Sr. Director:Entre los graves problemas que tendremos que afrontar tras la intentona independentista de Artur Mas y su troupe (donde ya cabe todo: desde Karmele Marchante hasta el obispo de Solsona), nos encontramos con un tristemente crecido sentimiento de malestar y aversión, en una parte importante del resto de españoles, hacia todo lo procedente de Cataluña.Un sentimiento que se ha ido reforzando debido a una defectuosa visión muy extendida entre nosotros, como es la de confundir a la parte con el todo: a los separatistas catalanes, con todos los catalanes. Mas tal equiparación es profundamente injusta, porque en Cataluña los netamente independentistas -aunque se muevan mucho- se concretarían en torno a un 25% de su población; o todo lo más, a una tercera parte; el resto -exceptuando a quienes nunca se mojan, miran para otro lado y pasan de todo-, son ciudadanos que se identifican como catalanes y españoles sin mayor problema.Pero con el mérito añadido de permanecer en ese sentimiento tras haber padecido una durísima y mendaz campaña de largos años de bombardeo ideológico antiespañol, desde la escuela y los medios de comunicación.Y ésta es una más de las razones que nos impide dar pábulo al derrotismo y a quienes cansados de tanto egoísta chantaje comienzan a rendirse admitiendo un «que se vayan y nos dejen tranquilos de una vez». Los catalanes que resisten al asedio merecen un puesto de honor y reconocimiento entre los primeros españoles; un reconocimiento mayor que el de muchos que residimos en otras partes de España donde no hemos tenido que padecer lo que ellos.Miguel Ángel Loma Pérez
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