Bruselas se ha superado. Con la guerra a las puertas del continente, con una crisis migratoria sin precedentes y sin visos de solución, con un territorio, Ceuta, todavía invadido por 10.000 individuos -lo mejor de cada casa- que siguen sembrando el caos, con una crisis económica e industrial que no estamos sabiendo afrontar… en este contexto entra en vigor, este miércoles, la nueva ley europea de envases. No es coña.
Uno de los objetivos de la norma se lo pueden imaginar: “Contribuir a la neutralidad climática de aquí a 2050”, dice textualmente la ley. Menos mal que alguien, Bruselas, se ocupa del cambio climático. Ya nos estábamos empezando a preocupar.
La ley es fantástica porque afecta a todos, también a los contribuyentes que pagan religiosamente los cada vez más elevados impuestos. Por ejemplo, establece un recargo de 10 céntimos por cada lata, brik de hasta tres litros o botella de plástico de un solo uso que el consumidor podrá recuperar si los retorna vacíos en los puntos indicados. Justo lo que estaban demandando los consumidores. Lo del tapón que no se cae está superado.
Otro cambio que notaremos será la desaparición de los famosos sobres de kétchup y mahonesa en restaurantes y cafeterías. Y en los hoteles tampoco veremos botes pequeños de gel o champú. Sólo pensarlo me produce una alegría indescriptible.
En definitiva, se trata de más normas, más prohibiciones, más controles y, como consecuencia inevitable, más personal para vigilar su cumplimiento. Es decir, más gasto público. Esto marcha.










