La reciente pataleta de Pedro Sánchez por haber sido excluido de la reunión convocada porGiorgia Meloni es reveladora no por la importancia de la reunión en sí —una cita esencialmente auto-laudatoria, sin capacidad real de decisión— sino por lo que demuestra sobre la psicología del poder en la Europa actual. No era una cumbre capaz de alterar el rumbo de Groenlandia, Ucrania u Oriente Medio. La Unión Europea carece hoy del margen de maniobra y de la capacidad de influencia necesarias para que su voz sea decisiva en esos asuntos. La reunión era puro teatro diplomático. También la protesta del gobierno de Pedro Sánchez fue teatro sobre el teatro.
La Unión Europea está siendo excluida de los escenarios donde se decide el poder real por una razón sencilla: carece de margen de maniobra estratégico. No tiene autonomía energética suficiente, ni cohesión militar, ni capacidad industrial comparable a los polos emergentes. Y, sin embargo, mantiene una retórica de centralidad global.
Y, sin embargo, la pataleta importa. Importa porque muestra la brecha entre autopercepción y peso real. Un dirigente que se indigna por no salir en la foto está admitiendo implícitamente que la foto importa más que la capacidad de acción. Es la política convertida en escenografía. Como decía Alfonso Guerra, “el que se mueve no sale en la foto”.
Europa, una isla que se hunde
Hubo una vez —dice un cuento— una isla habitada por todas las emociones humanas. Vivían juntas, discutían, se acomodaban, sobrevivían en equilibrio. Hasta que el Conocimiento anunció lo inevitable: la isla se hunde.
Nadie quiso creerlo.
Esa isla es Occidente.
Y la reacción europea ante su declive recuerda inquietantemente a las emociones del cuento: negación, distracción, apego, llanto, orgullo. Casi todos construyen algún tipo de embarcación para intentar abandonar la isla, aunque tarde; e incluso, algunos siguen paseando por la playa como si el mar no estuviera subiendo.
Europa vive hoy en una psicología colectiva de negación. Sus burócratas celebran el multiculturalismo abstracto mientras gestionan tensiones sociales reales. Critican decisiones migratorias nacionales sin resolver el dilema estructural: ninguna civilización puede absorber cambios demográficos acelerados sin redefinirse. Fingir lo contrario no es tolerancia; es evasión.
A la vez, el continente desmonta su base industrial, multiplica restricciones productivas, penaliza sectores estratégicos y renuncia a fuentes energéticas que garantizaban autonomía. El resultado es una ecuación inédita en la historia de las potencias: regulación creciente + capacidad decreciente.
Europa es una isla menguante, hundiéndose mientras sus burócratas, reunidos en Bruselas, redactan un reglamento sobre el color de las barcas.
Europa: burocracia expansiva, poder menguante
Pues, sí, la paradoja europea es que su aparato administrativo se expande mientras su capacidad de influencia estratégica se contrae. La Unión Europea produce reglamentos con una densidad creciente, pero su capacidad de moldear el entorno geopolítico disminuye. La UE regula más y pesa menos.
Ese contraste se refleja en debates internos que rozan lo surrealista. Burócratas europeos afean a España su regularización masiva de inmigrantes mientras celebran oficialmente el multiculturalismo como horizonte moral. La incoherencia no es ideológica, sino estructural: Bruselas opera en el plano del discurso normativo, los Estados en el de la gestión inmediata de tensiones sociales reales.
La cuestión migratoria revela una fractura más profunda: la dificultad europea para integrar flujos humanos masivos sin erosionar sus propias bases culturales e institucionales. Y, a estas alturas no se trata de pureza identitaria ni de nostalgia civilizatoria, sino de capacidad de absorción. Ninguna sociedad puede transformar aceleradamente su demografía sin tensiones. Fingir lo contrario es una forma de negación política.
Energía, industria y el desmantelamiento voluntario
Al mismo tiempo que todo ello sucede, Europa toma decisiones económicas que reducen su autonomía material. El abandono apresurado de la energía nuclear, la hostilidad regulatoria hacia sectores industriales estratégicos y la proliferación de trabas administrativas han generado una combinación peligrosa: dependencia energética exterior + desindustrialización progresiva.
La idea de que todo puede compensarse con aranceles o proteccionismo selectivo convive, paradójicamente, con acuerdos comerciales como Mercosur que presionan aún más a productores locales. No es una conspiración: es una absoluta falta de coherencia. Europa actúa como si pudiera simultáneamente desmantelar su base productiva y mantener su nivel de vida por inercia.
La historia sugiere que esa ecuación no se sostiene indefinidamente.
El precedente del autoengaño bizantino
Aquí es donde el paralelismo con el Imperio Bizantino deja de ser metáfora literaria y se convierte en advertencia estructural. Bizancio mantuvo durante siglos un lenguaje de universalidad cuando su radio de poder se había reducido drásticamente. Sus élites pretendían seguir negociando como iguales cuando ya dependían de fuerzas externas para sobrevivir.
Bizancio no cayó por decadencia cultural ni por inferioridad moral. Cayó por una combinación de presión externa y autoengaño interno: la incapacidad de reajustar su autocomprensión a la nueva correlación de fuerzas.
Europa hoy corre un riesgo análogo, va por el mismo camino. No porque vaya a sufrir una conquista militar, sino porque puede quedar reducida a actor secundario en un sistema que ayudó a crear. El peligro no es la pérdida de hegemonía —eso es parte del ciclo histórico— sino la negativa a reconocerla y adaptarse.
España como síntoma
Evidentemente, España no es la causa del problema europeo, pero sí posiblemente su máxima expresión. Oscila entre la retórica de relevancia global y una presencia internacional cada vez más marginal, por no decir inexistente. El episodio Meloni-Sánchez es casi una anécdota, pero simbólicamente muy elocuente: muestra a un lider preocupado por el prestigio ceremonial en un momento en que lo que está en juego es la capacidad real de influencia en la toma de decisiones.
Los imperios no mueren cuando pierden territorio.
Mueren cuando pierden contacto con la realidad.
Bizancio conservó sus rituales hasta el último día.
Europa conserva los suyos.
La pregunta no es si el declive puede evitarse. La historia sugiere que no. La pregunta es si puedegestionarse sin colapso, mediante adaptación lúcida en lugar de autoafirmación vacía.
Porque el verdadero lujo de una potencia no es la grandeza pasada.
Es la capacidad de mirarse sin ilusiones.










