Sr. Director:

Existe una constante histórica que atraviesa siglos de literatura, política, cultura popular y comportamiento humano. Una constante tan poderosa que ha sobrevivido a cambios de civilización, ideologías, religiones y sistemas políticos.

Se trata de la fascinación por el rebelde.

No por cualquier rebelde.

No por cualquier delincuente.

No por cualquier violento.

Sino por aquel que consigue presentarse como enemigo de un poder considerado injusto.

En ese preciso instante se produce una transformación extraordinaria.

La atención deja de centrarse en lo que hace.

Comienza a centrarse en por qué afirma hacerlo.

Y así nace uno de los fenómenos psicológicos, políticos y culturales más importantes de la historia humana: la conversión del transgresor en héroe.

La historia está llena de ejemplos.

Robin Hood.

Curro Jiménez.

Los bandoleros románticos.

Los maquis.

El Che Guevara.

Numerosas guerrillas iberoamericanas.

ETA.

Diversas organizaciones palestinas.

Hamás.

Movimientos revolucionarios de toda naturaleza.

Todos ellos son muy distintos entre sí.

Pertenecen a épocas diferentes.

Persiguen objetivos distintos.

Utilizan discursos distintos.

Sin embargo, comparten un elemento fundamental.

Todos han sido contemplados por una parte de la sociedad no desde la perspectiva de sus actos, sino desde la perspectiva de la causa que afirmaban defender.

Y precisamente ahí reside el núcleo del problema.

El origen intelectual del mito

La explicación más profunda de este fenómeno fue formulada por Carlos Rangel en una obra extraordinaria que, pese a su importancia, continúa siendo mucho menos conocida de lo que merece.

Rangel observó que gran parte del pensamiento político moderno descansa sobre una idea heredada de Rousseau: la creencia de que el hombre es naturalmente bueno y que son las instituciones, la tradición, la propiedad, la religión o la civilización quienes lo corrompen.

De esta visión surge el mito del buen salvaje.

Y del buen salvaje nace inevitablemente el buen revolucionario.

Si la sociedad es la culpable de todos los males, quien se rebela contra ella adquiere inmediatamente una superioridad moral.

Sus acciones pasan a un segundo plano.

Sus víctimas pasan a un segundo plano.

Sus métodos pasan a un segundo plano.

Lo importante es la causa.

La intención.

La bandera.

El relato.

Y entonces aparece una de las mayores trampas intelectuales de la modernidad.

El asesino deja de ser asesino.

El secuestrador deja de ser secuestrador.

El extorsionador deja de ser extorsionador.

El terrorista deja de ser terrorista.

Ahora es combatiente.

Resistente.

Guerrillero.

Liberador.

Revolucionario.

La violencia no desaparece.

Simplemente cambia de nombre.

Y al cambiar de nombre cambia también la percepción moral de quienes la contemplan.

Robin Hood: el mito fundacional

El ejemplo más conocido es Robin Hood.

La historia parece inocente.

Un hombre perseguido por las autoridades roba a los ricos para ayudar a los pobres.

Desafía a un poder considerado injusto.

Protege a los débiles.

Combate abusos.

Generación tras generación, millones de personas han admirado esa figura.

Y es perfectamente comprensible.

Robin Hood conecta con aspiraciones profundamente humanas.

La búsqueda de justicia.

La protección de los débiles.

La resistencia frente a los abusos.

La defensa del oprimido.

El problema no reside en la leyenda.

El problema aparece cuando ese mismo esquema mental comienza a utilizarse para interpretar la realidad política.

Porque entonces dejamos de analizar hechos concretos y comenzamos a clasificar personas en buenos y malos según la causa que dicen defender.

Curro Jiménez y el bandolero romántico

España desarrolló su propia versión del mismo mito.

Curro Jiménez.

La extraordinaria serie protagonizada por Sancho Gracia convirtió al bandolero andaluz en un héroe popular para varias generaciones.

Era una magnífica obra de ficción.

Pero reproducía exactamente el mismo patrón psicológico.

El forajido honorable.

El perseguido por la ley.

El rebelde que desafía a los poderosos.

El hombre que vive fuera de la legalidad pero conserva una superioridad moral sobre quienes intentan capturarlo.

Posteriormente, la literatura romántica amplificó todavía más esta visión.

Piratas.

Contrabandistas.

Bandoleros.

Insurgentes.

Guerrilleros.

Todos comenzaron a ser presentados como figuras heroicas cuya rebeldía justificaba casi cualquier conducta.

Así fue consolidándose una idea extremadamente peligrosa:

la creencia de que enfrentarse a una autoridad considerada injusta concede automáticamente legitimidad moral.

Cuando la ficción invade la realidad

La ficción puede permitirse simplificaciones.

La realidad no.

Robin Hood pertenece a la leyenda.

Curro Jiménez pertenece a la televisión.

Sus víctimas son imaginarias.

Pero las organizaciones armadas reales operan en el mundo real.

Y el mundo real es mucho más prosaico.

Necesitan dinero.

Necesitan armas.

Necesitan refugios.

Necesitan redes de apoyo.

Necesitan documentación falsa.

Necesitan logística.

Y para conseguir todo ello suelen recurrir a actividades muy concretas:

robos, secuestros, extorsiones, contrabando, tráfico de armas y asesinatos.

Sin embargo, una parte de la sociedad continúa contemplándolos a través del viejo prisma romántico heredado de Robin Hood.

Y entonces se produce un fenómeno extraordinariamente peligroso.

Las víctimas desaparecen.

Los muertos desaparecen.

Los mutilados desaparecen.

Los extorsionados desaparecen.

Todo queda subordinado a la supuesta nobleza de la causa.

La fábrica cultural de héroes revolucionarios

Ninguna revolución triunfa únicamente mediante las armas.

Necesita algo mucho más poderoso.

Necesita legitimidad emocional.

Necesita admiración.

Necesita prestigio moral.

Necesita construir héroes.

Por eso toda revolución busca escritores.

Periodistas.

Profesores.

Cantantes.

Intelectuales.

Cineastas.

Artistas.

Necesita canciones.

Necesita novelas.

Necesita películas.

Necesita símbolos.

Necesita mártires.

Necesita iconos.

Necesita convertir hechos complejos en relatos sencillos y emocionalmente irresistibles.

El resultado es conocido.

Millones de jóvenes llevan camisetas con el rostro del Che Guevara sin conocer apenas sus acciones reales.

Canciones revolucionarias se convierten en himnos universales.

Movimientos armados adquieren una pátina romántica.

Y generaciones enteras aprenden inconscientemente quién merece admiración y quién merece desprecio.

Porque la cultura no sólo entretiene.

También educa sentimentalmente.

También moldea los afectos políticos.

También determina qué figuras serán consideradas heroicas.

El doble rasero moral

Quizá el aspecto más inquietante de todo este fenómeno sea la existencia de un evidente doble rasero moral.

La misma acción recibe juicios completamente distintos según quién la realice.

Una bomba puede ser terrorismo o resistencia.

Un secuestro puede ser crimen o lucha política.

Una extorsión puede convertirse en impuesto revolucionario.

Un asesinato puede transformarse en acto de liberación nacional.

Todo depende de la simpatía que despierte la causa.

No de los hechos.

No de las víctimas.

No de las consecuencias.

Sino de la bandera.

Y cuando una sociedad llega a ese punto comienza a perder la capacidad de distinguir entre justicia y propaganda.

La banalización del mal

Aquí resultan especialmente valiosas las reflexiones de Hannah Arendt.

El peligro no reside únicamente en los fanáticos.

Los fanáticos siempre han existido.

El verdadero peligro aparece cuando personas aparentemente razonables dejan de juzgar hechos concretos y comienzan a juzgar únicamente intenciones o causas.

Cuando eso ocurre, la realidad queda sustituida por la propaganda.

La emoción sustituye al análisis.

La adhesión ideológica sustituye al juicio moral.

Y los verdugos terminan convertidos en héroes.

No porque hayan cambiado sus actos.

Sino porque ha cambiado la manera de interpretarlos.

La eterna búsqueda de salvadores

Sin embargo, el problema último no es el terrorismo.

Ni siquiera la violencia revolucionaria.

El problema es mucho más profundo.

Reside en la permanente disposición humana a buscar salvadores.

A esperar redentores.

A confiar en hombres providenciales.

A creer que alguna ideología, alguna revolución o algún líder resolverá mágicamente problemas que acompañan a la humanidad desde sus orígenes.

La pobreza.

La injusticia.

La violencia.

La enfermedad.

La guerra.

La historia demuestra que esos salvadores aparecen constantemente.

Y también demuestra que jamás cumplen las expectativas que generan.

Porque las sociedades humanas son imperfectas.

Porque los seres humanos son imperfectos.

Porque la política no puede abolir la naturaleza humana.

La verdadera enseñanza

La enseñanza final que emerge de estas reflexiones no es pesimista.

Es una llamada a la madurez.

La civilización no consiste en construir paraísos terrenales.

Consiste en limitar daños.

Reducir injusticias.

Contener la violencia.

Proteger la libertad.

Fortalecer instituciones.

Exigir responsabilidad individual.

Y formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.

La libertad exige abandonar el infantilismo político.

Exige desconfiar de quienes prometen soluciones milagrosas.

Exige juzgar a todos por el mismo rasero.

Exige resistirse a la tentación permanente de convertir cualquier causa en una excusa para justificar cualquier crimen.

Porque la frontera entre el héroe y el verdugo no la establece la bandera que uno agita, ni el himno que canta, ni la ideología que proclama.

La establece algo mucho más sencillo.

Sus actos.

Siempre sus actos.

Y únicamente sus actos.