo a otros focos del planeta, la entrada de Israel en la UE (o en el Espacio Económico Europeo) blindaría su seguridad y daría a Europa una “punta de lanza” tecnológica y militar en Oriente Medio. Por otro lado, el mejor aliado en la cruzada de facto del islam contra el cristianismo en Occidente (como en Lepanto) es hoy Israel, sin duda.
Hasta entonces y mientras el mundo se ve forzado a redibujarse con audacia, Europa sigue atrapada entre el diseño de tapones de plástico y las balizas de tráfico. En esta era de revisionismo salvaje, no tomar buena nota es el camino más corto a la irrelevancia. O nuestras cancillerías abandonan su zona de confort y recuperan la estatura política, o el nuevo mapa global se escribirá sin nosotros, los precursores de la civilización moderna.
Para muestra el botón del primer ministro canadiense, Mark Carney, en el Foro de Davos, que ha planteado abiertamente la transformación del multilateralismo. En lugar de instituciones universales fuertes -cada vez más bloqueadas-, propone “redes flexibles de cooperación entre Estados con intereses y capacidades compatibles”. Si algo podemos agradecer a Trump es que el mundo camina hacia las geometrías variables, las alianzas funcionales y los acuerdos ad hoc.












