La historia económica demuestra, una y otra vez, que los mercados son incapaces de prever los grandes colapsos sistémicos. Los inversores tienden a proyectar el futuro de forma lineal, como si las dinámicas del presente fueran a prolongarse indefinidamente. Esta ceguera estructural no es nueva. Ya ocurrió en los meses previos a la Primera Guerra Mundial, cuando existían señales claras de que el conflicto era inminente y, sin embargo, la inmensa mayoría de los inversores mantuvo intactas sus carteras de renta fija. El resultado fue devastador: pérdidas millonarias cuando el sistema financiero europeo entró en shock.

Hoy, más de un siglo después, asistimos a una dinámica inquietantemente similar. En las primeras semanas de la guerra de Irán, los mercados financieros siguen descontando un escenario de resolución rápida, casi quirúrgica, del conflicto. Esta visión, profundamente ingenua, está impidiendo que se reflejen en los precios de los activos las verdaderas consecuencias económicas que ya se están gestando. El primer gran elemento diferencial de esta crisis es el shock de oferta en el petróleo. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ya ha advertido de que estamos ante la peor crisis de oferta de crudo de la historia, incluso por encima de la vivida en los años setenta.

Cualquiera que tenga memoria económica recordará lo que sucedió tras la crisis de 1973: una inflación descontrolada, un aumento brutal del desempleo, tipos de interés disparados y una década larga de inestabilidad económica global. Entre 1973 y mediados de los años ochenta, las economías occidentales sufrieron una combinación tóxica de estanflación, devaluaciones monetarias agresivas y una pérdida sostenida de poder adquisitivo. El oro, como activo refugio, se disparó especialmente a partir de 1974, reflejando la desconfianza creciente en las monedas fiduciarias. Sin embargo, a día de hoy, los mercados parecen ignorar deliberadamente estas lecciones históricas. La razón principal es que muchos operadores siguen creyendo que la guerra será breve. Se aferran a titulares y mensajes políticos que apuntan a una rápida desescalada, cuando en realidad estos mensajes forman parte, en gran medida, de una estrategia para sostener artificialmente la confianza, mantener contenidas las primas de riesgo de la deuda estadounidense y evitar un colapso bursátil en el corto plazo. El segundo elemento preocupante es la creciente sospecha, compartida por muchos analistas, de que se están produciendo operaciones sistemáticas de uso de información privilegiada.

En plena campaña agrícola de primavera, ya se está reportando que uno de cada cuatro agricultores en Estados Unidos no dispone de los insumos necesarios para garantizar su producción

Desde finales de enero, se observan movimientos extremadamente bruscos y coordinados en los mercados de oro, plata y petróleo, con subidas y caídas difícilmente explicables por fundamentos económicos. Este tipo de comportamientos no es nuevo: históricamente, la manipulación de estos mercados ha sido probada en múltiples ocasiones y ha dado lugar a multas multimillonarias a grandes entidades financieras. La reiteración de estos patrones en el contexto actual apunta a una posible distorsión deliberada de los precios en un momento de máxima sensibilidad geopolítica. En este contexto, la utilización de mensajes políticos como herramienta de impacto inmediato en los mercados introduce un factor adicional de desconfianza. La emisión constante de declaraciones contradictorias o estratégicamente temporizadas no solo altera los precios en el corto plazo, sino que transmite una señal muy negativa a los grandes actores internacionales. Potencias como China, Rusia o el propio Irán interpretan esta falta de coherencia como una señal de debilidad y de ausencia de credibilidad, lo que dificulta enormemente cualquier salida diplomática al conflicto. El tercer gran impacto económico se está produciendo en el mercado de materias primas estratégicas, más allá del petróleo. La volatilidad extrema en el oro y la plata no es solo un síntoma financiero, sino también una señal de desconfianza sistémica. Cuando los activos refugio comienzan a comportarse de manera errática, lo que se erosiona no es solo el precio, sino la propia función del mercado como mecanismo de asignación eficiente de recursos. El cuarto elemento, mucho menos visible pero potencialmente devastador, es la restricción en la exportación de fertilizantes. En plena campaña agrícola de primavera, ya se está reportando que uno de cada cuatro agricultores en Estados Unidos no dispone de los insumos necesarios para garantizar su producción. Este hecho, por sí solo, anticipa una disrupción severa en el mercado alimentario global en los próximos meses.

La combinación de menor producción, aumento de costes y tensiones logísticas puede traducirse rápidamente en inflación alimentaria y en episodios de inseguridad alimentaria a escala internacional. El quinto factor crítico es el bloqueo del estrecho de Ormuz y su impacto sobre los productos petroquímicos y derivados del gas. No se trata solo de petróleo. Por este punto estratégico circulan materiales esenciales como el helio, imprescindible para la industria de los semiconductores. La producción de microchips, base del desarrollo tecnológico actual, depende de cadenas de suministro extremadamente frágiles. Cualquier interrupción prolongada en el flujo de estos materiales puede ralentizar de forma significativa la producción tecnológica global, encarecer dispositivos electrónicos y frenar el desarrollo de sectores clave como la inteligencia artificial. La combinación de todos estos factores -energía, materias primas, alimentos y tecnología- configura un escenario de riesgo sistémico que los mercados, de momento, se niegan a descontar.

De producirse un desembarco en la zona del estrecho de Ormuz, el riesgo de una elevada mortandad para las tropas estadounidenses es real. Y ese escenario podría acabar convirtiéndose en un nuevo Vietnam para Estados Unidos

Pero la historia vuelve a ofrecernos una advertencia clara. Igual que en 1914 los inversores no supieron anticipar el estallido de la Primera Guerra Mundial, hoy asistimos a una nueva negación colectiva del riesgo. Las primeras semanas de la guerra de Irán han generado una falsa sensación de control, especialmente ahora que la intensidad del conflicto parece haber disminuido ligeramente. Sin embargo, esta aparente calma es, en realidad, un indicador preocupante: un conflicto de baja intensidad sostenida implica un cierre prolongado del estrecho de Ormuz y, por tanto, un deterioro acumulativo de la economía global. Si esta situación se prolonga durante seis, siete u ocho semanas, comenzaremos a ver con claridad sus efectos más graves. Y si, como es previsible, se produce una escalada militar en los próximos meses, con despliegue de tropas y destrucción de infraestructuras petrolíferas, la crisis dejará de ser coyuntural para convertirse en estructural. La destrucción de capacidad productiva en el sector energético podría requerir entre tres y cinco años para ser recuperada.

Desde esta tribuna he venido advirtiendo de que esta guerra no será corta ni será suave, sino un conflicto largo y extremadamente costoso. Muy probablemente veremos una escalada significativa en las próximas semanas o meses, con presencia de tropas sobre el terreno y un elevado coste humano. De producirse un desembarco en la zona del estrecho de Ormuz, el riesgo de una elevada mortandad para las tropas estadounidenses es real. Y ese escenario podría acabar convirtiéndose en un nuevo Vietnam para Estados Unidos. La consecuencia final es clara: la pérdida de confianza. Sin confianza, no hay mercados eficientes, no hay inversión sostenida y no hay posibilidad real de acuerdos de paz a corto plazo. Por eso, aunque los mercados aún no quieran verlo, las bases de una crisis económica de enorme magnitud ya están asentadas. Una crisis que, de evolucionar como apuntan estos indicadores, podría llegar a ser más profunda y destructiva que la de 1929.