Sr. Director:

Mataron a hombres, a mujeres, a ancianos, a jóvenes, a niños y a bebés. Mataron a civiles, a militares, a guardias, a policías, a políticos, a empresarios, a obreros, a jueces, a fiscales, a abogados, a procuradores, a arquitectos, a ingenieros, a artesanos, a taxistas, a carteros, a periodistas, a médicos, a farmacéuticos, a funcionarios, a catedráticos, a estudiantes, a parados... Mataron a todo el que pudieron, fuera de su tierra y en su tierra. Y si con algunos no lo consiguieron, fue porque lograron escapar: exiliados en su propia patria. Mataron de mil formas y maneras, porque cualquier momento y lugar fueron idóneos para matar. Y mataron no sólo a los que dejaron muertos, sino también a muchos que quedaron vivos, mutilados de cuerpo y alma. Mataron hasta envilecernos a todos: que deseábamos que se hiciera justicia con sus muertes. 

Sin embargo, no hubo venganzas, porque además nos prometieron que la ley caería implacable sobre ellos y que finalmente acabarían pudriéndose en las cárceles. Pero nos mintieron; y quienes siguen pudriéndose son las víctimas, las vivas y las muertas. Y mientras estas se tragan cada día como pueden la memoria, la dignidad y la justicia, los asesinos salen de las prisiones, son homenajeados en sus pueblos que gobiernan con votos de sangre y adoctrinan desde las aulas a jóvenes y niños con épicos relatos en los que se presentan como héroes, quienes sólo han sido unos asesinos cobardes de mierda. ¡Qué pena y qué asco!